Para este cuento, Manuela se inspiró en un suceso único que tuvo la suerte de presenciar. Una patera llegó a Conil cargada de inmigrantes africanos negros, entre ellos un bebé. Una bañista española pasaba el día en la playa.
Era una mañana luminosa y clara del mes de Julio. El mar estaba tranquilo. Desde la terraza del apartamento parecía una balsa de aceite color azul intenso. Pequeñas olas se acercaban despacio hasta la orilla y rompían silenciosas en la blanca arena. La marea estaba aún baja. Al fondo, en la línea del horizonte, contó hasta cuatro grandes barcos en dirección al Estrecho. Apuró el zumo de naranja recien hecho y sobre el bikini amarillo con rayas blancas, se puso una camiseta de las que utilizaba para dormir, de esas que suelen traerte los amigos cuando van de viaje al extranjero. Esta era de Nueva York, con el puente de Brooklyn y un conjunto de rascacielos al fondo dibujados en su parte delantera. Se embadurnó la cara de crema con protector solar total, se colocó un enorme sombrero y se dispuso a bajar a la playa a caminar un rato, antes de que los rayos de sol empezaran a calentar demasiado.
Enfiló por la pasarela de tablas que cada verano colocan en varios puntos, a lo ancho de la playa. Al pisar de nuevo la arena, se descalzó y echó a andar por la orilla en dirección hacia el faro de Roche. El sol, que tibiamente empezaba a calentar su espalda, iluminaba el acantilado en tonos ocres, marrones, dorados, en un juego de luces y sombras de sinuosas formas. El paisaje que tenía delante era de una belleza tan irreal que parecía sacado de un libro con preciosas ilustraciones sobre la creación del universo, que le regalaron de pequeña y que aún conservaba.
El silencio era casi total, sólo roto por el leve e intermitente rugido de las olas en su incesante ir y venir sobre la arena. Un padre con su hijo pequeño chapoteando en el agua. Una pareja de jubilados alemanes, rojos como salmonetes, extasiados y con caras de creerse lo que dicen algunos eslóganes de los folletos turísticos del Ayuntamiento: “Conil, el último paraíso”. Dos viejos del pueblo, con los pantalones remangados y el hatillo con los zapatos colgado de un palo sobre el hombro, en una bolsa del Supersol. Y alguna gente corriendo. Jóvenes, mayores; solos, en pareja, en grupo. Muchos perros sueltos.
Después de una hora andando y, ya de vuelta, de nuevo a la altura de su casa, continuó con su ceremonia matutina. Dejó la ropa, el sombrero y las chanclas en la arena seca y con la parte de abajo del bikini como único atuendo, se metió en el agua. Era el baño que más le gustaba del día.
Al salir, chorreando y con los ojos picándole por la sal, vio como un numeroso grupo de personas miraba en su dirección. Al principio, extrañada, pensó que la miraban a ella. No era frecuente que eso ocurriera, pues en esa playa ya hacía tiempo que se habían acostumbrado a ver a las mujeres andar con los pechos al aire. Hasta que oyó a un niño decir: “Mamá, mamá, mira, son piratas”. En ese momento volvió la cabeza y, a unos cien metros, vio una destartalada barcaza de la que asomaban muchas cabezas de tez oscura. Hombres, mujeres y algunos niños.
Nerviosa, recogió la camiseta y se la puso sobre el cuerpo mojado. Seguía congregándose más y más gente en la orilla, atraídas por el espectáculo. En otras ocasiones el mar había arrojado cuerpos de grandes peces, una enorme tortuga en una ocasión. Pero nunca cuerpos humanos vivos. Había oído que esto era frecuente en playas cercanas, de madrugada, nunca a media mañana. Muchas noches se oían los helicópteros de vigilancia marítima, patrullando una y otra vez la costa, iluminándola con sus potentes focos. En esas ocasiones, desde su terraza, miraba la negra inmensidad que se abría ante sus ojos y un pellizco de inquietud la envolvía, antes de irse a la cama y sumergirse en el sueño, agotada tras un largo día de sol y playa.
Ya se distinguían sus caras, asustadas y a la vez decididas a llevar a término su odisea. Alguien gritó: “Hay que ayudarles, aunque la marea está subiendo no podrán salir solos”. Varias personas se adentraron en el agua. Les siguieron algunos niños, encantados con la aventura, desoyendo las voces de sus madres. Con el agua mas arriba de la cintura, consiguieron asir la patera que iba a la deriva.
Varios hombres jóvenes bajaron de ella y entre todos consiguieron arrastrarla hasta la orilla. Extenuados, apenas sosteniéndose en pie, los demás empezaron a salir de la maltrecha embarcación. Ellas cogían a los niños, ninguno tendría más de cinco años, les susurraban palabras ininteligibles, y los ponían sobre sus hombros para que no se mojaran. Al pisar tierra firme, caían sobre la arena como pesados fardos. “Están tiritando, traed las toallas”, dijo una señora mayor con un bañador negro. Todos se aprestaron a colaborar. Los niños corrían de acá para allá, cargando toallas y ofreciéndolas a los miembros de la expedición.
Durante todo el rato, el llanto de un bebé había acompañado el desembarco de los náufragos. Apenas tendría tres meses. Envuelto en una manta vieja y húmeda, no dejaba de llorar todo el tiempo. Su madre, con él en brazos, había sido la última en bajar. Era una hermosa joven con el pelo muy corto, oscuro, muy rizado. Lo abrazaba con mirada angustiada, pegado a su cuerpo, su cara junto a la del pequeño. No conseguía calmarlo, sabedora de que no podía darle lo que su hijo le reclamaba tan imperiosamente.
De pronto, de entre el grupo de gente que observaba a cierta distancia la escena, salió una mujer, muy joven también. Junto a ella, un hombre con una pequeña mochila de tela azul marino colgada delante, de la que sobresalía una gorrita blanca y unos rollizos bracitos y piernas rosadas. La mujer llevaba puesto un bikini rojo, dos tallas más pequeño de la que necesitaba. Sus pechos se desbordaban por todos lados del sujetador.
Con gesto decidido, tendió sus brazos hacia el bebé, mirando casi suplicante a la madre. Ambas mujeres intercambiaron una mirada de complicidad. Sin hablar una palabra, las dos sabían en ese momento qué tenían que hacer. La joven turista se sentó en la arena. La joven inmigrante se arrodilló junto a ella y puso al bebé en sus brazos. Con decisión, en un acto de recogimiento y entrega mil veces ejecutado, se bajó un tirante del sujetador con una mano, dejando aparecer un pecho enorme, recorrido por mil venillas violetas y con una gran areola marrón y un pezón gigante, jugoso; los agarró firme entre sus dedos índice y corazón, mientras con el otro brazo acunaba al pequeño y lo acercaba a su pecho desnudo. Tras unos segundos de nervioso titubeo, agarrada su manita a la de su madre, el pequeño empezó a chupar con firmeza.
Alrededor de ellas se había congregado un extraño grupo de espectadores. Turistas de piel bronceada, casi desnudos. Hombres, mujeres y niños de piel negra, medio desnudos también, envueltos en toallas multicolores. Olor a algas, a sudor y a crema bronceadora.
A lo lejos se oyó el ruido de las sirenas de varias ambulancias. Por el paseo marítimo, varios coches patrulla de la Guardia Civil se acercaban a gran velocidad.