Hace unos años (el 20.Mar.99), cuando la guerra de Yugoslavia estaba en su apogeo, mi amigo Sergio escribió un artículo en las páginas de Opinión del Diario de Sevilla. En él recordaba una foto que vio de pequeño, que archivó en su memoria y que, un día, sin que nadie sepa cómo, desapareció de casa de su madre. Han pasado 7 años y medio de aquel artículo y mi amigo me cuenta que hoy ha econtrado la foto. Vaya desde aquí mi enhorabuena en forma de post.
Ya nadie cree que lo de Kosovo sea nuevo
Mi abuela cogía su caja de galletas de metal en la que guardaba todas sus fotos, cerraba la puerta de su dormitorio -así ninguno de los numerosos hermanos y primos que bullían alrededor podría interrumpir nuestro ritual-, me invitaba a sentarme sobre la cama junto a ella y empezaba a pasarlas una a una.
La contemplación de cada foto le provocaba la necesidad de contar una pequeña historia, siempre era la misma historia ante la misma foto, pero mi imaginación se dejaba enganchar una y otra vez como si la historia ya oída fuese totalmente nueva. El olor de mi abuela y el olor de las fotos me ayudaban a ponerme en situación. Con voz parsimoniosa describía a los protagonistas retratados y opinaba sobre ellos: unas veces con amor, otras con desdén, las menos con frialdad. La vida había ido avinagrando el carácter de mi abuela poco a poco. La hizo vivir de primera mano lo que ninguno de nosotros hubiéramos querido ni oír contar. Y ella, para compensar, parecía reservar para mí sus mejores momentos, parecía querer entregarme, sólo a mí, la poca ternura que aún le quedaba dentro del cuerpo. Yo la veía ser desagradable y áspera con otras personas y no me cuadraban los dos comportamientos tan diferentes... pero a mis siete años, como buen superviviente en ciernes, me limitaba a aprovecharme de la situación sin cuestionarme demasiadas cosas.
Gracias a las fotos de la caja de metal, conocí a un piloto de la Legión Cóndor que fue novio de la hermana de mi abuela; llevaba la gorra del uniforme muy ladeada, lo que yo interpretaba como un gesto de máxima chulería. Mi abuela decía que los alemanes de la Legión Cóndor eran todos muy chulos, muy altos y muy guapos. Mi tía-abuela nunca se casó con él. Lo derribaron cuando bombardeaba alguna ciudad que, me imagino ahora, estaría hacia el norte del país.
También conocí a sus tres hermanos, mis tíos-abuelos, jóvenes y rubios, sonriendo delante del fuselaje de un avión grande y antiguo. El mismo avión que explosionó de improviso cuando los tres -y supongo que otros compañeros más- lo cargaban de bombas. No pudieron enterrar nada. Los cuerpos se volatilizaron.
Pero entre todas aquellas fotos que se podían coger a puñados, había una que me emocionaba profundamente. Una foto que yo a veces buscaba en la caja cuando mi abuela no estaba presente y que me encantaba mirar en soledad. Esa foto me provocaba una algarabía de sentimientos: orgullo, ternura, amor, paz... una sensación de enorme felicidad. La foto recogía a mi abuelo -el marido que tan poco tiempo le duró a ella- pocas semanas antes de que lo mataran echando bombas de gas tóxico por la escotilla del carro de combate que conducía. Junto a mi abuelo, que me mostraba una sonrisa de oreja a oreja, y bajo sus brazos, aparecían un niño y una niña que, en el momento de la foto, debían tener más o menos mi edad de entonces. Los ojos de los tres chispeaban de alegría.
El relato con el que mi abuela engalanaba aquella foto era, más o menos, que el padre y la madre de los dos niños habían muerto a manos de uno de los dos bandos. Los retratados habían escapado de la masacre escondiéndose en el campo. Tras varios días a la intemperie, sin comer ni dormir, mi abuelo los había encontrado. Una vez superados los recelos iniciales, los niños aceptaron montarse en su carro de combate y, tras varios días de viaje por alguna ruta en el frente de Aragón, había conseguido dejarlos a buen recaudo en manos de alguien que se hizo cargo de ellos.
La foto era perfecta, su calidad impropia -si tenemos en cuenta que fue tomada con una cámara de las de aquella época; probablemente, por un fotógrafo aficionado y, sin duda, en medio de un campo de batalla cercano al río Ebro-, pero a mí, lo que de verdad me gustaba de la foto, era la niña.
La cara de la niña era preciosa. Tenía trenzas y el sol se le reflejaba en el pelo. Sus ojos parecían hablar. Componía un conjunto muy armónico junto a su hermano pequeño delante de los casi dos metros de mi abuelo. Admito que durante un tiempo yo estuve enamorado de aquella niña de la que no conocía el nombre y que, si seguía viva, tendría treinta años más que yo. Me gustaba ir al cuarto de mi abuela a visitar a la que yo mentalmente llamaba “mi novia”.
Evidentemente, nunca he sabido nada más de aquellos niños. Aunque ya de mayor la he buscado, tampoco he podido encontrar la foto. Esos niños, mi abuelo y, de alguna manera, también mi abuela, no son otra cosa que cuatro sufridores anónimos más de los que, terminadas las guerras, ya nadie se acuerda. Ni siquiera su propia familia. Sin embargo, hoy, me siento afortunado: yo tuve la suerte de tener una foto comentada por mi abuela que hace que, tras tantos años, me parezca exactamente lo mismo el frente del Ebro, Bosnia o Kosovo, y eso, me hace temblar.
Sergio Bevilacqua
Economista y Profesor de la
Universidad Hispalense
Pardiez — 09-11-2006 01:02:52