Relato de Lourdes Alcañiz en el que es difícil no sentir el latigazo de las olas en alta mar y la profundidad oscura del agua bajo la quilla. Con este cuento Lourdes rinde un pequeño homenaje a su padre, que poco después de leerlo, se fundió con el océano para siempre.
El aliento salado del mar se colaba entre mis pensamientos como la arena que lleva el Simún. Apenas si conseguía perfilar en mi mente una imagen cualquiera,cuando una nueva ráfaga de viento la arrastraba a la inmensa masa de agua que me rodeaba. Mis intentos de evadirme resultaban bastante inútiles en aquellas noches del Pacífico, navegando sin luna rumbo al sur.
Cinco noches atrás un incendio a bordo había acabado con las baterías. En mis turnos ante el timón echaba de menos el brillo callado de la brújula electrónica y las ocasionales voces cargadas de estática en la radio, anunciando la presencia de algún barco mercante en los alrededores. Junto con las tenues luces de la cabina, se había esfumado mi sensación de estar en un entorno protegido. El poder sobrecogedor del océano en la oscuridad me producía un hilo de terror que no conseguía distraer. Envidiaba las historias de mis compañeras de tripulación, que describían experiencias casi místicas de comunión con el mar durante sus guardias nocturnas. Yo en cambio estaba segura de que si le abría algún resquicio a aquella bestia infinita, me disolvería en su conciencia como una gota de lluvia.
Una ráfaga de aire salado me robó de nuevo los pensamientos. En las noches tranquilas me gustaba mirar de reojo la estela fosforescente que abría el velero a su paso, y escuchar con cautela el ritmo pausado de las olas sobre el costado del barco. Las horas se me iban enganchada al timón y paseando la vista del perfil blanquecino de la vela hinchada, al cielo tomado por las estrellas. En aquellas aguas, a cincuenta millas de la península mexicana de Baja California, el firmamento era una cúpula transparente donde los astros se apretaban como puntas de alfiler. En noches como esas, me asomaba un tímido sentimiento de abandono placentero, pero bastaba un ligero cambio en el soplo del viento para ponerme de nuevo al acecho.
Aquella no era una noche tranquila. Los vientos soplaban racheados con la fuerza de puños gigantescos e invisibles, que escoraban nuestro barco en ángulos imposibles. Pero no era el viento lo que me asustaba, ni el dominio del velero; era lo impredecible de aquella monstruosa inmensidad y mi insignificancia ante ella lo que me empapaba de miedo. Aquel océano oscuro podía explotar en una furia sin límites en cualquier momento, sin la menor provocación, retorciéndose en una rabia de espuma que ninguna plegaria, conjuro o instrumento de navegación de última tecnología podrían detener. Un capricho suyo y de un solo zarpazo, aquel velero blanco tripulado por tres mujeres sería tragado por un abismo ciego, desintegrado en mil pedazos.
El final de mis lúgubres temores lo marcó como cada día el presentimiento del amanecer. Hacia las seis de la mañana, el cielo y el mar deshacían, con una claridad apenas perceptible, el estrecho abrazo de la noche. Nunca he visto amaneceres como los de la costa de México en el Pacífico. Las estrellas se teñían de azul y las nubes absorbían la mañana en un enredo de colores anaranjados, púrpuras, añiles y violetas.
La primera claridad del día perfiló una montaña rojiza que reflejaba un mar cristalino y esmeralda. Atrás quedaba la silueta de la Isla Natividad. En la ladera del monte, casi al borde de una playa blanca se veía una construcción alargada con muchas ventanas. Varios barcos de pesca deportiva anclados en la pequeña bahía parecían suspendidos en el aire de la mañana. Solté el ancla que se sumergió sin prisa, levantando una nube nacarada al llegar al fondo. Desde la proa del barco la veía como si no hubiera agua. Los rayos del sol entraban perpendiculares al mar, descubriendo todos los rincones de aquel remanso de arena y coral. No pude esperar más. Corrí a por el equipo de buceo y me dejé caer desde la popa con completo abandono.
Sobre el infinito telón azul del Mediterráneo sumergido, las burbujas de aire que atrapaba con mi mano se veían a contraluz como un río de bolitas de mercurio corriendo alocadas hacia la superficie. Cada mañana mi padre y yo descubríamos un mundo cristalino y secreto que se ocultaba a la vista de todos bajo las aguas de una calita de Mallorca.
