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Al maestro armero (16.May.06)

Archivado en El Decodificador • Fecha: 16-05-2006 01:01:13

"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.

Hace tres semanas quisieron darme el timo de la estampita en la capital de un país ex soviético. Como lo oyen. Con una bolsita de plástico llena de presuntos billetes de cien dólares. Debieron verme cara de pringao, y se dijeron “Seguro que este guiri viene de un país donde no lo conocen”. Sólo la barrera del idioma me impidió decirles, casi con orgullo, que me desteté viendo “Los Tramposos”, del tándem mágico Leblanc-Ozores, y que en mi país, de timos, lo sabemos casi todo.
Pero parece que no, que quizás me hubiera pasado, porque es que, a pesar de Sofico, Matesa, PSV, y no sé cuántas tropelías más, en España aún hay opciones para que un desaprensivo embauque a muchos inocentes, como ha ocurrido con Afinsa y Fórum Filatélico, y que las Administraciones del Estado tarden 25 años en darse cuenta.
Nadie pretende descargar de su culpa al sinvergüenza que idea y perpetra un desmán como el que nos ocupa, en absoluto, pero sí hay que cuestionarse por qué, una vez más, nadie sabía nada, nadie había oído nada, nadie se había olido la tostada. Nadie. Y al decir “nadie”, por supuesto, se incluyen las autoridades nacionales y autonómicas.
Y esa desinformación o sorpresa o estupor ante el hecho ya consumado, como si todo hubiera ocurrido durante la noche, es aún más curiosa cuando ocurre en un país en el que hay que tener una licencia, o registrarse en una dependencia oficial, para casi cualquier actividad. Aquí se exige carné para pescar, para montar en ciclomotor o para manipular alimentos. Ahora bien, si usted quiere recoger los ahorros de 400.000 ciudadanos por un valor estimado de 3.000 millones de euros, ofreciendo rentabilidades –aseguradas– dos o tres veces superiores a las del mercado, no hace falta que se registre en el Ministerio de Economía, como cualquier entidad financiera (¡ay, Gescartera!), no, para qué, es suficiente con que lo haga en el Ministerio de Consumo, como si fuese un almacén distribuidor de obleas a granel. Sólo eso fue lo que tuvieron que hacer Afinsa y el Fórum.

La estafa filatélica se ha materializado ante la incomprensible falta de control y vigilancia de las autoridades económicas sobre un negocio manifiestamente ficticio. A toro pasado, casi todos los comentaristas han reconocido que aquello de duplicar la rentabilidad del mercado sonaba extraño, y que ellos, claro está, lo veían venir.
Si atendemos sólo a lo más básico, esto de las inversiones es algo muy simple: se trata de tener claro que nunca, nadie, da duros a peseta. El problema está en que, por alguna razón difícil de explicar, cuando nos ofrecen esos duros, todos dudamos y nos lo pensamos, en lugar de contestar “no gracias”.

Hace tres semanas quisieron darme el timo de la estampita en la capital de un país ex soviético. Como lo oyen. Con una bolsita de plástico llena de presuntos billetes de cien dólares. Debieron verme cara de pringao, y se dijeron “Seguro que este guiri viene de un país donde no lo conocen”. Sólo la barrera del idioma me impidió decirles, casi con orgullo, que me desteté viendo “Los Tramposos”, del tándem mágico Leblanc-Ozores, y que en mi país, de timos, lo sabemos casi todo.
Pero parece que no, que quizás me hubiera pasado, porque es que, a pesar de Sofico, Matesa, PSV, y no sé cuántas tropelías más, en España aún hay opciones para que un desaprensivo embauque a muchos inocentes, como ha ocurrido con Afinsa y Fórum Filatélico, y que las Administraciones del Estado tarden 25 años en darse cuenta.
Nadie pretende descargar de su culpa al sinvergüenza que idea y perpetra un desmán como el que nos ocupa, en absoluto, pero sí hay que cuestionarse por qué, una vez más, nadie sabía nada, nadie había oído nada, nadie se había olido la tostada. Nadie. Y al decir “nadie”, por supuesto, se incluyen las autoridades nacionales y autonómicas.
Y esa desinformación o sorpresa o estupor ante el hecho ya consumado, como si todo hubiera ocurrido durante la noche, es aún más curiosa cuando ocurre en un país en el que hay que tener una licencia, o registrarse en una dependencia oficial, para casi cualquier actividad. Aquí se exige carné para pescar, para montar en ciclomotor o para manipular alimentos. Ahora bien, si usted quiere recoger los ahorros de 400.000 ciudadanos por un valor estimado de 3.000 millones de euros, ofreciendo rentabilidades –aseguradas– dos o tres veces superiores a las del mercado, no hace falta que se registre en el Ministerio de Economía, como cualquier entidad financiera (¡ay, Gescartera!), no, para qué, es suficiente con que lo haga en el Ministerio de Consumo, como si fuese un almacén distribuidor de obleas a granel. Sólo eso fue lo que tuvieron que hacer Afinsa y el Fórum.

La estafa filatélica se ha materializado ante la incomprensible falta de control y vigilancia de las autoridades económicas sobre un negocio manifiestamente ficticio. A toro pasado, casi todos los comentaristas han reconocido que aquello de duplicar la rentabilidad del mercado sonaba extraño, y que ellos, claro está, lo veían venir.
Si atendemos sólo a lo más básico, esto de las inversiones es algo muy simple: se trata de tener claro que nunca, nadie, da duros a peseta. El problema está en que, por alguna razón difícil de explicar, cuando nos ofrecen esos duros, todos dudamos y nos lo pensamos, en lugar de contestar “no gracias”.

Escrito por Quintin de Parma
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