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Contra la tumba de Irina

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 18-10-2006 12:28:35

Del libro de relatos "Las hojas de Kiev".

Volví la cabeza respondiendo sin querer al estruendo de los cristales. Sólo el gollete de la botella permanecía en su mano. El resto de trizas de vidrio se esparcían caprichosamente por encima de la lápida, inconmovible la tumba a pesar del botellazo, bien pegada al suelo, indiferente al dolor o la ira del hombre. Un fino reguero de vodka dibujaba una letra ese muy estilizada, larga, atravesando de arriba abajo y de izquierda a derecha, las dos hileras de letras y números grabados sobre el granito.
Me paré. El hombre miraba la losa absorto. Hincó una rodilla en tierra, se agarró la frente con la mano y empezó a hablar muy bajo. Ni yo ni nadie podría haber oído lo que le decía. Me dio pudor mirarlo sin disimulo.
Cuando terminó de decir aquello que le debiera a Irina, se irguió sin apartar la mirada de la lápida, los ojos mojados, el gollete, aún, firmemente asido. Se lo llevó a los labios. Interrumpió el gesto de beber al reparar que a lo que se aferraba sólo eran restos.
Demasiados cristales rotos sobre la tumba. Se agachó de nuevo y con la mano libre, trató de limpiar las lascas esparcidas: raaas, hacia la derecha, raaas, con el dorso hacia la izquierda. Su sangre empezó a lagrimear sobre el mármol.
Enfiló la salida del cementerio, desentendiéndose de su propio rastro tras dejar a Irina, de nuevo, inerte a sus espaldas. Las gotas rojas delineaban una huída que no pretendía serlo. A cada metro o a cada metro y medio.

Escrito por Quintin de Parma
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