La misión oficial de aquellas expediciones era pescar algo. El habitual aspecto imponente de mi padre adquiría matices amenazadores con el puñal que llevaba atado a la pierna y el complejo fusil submarino con que se armaba antes de sumergirse. A mí me equipaba con un tridente pequeñito con el que le seguía, como séquito de Neptuno, por los espacios turquesas de nuestros veranos.
Bajo el agua, las aristas del carácter de mi padre se reblandecían, al igual que sus bigotes puntiagudos, que aleteaban blandamente al ritmo de sus patadas. Y en aquel silencio de cristal yo bebía con avidez la complicidad submarina de una relación que siempre se secaba en tierra.
En la superficie mi padre era impredecible. Una simple contrariedad, un recado mal hecho, cinco minutos de atraso en la hora de vuelta a casa podían desatar una tormenta de rabia que me sumergía en un abismo de zozobra y me desintegraba el alma. Aquellas explosiones de poder caprichoso me aterrorizaban y me hacían estar siempre al acecho, intentado adivinar los signos de lo que se avecinaba. Pero bajo las aguas cálidas del Mediterráneo, encontraba siempre al padre grande y paciente de mis plegarias. Junto a mis burbujas de mercurio sólo flotaba el cariño y el sentido de protección y seguridad que me daba aquel ser enorme.
Las aguas de Punta Eugenia encerraban un santuario sumergido al que afortunadamente sólo se podía llegar en barco. Estaba situado frente a la Isla Natividad, una zona protegida por el gobierno mexicano por ser un lugar de paso de las ballenas que acudían a emparejarse en esa zona. Según las cartas marinas, entre la punta y la isla se hundía una sima de más de cinco mil metros de profundidad. De esas oscuridades abisales había poco rastro en las claras aguas de la calita de Punta Eugenia. La calidez de su color esmeralda me abrazaba el alma.
A mediodía decidimos explorar la construcción alargada en la ladera. Unas escalinatas de piedra conducían a la entrada. Sobre el arco de la puerta entreabierta colgaba curvado un enorme pez azul. Se oía un murmullo de voces. Dentro un grupo de hombres comían sentados alrededor de varias mesas. De una de ellas se levantó un hombre moreno y fuerte. Se acercó a nosotras con una sonrisa de interrogación.
—Buenos días. Necesitamos unas reparaciones y pensamos que quizás nos podrían ayudar —dije señalando el velero que se mecía en la distancia.
Sin dejar de sonreír nos examinó a las tres de arriba abajo, despacio.
—Nos quedamos sin baterías —añadió Julia.
—Ya veo —dijo finalmente—.A Pedro se le dan bien esas cosas. Voy a buscarlo.
—Espere —le dije antes de que saliera—. ¿Qué es este lugar?
Arqueó las cejas como si fuera muy evidente.
—Es el Hotel Punta Eugenia.
—¿Un Hotel dice?
—Sí, un hotel para pesca deportiva —alzó el brazo mostrando la colección de atunes, dorados y márlines gigantes que adornaban las pareces.
—Entonces… supongo que podremos comer aquí —dijo Sandra.
—¡Claro! Acomódense —dijo—. A los gringos les encantará.
No había ninguna mesa libre en la sala, tan sólo cuatro puestos vacíos al final de una alargada. Un hombre rubio y colorado como un langostino nos señaló con alegría las sillas vacías. Los nueve hombres que le acompañaban a la mesa asintieron. Durante la comida el hombre langostino nos explicó que eran pescadores deportivos profesionales y que todos los años pasaban varios meses en ese hotel pescando. Eran las mejores aguas para conseguir el máximo trofeo: el gran marlin azul. Aquella parte del océano debía propiciar los peces grandes; sin embargo, el tamaño de los que adornaban las paredes era tal que pensé que no podían ser reales. Me imaginé que eran modelos de escayola.
Manuel, el hombre que nos había recibido a la entrada se sentó con nosotras durante el café. Era el dueño de aquel extraño hotel, al que sólo se podía llegar por avioneta, y que albergaba a personajes obsesionados con pescar márlines gigantes, en unas luchas feroces de agotamiento con su presa. Le comenté que me gustaban sus peces de escayola.
—No son de yeso, señorita —dijo muy serio—, son reales. No hace mucho nadaban por ahí delante.
