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¿Bajo al videoclub? (21.Mar.06)

Archivado en El Decodificador • Fecha: 21-03-2006 01:01:41

"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.

Al escribir estas líneas me siento tan incómodo como debía sentirse Nacho Cano, el del grupo musical Mecano, cuando era joven y colaboraba en anuncios y conciertos contra la droga... a la vez que, según él, la consumía.
Y es que, con el grado justo de vergüenza para no resultar ridículo, reconozco que soy uno de los que he contribuido a que Blockbuster –la conocida cadena de alquiler de vídeos, cuyo nombre significa “exitazo de taquilla”– haya decidido cerrar sus 86 tiendas en España y dejar a 688 personas sin trabajo. Porque yo también me he bajado películas de Internet y he comprado DVDs en la manta de la acera.

Pero es que el caso se veía venir. En muy poco tiempo habíamos pasado de tener varios videoclubes en cada barrio, a la práctica desaparición de todas esas tiendecitas entrañables, con algún que otro dependiente de modales freakies (raritos), como el propio Tarantino, que aprovechó su trabajo en uno de ellos para aprender todo lo que sabe de cine.
La razón de estos cierres es que otros canales de distribución de películas (como las descargas legales e ilegales de Internet, la TV a la carta, los nuevos formatos y la venta pirata de copias) los han dejado fuera de combate. En 2005, los videoclubes vendieron o alquilaron 2,1 millones de películas menos que en 2004.
El anuncio del cierre de la principal cadena de distribución de películas y videojuegos confirma el fracaso, o mejor dicho, el agotamiento de esta fórmula comercial. La degradación ya vivida en el mercado de la música grabada no ha hecho más que repetirse en este otro nicho.
Los videoclubes tienen –tenían– su supervivencia ligada a su capacidad de adecuarse a las necesidades de los clientes, de presentarles variedad de productos, ofertas imaginativas, aplicar precios adecuados, ampliar los horarios y ofrecer películas antes de que éstas estuvieran en Internet. Algunas de estas medidas han resultado estériles (como la de vender palomitas y refrescos), otras son difíciles de llevar a la práctica a un coste razonable y otras son directamente imposibles. Quizás por eso hoy hablamos de lo que hablamos.

Este cierre certifica un cambio radical en la distribución barata de películas y videojuegos. Una muestra es que la empresa radicada en Dallas pretende salvarse del naufragio refugiándose en su negocio on line, es decir, de alquiler por Internet.
Parece que los tiempos de “¿Te subo algo del videoclub?” son el pasado. Hemos de adaptarnos al presente, como intenta hacer Blockbuster, y aceptar una reconversión, tan necesaria como dolorosa: alquilaremos las películas en la red, eso sí, sólo cuando cierre el último videoclub que quede abierto en el barrio. No antes.

Escrito por Quintin de Parma
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