Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

La lluvia que cae en orden (Luis Miguel Rufino)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 19-10-2006 11:49:04

Este relato fue publicado en la revista Ortzadar (Arco iris en vasco), el suplemento cultural del diario Deia, el 28 de marzo de 2006, tras haber quedado finalista del XII Concurso Literario Premio Xabier de Leizaola, organizado por dicho diario.

Era pelirroja y de ascendencia polaca. Nunca conseguí deletrear correctamente su apellido. Que se llamara Diane es lo de menos. Se crió correteando las anchas aceras de Brooklyn. Creció feliz hasta que comenzó a tomar conciencia de algunas de sus limitaciones. A su hermana le daban las mejores notas del instituto y todos los muchachos se desvivían por conseguir una cita con ella. Diane, en cambio, era delgada y poco agraciada, no todas las pelirrojas son hermosas, y además, se ruborizaba casi por cualquier cosa, sobre todo, cuando le hablaba algún chico. A esa edad sus padres aún no habían decidido pagarle una ortodoncia, aunque era evidente que la necesitaba. A sus amigas les salieron tetas y a ella no. Empezó a comprender que la vida era compleja.
Una noche que no podía dormir, la noche en la que cumplió quince años, pensó que debía haber algo mejor en el mundo. Al día siguiente era sábado. Cogió un tren y se fue sola a visitar Manhattan. Fue su primera vez en la isla mágica. Estuvo todo el día de un sitio a otro. Tan impresionada quedó de su belleza agresiva, que antes de coger el tren de vuelta, cuando caía la noche, quiso llevarse algo que le recordara durante toda su vida que había estado allí, que existía aquel otro mundo y que podía volver cuando lo necesitara. Ella sabía dónde estaba: a la distancia de un billete de tren que costaba un cuarto de dólar. Tan lejos y tan cerca. Entró en Macy’s y se compró una bufanda que a ella le pareció carísima. Para no olvidar nunca aquel día. Hoy, de las muchas que tengo es la única que uso, todavía se puede leer Cashmere double-fringe two-tone scarf se sigue leyendo en la etiqueta casi borrada. Aunque no sé por qué lo está. Yo nunca la he lavado y ella me dijo que tampoco lo había hecho.
No pasó demasiado tiempo. Acababa de salir del instituto aprobando la mayoría de asignaturas a trompicones. No tenía ni medios ni interés en seguir estudiando en una universidad. Tampoco quería un futuro como camarera o peluquera. Un domingo por la mañana quebró voluntariamente el delgado trozo que quedaba indemne de lo que había sido una turbulenta relación con su padre. Le dolió mucho. Con su mundo afectivo hecho pedazos, a los pocos días hizo lo mismo con su madre, aunque esta vez sin pena ni dolor alguno. Nada la unía ya a aquel sitio y pensó que era un buen momento para escapar. No sabía entonces que aquéla era tan sólo la primera de una serie de huidas que, cuando yo la conocí, ya le parecían demasiadas.
Ella siempre había confiado en Stephen, el único compañero de clase con el que no se ponía roja. Una tarde de invierno él le habló de un país en Sudamérica donde, decía, se iba a crear un mundo nuevo. Entonces no era capaz de ubicar aquel país en un mapa de colores. Entró en una librería y pidió un diccionario de bolsillo de sudamericano. La dependienta no se inmutó y le dio un librito azul con las frases más usuales.
Stephen se encargó de todo. Ella se quiso creer que huían juntos por amor.

