De la columna "Vicios de la Corte", aparecida en el diario El Mundo el 23 de marzo de 2001, es decir, hace casi 6 años, cuando muchos sufríamos la caída de las bolsas por la llamada "Burbuja Tecnológica" o "Burbuja de las Puntocom".
Me ha parecido simpático sacarlo ahora que la Bolsa Española está en su MÁXIMO historico y la gente gana dinero. La vida misma.
No hay que saber mucho de Bolsa y de economía para percatarse de que la panoja caliente se ha enfriado y ya se refugia en las cámaras acorazadas de los bancos de las islas de los caimanes. Se acabó la fiesta. Llega el mal flujo de las estrellas. Los macarras de la Nueva Economía se forraron y los pobres candingas se tiran por las ventanas. A la fortuna se le ha llamado ciega, desatinada, mudable, antojadiza; para los que nunca saben por dónde y cuándo va a pasar la burbuja de la Nueva Economía, la fortuna ha sido cruel y traidora. Primero fue la plétora, el exceso. Veías a cualquier chufla o follapavas que había ganado 500 millones poniendo un portal como el que monta una zorrera; apareció la especulación alucinante, los nuevos stocks-jobers, los que hablan con los dedos y los portátiles en el parqué; ahora, llega el martes negro.
El pánico ronda las páginas salmón. El Dow Jones perdió un 2.39. Si se registrara una caída del 30% se hundirían multinacionales, se irían a pique las economías nacionales, millones de trabajadores y empleados serían despedidos. Parece que la recesión se contiene, pero otra vez, con insolente insistencia, de manera repetitiva, los que estaban en el secreto de la Nueva Economía y en el index-trading se han salvado. Ellos son predadores. No se orientan por ideales éticos. Weber dice que el libre juego de las fuerzas económicas y las olas de la especulación operan a favor de los tipos menos evolucionados desde el punto de vista ético, social y cultural.
En estos años se han hecho inmensas fortunas entre la palabrería socialdemócrata y los manchesterianos del PP y no las hacían por el país, aunque lo decían, sino por ellos mismos. Así habló Vanderbilt, el magnate del ferrocarril: «Los ferrocarriles no han sido construidos para el bien de nuestro querido pueblo. Estas habladurías son una tontería. Han sido construidos por hombres que invirtieron su dinero y esperaban obtener beneficios con ello». Alan Greenspan sube las escalinatas del Tesoro con la cartera en la bragueta. Los parásitos han apartado su dinero porque estaban informados de que llegaba la ralentización. La incertidumbre y el nerviosismo, las burbujas y los colapsos se suceden. Avisan los economistas de que siempre sucede así; primero la euforia, después la depresión. Cuando Galbraith anunció que llegarían jornadas negras para la Bolsa, porque los especuladores proclaman la invención de la rueda una y otra vez, desembocaba cada semana en su casa un cargamento de cartas insultantes; y como se rompió una pierna en un accidente de esquí, las cartas de los especuladores coincidían en que sus oraciones habían sido escuchadas. El hundimiento de la Bolsa ocurre una y otra vez y, una y otra vez, coge con los pantalones en los tobillos a los rezagados y a los tontos.
El Mundo 23.Mar.01
No hay que saber mucho de Bolsa y de economía para percatarse de que la panoja caliente se ha enfriado y ya se refugia en las cámaras acorazadas de los bancos de las islas de los caimanes. Se acabó la fiesta. Llega el mal flujo de las estrellas. Los macarras de la Nueva Economía se forraron y los pobres candingas se tiran por las ventanas. A la fortuna se le ha llamado ciega, desatinada, mudable, antojadiza; para los que nunca saben por dónde y cuándo va a pasar la burbuja de la Nueva Economía, la fortuna ha sido cruel y traidora. Primero fue la plétora, el exceso. Veías a cualquier chufla o follapavas que había ganado 500 millones poniendo un portal como el que monta una zorrera; apareció la especulación alucinante, los nuevos stocks-jobers, los que hablan con los dedos y los portátiles en el parqué; ahora, llega el martes negro.
El pánico ronda las páginas salmón. El Dow Jones perdió un 2.39. Si se registrara una caída del 30% se hundirían multinacionales, se irían a pique las economías nacionales, millones de trabajadores y empleados serían despedidos. Parece que la recesión se contiene, pero otra vez, con insolente insistencia, de manera repetitiva, los que estaban en el secreto de la Nueva Economía y en el index-trading se han salvado. Ellos son predadores. No se orientan por ideales éticos. Weber dice que el libre juego de las fuerzas económicas y las olas de la especulación operan a favor de los tipos menos evolucionados desde el punto de vista ético, social y cultural.
En estos años se han hecho inmensas fortunas entre la palabrería socialdemócrata y los manchesterianos del PP y no las hacían por el país, aunque lo decían, sino por ellos mismos. Así habló Vanderbilt, el magnate del ferrocarril: «Los ferrocarriles no han sido construidos para el bien de nuestro querido pueblo. Estas habladurías son una tontería. Han sido construidos por hombres que invirtieron su dinero y esperaban obtener beneficios con ello». Alan Greenspan sube las escalinatas del Tesoro con la cartera en la bragueta. Los parásitos han apartado su dinero porque estaban informados de que llegaba la ralentización. La incertidumbre y el nerviosismo, las burbujas y los colapsos se suceden. Avisan los economistas de que siempre sucede así; primero la euforia, después la depresión. Cuando Galbraith anunció que llegarían jornadas negras para la Bolsa, porque los especuladores proclaman la invención de la rueda una y otra vez, desembocaba cada semana en su casa un cargamento de cartas insultantes; y como se rompió una pierna en un accidente de esquí, las cartas de los especuladores coincidían en que sus oraciones habían sido escuchadas. El hundimiento de la Bolsa ocurre una y otra vez y, una y otra vez, coge con los pantalones en los tobillos a los rezagados y a los tontos.