Algo de vivido y algo de soñado hay en este relato de Manuela, en el que, en su estilo, con toda la ternura, nos lleva de la mano a una época de la vida concreta, difícil e interesante.
Llegamos a la residencia poco antes de las cuatro de la tarde. El ensayo general iba a ser a las seis, así es que teníamos tiempo suficiente. Mi madre había venido todo el camino retocándose el peinado y riñéndome por llevar la ventanilla del coche abierta. La peluquera había estado esta mañana, como cada domingo, en casa.
Habíamos pasado todo el fin de semana ensayando su papel de vaca en el belén viviente. “Con mi leche te alimento, ¡Jeeeesús!(estornudo), y con mi aliento te caliento”. Esa era la frase que tenía que decir. Le había costado mucho aprenderla de memoria y decir cada palabra con claridad. Era el primer año que participaba y estaba muy nerviosa. Y es que sólo llevaba allí tres meses.
La ecuatoriana que la cuida en casa le había hecho un traje de vaca que era como un gran saco con mangas y casi hasta los tobillos. Era de un tejido marrón de pelo sintético, como los de los chalecos de los niños que hacen de pastores en los belenes de los colegios, que resultaba muy agradable al tacto y muy abrigado para poder aguantar las dos horas que iba a durar la representación en el salón de actos de la residencia.
En cuanto bajó del coche, se dio un pequeño tirón de la falda y de las solapas de la chaqueta que, después de vaciar el armario entero sobre la cama de su dormitorio, había decidido ponerse para este día. Se agarró a mi brazo y echamos a andar por el camino asfaltado que conduce hasta la entrada principal. Parecía un milagro que en tan poco tiempo hubiera abandonado el carrito de ruedas y, desde hacía dos semanas, también las muletas. Nada más verla, varias compañeras se acercaron a ella sonrientes. Eran dos pastorcillas del belén. Querían que mi madre les diera su opinión sobre el zurrón que se habían confeccionado ellas mismas esa mañana.
Seguimos caminando y, al poco tiempo, noté una leve e intermitente presión de sus dedos sobre mi brazo. De frente, con paso decidido y una hermosa sonrisa se acercaba Manuel, residente veterano y monitor del taller de cestería al que mi madre asistía una hora cada mañana. “Aquí viene la chica más bonita del pueblo”, y dirigiéndose a mí: “Y tú debes ser su hija. Tenías que haber conocido a tu madre con dieciocho años, era de una belleza sin igual”. Ella se puso roja como un tomate, miró hacia el suelo, tiró de mi brazo y siguió adelante sin mirarle. A mí apenas me dio tiempo a devolverle la sonrisa.
Hacía varias semanas que la oía hablar de él. Era un antiguo vecino de mis padres, al que conocía desde hacía más de cincuenta años. Al parecer, días atrás le había confesado que estaba enamorado de ella. Me lo había contado una tarde al llegar a casa después de recogerla, como cada día, a la salida de la residencia. “Se me ha declarado y me ha dicho que viene con buenas intenciones, que quiere casarse conmigo”, me dijo. “Y tú, ¿qué le has contestado, mami?”. Ella me miró risueña, “Pues que yo con mis males y él con los suyos, íbamos a estar todo el día en el médico”, me contestó divertida.
Luego su sonrisa desapareció, se quedó pensativa. Sentada en su sillón con las manos entrelazadas, recorrió con la mirada el salón de nuestra vieja casa, la chimenea, los muebles y las cortinas recién estrenadas. Me miró y, con un tono de voz casi inaudible, me dijo “Ya he sufrido bastante”. Desde el otro lado de la mesa camilla, le contesté “Él ya no podrá hacernos más daño”, mientras contemplaba fijamente las tenazas de la chimenea, las mismas que durante meses permanecieron cada noche a mi lado, a los pies de la cama del dormitorio de mi infancia, aquel que de nuevo había vuelto a ocupar.
