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La noche que el maestro Borges mató al Sr. Loewenthal (Mª Fernanda Trujillo)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 18-10-2006 19:59:15

María Fernanda nos permite "estrenar" aquí esta obra suya en la que fabula con "Emma Zunz", un cuento de Jorge Luis Borges.

…No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan”
Emma Zunz, de Jorge Luis Borges.

María Kodama acercó a José Luis Borges un bastón que le ayudara a hacer más liviana su ceguera. Por lo demás, ella estaba allí, a su lado como de costumbre. Una lluvia fina y persistente no daba tregua a los cristales desde la noche anterior. “Hace falta que llueva, lo sé”, -apostilló el maestro, distinguiendo un suspiro nostálgico de su compañera- “sé que es mejor el verano, pero el agua del otoño ayudará a incrementar la vivacidad de los colores, allá en primavera”. María, no obstante, suspiró de nuevo. Él era consciente de que su lazarillo prefería las estaciones donde el sol era protagonista absoluto. Pero a pesar de la lluvia, tenían que dar el paseo diario. Era bueno para las piernas. Y para las ideas.

Aquel era un báculo precioso, con la empuñadura de plata cincelada en forma de cabeza de perro. De perro de caza. Sin embargo, no era el más cómodo de sus apoyos. Las orejas en punta del sabueso metálico se le hincaban en el hueco de la palma de la mano derecha y acababan por incomodarlo. “¿Dónde lo compraste, María?” –Preguntó de repente.
- En un anticuario de la calle Manufactura. Me gustó al pasar y me lo traje. ¿Acaso a vos no...?
- No, no, está bien, está bien – respondió- y colgó su mano nervuda del brazo más joven con un gesto firme y suave al mismo tiempo.
No sabría decir por qué, pero el tacto de aquel pomo le generaba cierto desasosiego. Y la mano se le quedaba fría, casi sin pulso. Como si la sangre se le negara a bullir cálida y al mismo ritmo que en su mano izquierda.
La lluvia había cesado cuando ya llevaban tres cuadras de camino y, sin más, el maestro comentó su interés en visitar al anticuario. “Vayamos. Tengo curiosidad por saber más del antiguo dueño de este bastón”. Ella no dudó en acompañarlo.
Al abrir la puerta de la tienda, un sonido metálico consecuencia del roce con tres campanillas de plata entrelazadas y colgadas del techo, avisó al anticuario Rinaldi. Era éste un hombrecillo rechoncho, calvo y con gafas de concha colgadas al borde de la nariz, que salió a atenderles con extrema solicitud. Los miró por encima de las gafas. Siempre recordaba a su clientela, desde luego. Y pudo saciar la curiosidad de la pareja con todo lujo de detalles. Les confirmó que el anterior propietario, el Sr. Loewenthal, gerente de una fábrica de tejidos en el sur del país, allá por los años veinte, había muerto en extrañas circunstancias, nunca esclarecidas del todo. “Un tipo raro, ya ven, un mujeriego empedernido, por lo que cuentan. Hay quien se atreve a argumentar que se trató de un crimen pasional...”
Rinaldi se ofreció a cebar un mate. “Les vendrá bien”, señaló, y ellos lo tomaron inquiriendo más pormenores sobre el antiguo poseedor del bastón con empuñadura de plata canina. Luego se despidieron agradecidos. “Vengan cuando quieran”, dijo, acompañándolos hasta la puerta, no sin antes haber comentado las excelencias de unas sillas inglesas del XIX, una barriguda cómoda rococó y unos cubiertos que habían pertenecido, como bien podía garantizar, al mismísimo Napoleón Bonaparte.
Retomaron el paseo por la calle peatonal que llevaba a la Plaza de la Libertad. Y, al poco rato, sentenció el maestro: “Volvamos a casa”.
- ¿Ya no querés pasear más? -arguyó María Kodama, un tanto sorprendida.
- Prefiero volver. Tengo mucho que dictar y no me es posible dejarlo para más tarde –insistió el maestro.
Los cristales sufrieron de nuevo el tedio de la lluvia. Fue una larga noche de vigilia. De un discurso prolongado y fructífero, sin dejar de palpar el puño de plata una vez, y otra, y otra. Aquella fue la noche en que el gran escritor Jose Luis Borges, vengó el ultraje y mató al Sr. Loewenthal de la mano de la obrera Emma Zunz.

Escrito por Quintin de Parma
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