"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Se estima que hay 50 piezas de Lego por cada ser humano que habita la tierra.
Es harto probable que cuando el maestro carpintero danés Ole Kirk Christiansen hacía sus piezas de forma artesanal, allá por 1932, no imaginara que sus descendientes serían dueños del juguete más vendido de la historia.
Fue un guiño del destino que, durante la ocupación nazi de Dinamarca, un incendio redujera a cenizas la producción almacenada de juguetes de madera de los Christiansen. Quizá por esa razón, su hijo, Godfred Kirk, decidió gastarse una fortuna en una moderna máquina de inyección de plástico. Los juguetes de construcción siempre se habían hecho de madera y nadie entendía que pudiera ser de otra forma. Sus amigos no disimularon al predecirle el más negro de los futuros como empresario.
Pero se equivocaron. Aquella innovación hizo que naciera uno de los juguetes más usados de la historia: las piezas de encaje Lego. Sin embargo, hoy, aunque la firma se mantiene líder en su sector, vive acuciada por serios problemas.
Y no es para menos. Los valores de los niños han cambiado. Y si eso suena excesivamente duro, afirmemos que la forma de jugar de los niños ha cambiado. La creatividad ha sido sustituida por la pasividad y la imaginación ha sido derrotada por la comodidad. Así, ya no se tiran al suelo con una caja de Lego para hacer un castillo o un avión, sino que se enganchan al videojuego, aislados de otros niños, ensordecidos tras los auriculares.
El sistema de valores se ha subvertido. Tendría interés una reflexión sobre si los críos juegan con lo que realmente quieren ellos o lo hacen con lo que los padres ponen a su disposición. Porque, lo admitamos o no, un niño que mira una pantalla es un niño que no incordia.
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Y claro, esta empresa, que no conocía la palabra “pérdida”, tiene ahora grandes dificultades para adaptarse a la nueva realidad. Sus directivos han disminuido su dimensión para seguir compitiendo en el nuevo escenario. Esto ha obligado a tomar decisiones dolorosas, como vender tres parques temáticos en Europa y uno más en EEUU o cerrar plantas de fabricación en países ricos para trasladarlas a otros en vías de desarrollo.
Quizás a nadie extrañe, aunque a muchos nos desazone: el juego más simple y aceptado por los niños de cualquier nacionalidad y época ha sido desbancado por la indolencia que supone apretar botones. Pero las ventas de Lego no dejan de caer. Sus ejecutivos buscan el flotador que permita salvar la empresa, y parece que lo han encontrado… produciendo videojuegos.
Como diría Michaeleen Flynn, el borrachín casamentero de “Un hombre tranquilo”: homérico.