"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Cuando los españoles emigrábamos a centro Europa porque aquí no había para que todos pudiéramos comer; cuando los que se iban socorrían a los que se quedaban enviando las famosas “remesas” que tanto ayudaron a salir de la ruina que trajo la guerra en la que murió el abuelo del presidente; cuando España era muy distinta a lo que ahora es, aquí nadie sabía lo que era la OCDE ni falta que hacía.
Fue el Plan Marshall el que hizo nacer esta organización internacional. Aquel planazo que Berlanga –el genio– tan bien nos describió en una película, cuyo objetivo era encajar –de la manera que fuera– 6 canciones de Lolita Sevilla. El resto daba igual.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), nació tras la II Guerra Mundial patrocinada por Canadá y los Estados Unidos. Con sede en París, aglutina a 30 países y persigue cimentar economías fuertes en los países miembros y expandir el libre comercio.
Los tiempos han cambiado y en un informe publicado la pasada semana, la OCDE dice que la emigración hacia España crece a tal ritmo, que los trabajadores extranjeros se han multiplicado por 6 en el periodo 1994-2004, mientras que, por ejemplo, en Italia, el otro país de la UE que se lleva la peor parte en las llegadas no autorizadas, “sólo” lo hizo por 4.
Nuestro país es el destino preferido de marroquíes, rumanos y ucranianos, si bien, por lo de los lazos lingüísticos, recibimos el mayor contingente de hispanoamericanos. Y un detalle: el informe concluye que “España también atrae a un significativo número de inmigrantes alemanes y británicos, la mayor parte de ellos, jubilados”. Eso dice la OCDE.
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Dar trabajo a tantos dentro de la ley es un problema, pero integrarlos socialmente es un reto político de primer nivel. Curiosamente, esta integración es más difícil con unos (magrebíes, cercanos geográfica y culturalmente) y más fácil con otros (eslavos, tan diferentes a nosotros). Con los americanos, cada nacionalidad (Ecuador, Perú, Dominicana) tiene su peculiaridad, siendo notable cómo, en algunos casos, se desaprovecha la ventaja que supone la lengua común para suavizar la asimilación.
Todos conocemos un compatriota que fatigó por Alemania. Tuvieron muchas dificultades para integrarse, pero nunca mordieron la mano que les daba de comer. Entre otras razones, porque los alemanes sólo les hubieran permitido el primer mordisco. Y sin embargo, es merecedora de atención la forma en la que España gestiona hoy este problema, muchos años más tarde, cargados de experiencia e integrados en la UE: improvisando, reaccionando a tirones y usando una palabrería exquisita.