"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
A veces, cuando ponemos nombre a las cosas, no atinamos, o no queremos atinar, con la naturaleza de aquello que pretendemos individualizar, distinguirlo del resto de las cosas, otorgándole un nombre.
Por ejemplo, hay una serie de televisión en la que todas las escenas se desarrollan frente a la máquina de café de una oficina. Situar la cámara quieta en el lugar por donde se introducen las monedas, es una excusa para asistir a una sucesión de diálogos chisporroteantes, entre personajes arquetípicos que –esa es la gracia– podemos encontrar en todas las oficinas del mundo, y a los que cualquiera puede identificar, o peor aun, en los que podemos reconocernos a nosotros mismos. Pero el café de Cámara Café es una excusa, la esencia, lo divertido, son los diálogos. El nombre nos despista.
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Hubo una empresa de electrodomésticos que pretendía desarrollar una máquina que hiciera café de calidad, para lo que puso a trabajar a sus diseñadores. En la búsqueda de la cafetera perfecta, nadie del equipo tuvo la habilidad de concretar qué era exactamente “hacer un café de calidad”.
Se preguntó al público. La mayoría contestó que, por supuesto, prefería el café en 3 minutos mejor que en 10. Los ingenieros hicieron un prototipo que hacía el café “en menos tiempo”. Es decir, siguieron una lógica que, de continuar y llevada a un extremo, les hubiera permitido volver a inventar el café instantáneo… que no era lo pretendido en absoluto.
Aquella empresa había dado nombre a un nuevo producto, pero había pasado por alto algo tan simple como hacerse las preguntas correctas que condujeran hasta él. ¿Cuáles eran esas preguntas?
¿Hacemos la cafetera más pequeña? ¿De colores vanguardistas? ¿La vendemos en tiendas exclusivas? Tras un tiempo de sesudo análisis, por fin se encontró la pregunta correcta: “¿qué buscan las personas cuando toman café?” Y la respuesta fue: “un buen sabor”.
Con esa premisa, se analizaron qué factores afectaban al buen sabor de una taza de café. Se supo que eran muchos, pero se concretaron los dos más importantes: la calidad del agua y el tiempo transcurrido entre el molido del grano y la preparación. No fue difícil entonces sacar una cafetera con un filtro declorante y un molinillo para el grano, lo que la convirtió, de inmediato, en un éxito mundial de ventas.
Fíjese en los actores de Cámara Café. Nunca hablan de lo bueno o malo que está el que se toman, ni de cómo les sienta, es más, rara vez se llevan el vaso de plástico a la boca. El café es lo de menos. Desde siempre, pero más aún desde hace dos años, el nombre de las cosas nos despista o nos engaña.