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Planchadurias (Mª Fernanda Trujillo)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 25-10-2006 07:58:29

Un interesante ejercicio sobre la manera de ejercer "la mirada del escritor".

(Edgar Degas. Mujer Planchando c.1869. Oleo. Neue Pinakothek, Munich)

Esta tarde he ido a la tintorería.
He llevado a limpiar la indumentaria que ha pasado la criba y podrá reestrenar temporada. Porque al inicio de cada estación, se produce invariablemente en mi ropero el mismo fenómeno: vomita sin piedad un sinfín de prendas, muchas de las cuales perderán su derecho de residencia. Otras, sin embargo, volverán a ser regurgitadas en la gran panza del monstruo voraz e insaciable que es mi armario, hasta el próximo cambio estacional.
A la inmensa mayoría le ha debido pasar lo que a mí, y se apresura a salvar lo que puede por arte y milagro de la limpieza en seco. Hay cola y espero, paciente, a que la encargada haga el inventario textil que me acompaña. Mientras, me entretengo en captar detalles de la escena detrás del mostrador que marca la frontera de la colada.
Al fondo, en un escaparate sin brillo, distingo a la planchadora que, ajena, se aplica en la tarea de alisar nuestro vestuario. Advierto cómo coloca el tejido en la tabla con una destreza incomparable. Casi no necesita ver. Hay ojos sutiles en las yemas de sus dedos que, a base de tanta arruga aprendida, detectan cualquier pliegue inoportuno que automáticamente pasa a mejor vida. Conoce la textura de la lana, la suavidad de la seda, el apresto del algodón y la composición de la fibra como su piel misma. Alisa el misterio de las arrugas como quisiera hacerlo con las muchas suyas propias, las que, a cuenta de tantas horas de pie, labran surcos en sus piernas varicosas. Es una profesional. La mejor. De cuando en cuando, observo, profana yo en el arte del planchero industrial, que oprime con el zapato una especie de fuelle que hace fluir aire caliente de la tabla. Entonces la prenda cobra vida y se hincha toda. La cara de la planchadora se tersa al mismo tiempo, satisfecha; la ropa a su merced. Es ahora cuando sortea con increíble virtuosismo ojales y botones, cuellos y solapas. Las costuras no tienen secretos para ella, que se le rinden al primer envite. La vestimenta, antes mustia y descolorida, toma forma también; adquiere talla y colores propios, tornasoles reflejados por gotas de vapor casi imperceptibles, evacuadas a presión desde la superficie ardiente de la plancha.
Siento que la planchadora disfruta cuando imagina, impecables, al ejecutivo dando instrucciones a sus subordinados, al militar figurando lustroso en el desfile, al niño de comunión (marinero-almirante, heredado de hermano mayor), al joven que luce corbata en su primer empleo. Y pasan también de este modo por entre sus manos trajes de novia, vestidos regionales y elegantes modelos de fiesta que, en un descuido -quién sabe si intencionado- sufrieron el vertido de una copa inoportuna. Las ropas que fueron, las ocasiones en que se estrenaron, ya no importan. Estarán prestas a ser inauguradas de nuevo, a sufrir o gozar con quienes las luzcan, a protagonizar nuevas aventuras. Así, la tarea de la planchadora del escaparate más allá del mostrador, para bien de todos, no termina nunca.
Llega mi turno en la cola y retiran las prendas. Podré estrenarlas, gracias a la maestría de su oficio, una vez más.

Escrito por Figaro
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Comentarios

  1. Felicidades por el blog! suerte en la andadura de tan grata iniciativa. Un beso de Isa. Enlazados.

    Isabel — 25-10-2006 11:18:28


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