"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
El Libro de los Proverbios, reúne una colección de refranes, máximas y alegorías atribuidas en su mayoría al rey Salomón. Entre otras, en él se dice: “hay un tiempo para perder y un tiempo para invertir, hay un tiempo para descansar y otro para disfrutar, hay un tiempo para dar placer y un tiempo para complacerse, y también hay un tiempo para cuidar y otro para dejarse cuidar”.
El ser humano ha sido capaz de crear mercados organizados en los que se puede comprar y vender cualquier cosa: ganado, acciones, verduras, petróleo, o pisos. Existen páginas web en las que se intercambia de todo en la Red. Incluso hemos sido tan hábiles como para organizar un mercado en el que los países ricos pueden comprarles su cupo de emisión de gases de efecto invernadero a los países pobres y así evitar las sanciones del Protocolo de Kioto.
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Por el contrario, el ser humano no ha tenido mucho éxito –hasta hoy– organizando el comercio de bienes delicados, nobles, escasos, como son el amor, la lealtad y el tiempo (entre otros), cuya importancia se ve a diario preterida bajo la pujanza de lo urgente.
Decía la canción del apreciado trovero Manuel Escobar que “el cariño verdadero ni se compra ni se vende”, lo cual parece que sigue siendo verdad. El verdadero. Pero el tiempo, quizás la más importante de todas esas “mercancías nobles no vendibles”, empieza a organizarse. Se trata de los llamados “Bancos de tiempo”, donde se truecan favores, habilidades y tiempo entre particulares, empresas y asociaciones, valorándolos en horas.
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Así, si a mí me interesa que alguien me explique con detalle cada uno de los movimiento de las 21 partidas que jugaron Spassky y Fisher para dilucidar el Campeonato del Mundo de Ajedrez en Reykiavik en 1972, puedo conseguirlo sin pagar dinero por ello. Sólo deberé contactar con unos de los muchos “bancos” que hay en las diferentes comunidades y encontrar a alguien a quien le interese mi experiencia como pianista de ragtime. Ponernos de acuerdo será una mera cuestión de agenda.
La mecánica es simple: cada vez que se intercambia un servicio, el receptor emite un cheque con las horas de crédito. El talonario se lleva después al “banco” para que los créditos puedan ser controlados. Los bancos de tiempo generan un beneficio social que sería difícil pagar en dinero y además crean un ambiente humano en el que todos salen ganando.
Intercambiar tiempo acompañando a personas mayores, leyendo cuentos a los pequeños, aprendiendo idiomas o adaptando un software para una empresa, pueden ser magníficas maneras de re-encontrarnos con una faceta de una sociedad más humana que no debiéramos haber dejado desaparecer.