Apenas organizados en un minúsculo apartamento con otros tres compatriotas, empezó a acudir a reuniones de estudiantes donde todo el mundo parecía estar muy enfadado. No se enteraba de mucho de lo que allí se decía. Luego, Stephen y los otros empezaron a llevarla a asambleas de trabajadores, primero en las propias fábricas, luego se convirtieron en reuniones muy limitadas, casi secretas, en casas particulares, a las que acudían por las noches, con mucho sigilo. Y cada vez eran menos los que acudían a aquellas camarillas. Diane seguía sin entender muy bien de qué iba todo aquello. Una víspera de nochebuena, mientras chillaba consignas que no entendía detrás de una pancarta en la que había una frase que tampoco venía en su diccionario de bolsillo de sudamericano, tuvo un encuentro con unos guardias con bigote negro y gorra de plato marrón. Hubo gritos, botes de humo y golpes de porra. La metieron en una camioneta y se la llevaron. En aquel calabozo olía tanto a orín que su cerebro lo pensó todo en amarillo durante un mes y medio. La pusieron en la calle de la misma forma en la que la metieron, empujándola a golpes.
Lo intenté varias veces, pero siempre se negó a contarme qué fue lo que ocurrió durante aquellos cuarenta y cinco días de reclusión. Siempre contestaba lo mismo, hablando en tercera persona, como alejándose del recuerdo: “la pelirroja ya nunca volvió a ser la misma” y cruzaba el dedo índice sobre sus labios cerrados.
Quizás fue el desamor con Stephen, que no pudo resistirse a la magia que irradiaba aquella estudiante de pelo negro que hipnotizaba a los que la oían en los mítines con la vehemencia de su palabra y la dureza de su mirada. Quizás fueron aquellos guardias con bigote negro y gorra de plato marrón. O aquel olor.
La expulsaron del país. Ahora sabe reconocerlo perfectamente en cualquier mapa. Una segunda huida de una manera u otra. Y la segunda trajo la tercera y la tercera la cuarta y así hasta que dejó de contar.

Yo la conocí en Madrid, donde se estableció buscando un poco de paz que le ayudase a curarse las secuelas de una malaria que se había traído de su último tumbo por el sudeste asiático. Había dejado allí a otro amor parecido a Stephen, en una cárcel tailandesa, un asunto complicado del que tuvo mucha suerte en salir indemne. La policía y los jueces de por allí llevan bastante mal los temas de tráfico ilegal. Cuando recobró cierta fuerza física empezó a ganarse la vida haciendo traducciones a unos precios ridículos que le imponía un aprovechado.
Creo que me convertí en el enésimo “Stephen”, el hombre que siempre aparecía en su vida anejo a cada nuevo lugar, el que siempre acababa por quedarse cuando ella huía. Pero fui el primero que no le ofreció ni acción ni aventura ni riesgo. Yo no vivía al límite ni lo pretendía. Ella aceptó mi mesa camilla y mis tardes ante la tele cambiando de canal, mis paseos y un poco de ejercicio físico por el parque. Cosas que no había hecho nunca.
Cuando menos me lo esperaba dejé de verla. Desapareció del piso donde vivía con otras dos chicas con las que apenas se hablaba. Sólo les dejó una bufanda para mí. La bufanda. Ni una nota ni un teléfono. Pero entendí el mensaje.
Fue entonces cuando empezó a llover dentro de mi cabeza. A llover en color negro. Esa agua que cae con mucho orden, cada gota sabiendo cuál es su destino, en qué sitio debe caer, el punto exacto en el suelo de mi cerebro donde debe golpear haciendo tac, humedeciendo una superficie mínima con la que luego ya no puedo pensar. Esa lluvia tenaz, implacable que tiene la facultad de convertir mi cerebro en un mineral.

Ha pasado mucho tiempo. Ahora, algunas noches en las que he bebido demasiado, la pelirroja polaca se me aparece en la penumbra de mi habitación y se sienta en el borde de la cama. Con una mano coge la mía, con la otra me acaricia el pelo y me dice que no debo esperarla más, que no va a volver, que no puede volver.

(La bufanda ya no huele a ella, pero alguna vez, al ponérmela alrededor del cuello, la vida, que a veces me engaña siendo generosa conmigo, me la trae de nuevo en la forma de su aroma. Durante unos segundos tan solo. Luego, vuelve a llover en orden.)

Escrito por Quintin de Parma
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink


Referencias (URL para referencias)


Comentarios


Comentar



Recordar datos




LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009