Abrí la boca para decir algo y la cerré de nuevo. Había atunes de cuatro metros, dorados de uno y medio y un pez martillo que ocupaba toda una pared. Manuel disfrutaba de mi asombro.
—Pero esto no es nada comparado con los monstruos que salieron de la isla. Los encontramos ahí abajito, en la mismita playa.
Julia me hizo un guiño. Sonreí benevolente a Manuel. La fanfarronería de los pescadores deportivos no suele tener límites.
—¿No me cree? Pues es la puritita verdad. Pregúntele a cualquiera de por aquí. Hace un año hubo un terremoto en Isla Natividad y dos días después apareció un monstruo marino muerto en la playa. Medía más de seis metros. Al día siguiente encontramos otro igual, más pequeño. Parecía ser la hembra.
—¿Y cómo es que acabaron en la playa? —pregunté siguiéndole la corriente.
—Creemos que salieron de la sima que hay frente a la Isla Natividad. Es muy profunda. El terremoto debió de matarlos y la marea los trajo hasta aquí.
Las tres asentimos gravemente sin hacer más comentarios.
—¡Ah! Por allí viene Pedro —dijo Manuel levantándose—, cuando quieran las acompaña a su barco.
Pedro reparó en menos de dos horas los desperfectos del incendio. Le llevé de regreso al hotel. Encontré a Manuel rebuscando en un mueble de la cocina.
—Ya le dije que no mentía —dijo alargándome dos fotografías descoloridas.
Tuve que enfocar la vista varias veces para comprender lo que estaba viendo.
Un grupo de unos siete hombres se agrupaba en fila india en la playa frente al hotel, con la Isla Natividad de fondo. Sostenían, apenas abarcándola con sus brazos, una gigantesca criatura rosada con decenas de patas y unos cuernos del color del coral rojo, enroscados a cada lado de la cabeza. Tenía los ojos cerrados en una expresión casi melancólica y a través de los labios amoratados sobresalía la punta de una lengua púrpura. La otra fotografía mostraba un animal similar pero más pequeño, tendido en la arena a un lado del primero. Pensé en un montaje, pero las imágenes eran demasiado reales. Pasé varios minutos sin poder apartar la vista de las fotos.
—¿Dónde están sus restos?
—Los dejamos muertos en la playa y llamamos para que alguien viniera a verlos, pero al amanecer del segundo día habían desaparecido. Solo había un rastro que llegaba al agua.
—Creía que estaban muertos.
—Muertos y bien remuertos. Quizás algún marlin se los comió —dijo en un tono misterioso.
—Un marlin no puede llegar a aguas tan poco profundas.
Manuel se encogió de hombros y guardó las fotografías. Alguien le llamaba desde el comedor. Estrechó mi mano efusivamente.
—Les deseo buen viaje. Cuídense mucho, señoritas —dijo, y añadió en un murmullo—. Estos mares tienen secretos.
Regresé pensativa al velero. En algún libro de vida marina debía haber una explicación, una ficha con el nombre y apellidos de aquellas criaturas.
Julia y Sandra no se mostraron demasiado impresionadas con mi historia. Estaban preocupadas porque el viento había empezado a soplar de popa con fuerza. La playita no era un buen anclaje para pasar la noche y querían salir de nuevo a mar abierto. Al caer el sol navegábamos rumbo al Oeste. Tuve un sueño intranquilo, lleno de formas extrañas y amenazadoras, hasta que Sandra me despertó para mi guardia.
—He dejado un poco de café en el termo —bostezó—. Ya sabes el rumbo. Ah, y no te preocupes por las cifras del medidor de profundidad. No se ha roto, es que estamos pasando por encima de la sima.
Una breve inquietud me asomó por la boca del estómago. Afortunadamente las luces de posición ya funcionaban, e incluso contábamos con la ayuda del piloto automático. Era extraño, pero el fuerte viento que nos empujó a abandonar Punta Eugenia había desaparecido casi por completo. Tan solo soplaba una suave brisa apenas suficiente para llenar la vela mayor. Me recosté sobre el asiento de la cabina.
El cielo estaba cubierto con nubes deshilachadas que ensombrecían el estrecho filamento de la luna nueva. Un denso olor a sal inundaba el aire y podía escuchar el sonido líquido de los rizos del agua contra el costado del velero. Por la popa dejábamos una estela fosforescente, como un gran caracol brillante. Era una noche que invitaba a abandonarse. Respiré profundamente y cerré los ojos. Empecé a silbar una melodía de mar.
