
Me inquieta lo que mi vecina le exige cada noche a su marido. Me crispo cuando oigo los tacones de aguja andando en círculos, el roce de las prendas de cuero o los chasquidos de su lengua al maldecir. Me aflige la sumisión de él, su entrega desvalida, el abandono de sí mismo que intuyo ante la fusta o las esposas. Acompaño con un respingo cada tralla de su látigo, encojo mi cuello y miro con ansiedad hacia la pared tras la que ella lo somete. Dudo si soy yo quien debe obedecer sus órdenes severísimas, si lo próximo que sentiré será dolor físico real en lugar de este miedo gratuito que ella me produce.
Pero lo que más me lastima es su voz de ama dominante, mucho más que las marcas rojas que aún no tengo sobre la piel.
La mujer que vive al otro lado de esa pared delgadísima me intimida y sufro. La mujer de mi vecino, en la piel del cual me gustaría tanto vivir cuando ella lo humilla con esa dulce perentoriedad.