Cuando volví a mirarla, ella observaba ensimismada el fuego de la chimenea. Las pequeñas llamas formaban extrañas figuras de vivos colores y despedían un confortable calor. El olor a alhucema, que hacía poco rato yo había rociado sobre el fuego, lo inundaba todo. Mi madre recuperó de nuevo la sonrisa y, con mirada traviesa y un poco avergonzada, me confesó que le había prometido a su monitor de cestería pensárselo y darle una respuesta dentro de un tiempo, pues todavía llevaba sólo cinco meses de luto, le había dicho. Aunque ni siquiera el día del entierro consintió vestirse de negro. “Pero no tomaré ninguna decisión hasta que tú no le conozcas y me des tu opinión”, me dijo.
Ya por fin le he conocido y su franca y abierta sonrisa, sus palabras y la manera como ha mirado a mi madre me han tranquilizado mucho. Pero yo también tendré que darme un tiempo antes de decirle nada a ella.
Llegamos a su habitación después de saludar por el pasillo a todo el mundo. Mi madre se había convertido en una de las más conocidas y querida por todos en aquella gran comunidad. Ese día estaban aquí muchos familiares que colaboraban, igual que yo, en los preparativos de la celebración de la Navidad. “¿Y tus hijos, van a venir al estreno?”, le preguntó una de sus vecinas de habitación. “Ya veremos, ellos tienen sus obligaciones”, le contestó evasiva.
La ayudé a desvestirse. Con cuidado le quité la camisa de seda beige que había elegido para la ocasión y que yo le conocía desde hacía muchos años. Era una de las pocas prendas que conservaba, después de haber renovado casi todo su vestuario en los últimos meses. Se miró al espejo y, sonriéndome a través de el, me dijo, “Vamos, niña, que no puedo llegar tarde al ensayo”. Yo le devolví la sonrisa y me apresuré a colocarle su traje de vaca.
La dejé tras las cortinas del escenario, unos pasos mas atrás de San José. Al otro lado del niño Jesús estaban la virgen María y el burro, negro con grandes orejas, cuyos risueños ojos delataban a nuestro antiguo vecino Manuel. Todos estaban sentados en sillas, traídas desde el comedor de la residencia para la ocasión. Y de niño Jesús habían puesto al de la capilla, ya que nadie se había ofrecido voluntario para este papel. Alrededor de ellos, el resto de figuras vivientes, los reyes magos, los pastores, Herodes, todos iban de acá para allá, nerviosos, inquietos.
La hermana María de los Ángeles, directora del grupo, intentaba poner orden entre ellos, antes de que se abrieran las cortinas y el escenario quedara iluminado por unos potentes focos laterales y por una tenue luz amarilla colocada al fondo del pesebre. En el patio de butacas nos acomodábamos varias generaciones de espectadores, hijos, nietos, contagiados también de los nervios del preestreno.
Mis primeras navidades aquí después de tantos años, en el que fue mi antiguo colegio de monjas, pensé mientras esperaba que empezara la función. De pronto, los villancicos que llevábamos oyendo toda la tarde dejaron de sonar por los altavoces. Las luces se apagaron y, casi a la vez, las pesadas cortinas rojas del escenario se abrieron lentamente.
Desde mi asiento en las primeras filas, distinguía con claridad el rostro sereno de mi madre, aunque el movimiento de sus manos delataba lo nerviosa que estaba. Ella era de las primeras que actuaban, así es que me apresuré a preparar la cámara de video, dispuesta a no perderme ni un minuto del debut de mi madre como actriz del grupo de teatro de la residencia de mayores.
Cuando llegó el momento de decir su frase, miró primero al burro, que con un gesto de asentimiento casi imperceptible la animó a hablar, e inmediatamente posó su mirada sobre el niño Jesús, que descansaba en el suelo, sobre un capacho lleno de paja. “Con mi leche te alimento, Jeeeesús, y con mi aliento te caliento”, dijo abriendo los brazos con voz temblorosa, pero firme y alto, a la par que yo repetía las mismas palabras, con un leve movimiento de labios.