En la mitad de la segunda estrofa me detuve en seco. Por encima de mi silbido creí haber oído algo a pocos metros del barco. Escuche con atención durante varios minutos. El único sonido perceptible era el agua salpicando contra el barco y el zumbido del piloto automático haciendo ligeras correcciones en el rumbo. A pesar de la aparente calma, se me habían quitado las ganas de silbar. Apague las luces de posición; no me dejaban ver con nitidez la superficie de agua que me rodeaba.
Esta vez lo oí claramente. Algo grande y silencioso se acababa de sumergir a unos metros del barco. A estribor se distinguía una gran mancha fosforescente. Algo había removido el agua allí hacía unos segundos. Pensé en los peces de las paredes de Manuel. Eso sería, un atún, un atún grande. Un sudor frío me recorría la nuca. Busqué el termo de café. Tenía la garganta seca.
Clavé las uñas en el termo nada más tocarlo. Una silueta negra y enorme había emergido a babor. Soltó un bufido con olor a mar, que se elevó varios metros por encima de su lomo, y desapareció de nuevo. No pude mover un solo músculo durante varios minutos. Debía de parecer una extraña estatua, con un termo en la mano y gotas de agua salada resbalando por el rostro. Una sensación de ahogo me recordó que necesitaba respirar, pero antes de que pudiera tomar una bocanada de aire, la criatura emergió justo a mi lado. Le vi la cabeza. Entre la nube de horror que helaba mis pensamientos, me extrañó no verle los cuernos rojos. De hecho tenía una cabeza muy ancha, igual que el cuerpo. La cola era como la de una ballena. ¿Una ballena? Tragué algo salado.
La criatura emergió una vez más y pegó la cabeza a la popa. Había algo infantil en el ojo que me miraba sin pestañear a pocos centímetros. Acerque una mano titubeante hasta posarla en su piel. Estaba fría y caliente a la vez, era gruesa, pero se sentía blanda. Emitió un sonido extraño. La acaricie con suavidad y creí sentir que respondía a mi tacto. Me incliné por encima del riel de protección para tocarla mejor. Entonces ocurrió lo impensable.
Caí de costado contra ella con un ruido apagado y resbalé al agua. Vi su panza blanca resaltar en la oscuridad mientras me hundía. La estela fosforescente del velero desaparecía por encima de mí. Nadé hacia la superficie poseída por una fuerza sobrehumana y aullé el nombre de mis compañeras. El velero era un punto blanco que se deshacía en la oscuridad. Grité y grité como un animal enloquecido hasta quedarme sin voz. La única respuesta fue el murmullo del océano en una noche tranquila.
Algo extraño sucedió entonces ante la certeza de lo inevitable: el miedo se esfumó. Mis posibilidades de rescate eran nulas. Probablemente mis compañeras ni siquiera sabían que ya no estaba a bordo. Por la mañana verían que no había nadie al timón y para entonces no sabrían ni por dónde empezar a buscar. Mi insignificancia era absoluta en aquel mar inacabable.
Cerré los ojos y le pedí al mar oscuro que al menos fuese rápido. Floté boca arriba con los oídos sumergidos, escuchándolo por dentro, y me abandoné totalmente a aquel océano de la noche y de la luz, del horror y de la paz, donde se escondían los paraísos líquidos de mi infancia y mis pesadillas sin forma. El agua me entraba por los ojos, por la garganta, por la nariz. Respiré una bocanada salada y me hundí como una hoja que cae blandamente en otoño. En las tinieblas de la semiinconsciencia sentí que había llegado al fondo. Se notaba frío y caliente a la vez, duro pero al mismo tiempo blando. El fondo se levantaba y me arrastraba con él hacia la superficie. Mis pulmones se volvieron a llenar de aire. A mi lado, se elevaba sobre el agua una montaña de carne oscura. Encontré de nuevo el ojo que no pestañeaba, un ojo grande y paciente que me miraba en silencio. Sentí un golpe suave en la pierna. Me agarré a una aleta tibia. Muy despacio, como si transportara una burbuja de cristal, partió hacia el Este con blandos coletazos.
En el mar de la noche, junto a aquel ser gigante, ya no había lugar para mis pensamientos. Sobre el agua sólo flotaba una niña abandonada al abrazo de un pez enorme, jugando con los brillos fosforescentes de un océano dormido.