Mi amiga Lourdes, que vive escondida en el Pirineo de Huesca, me dice que en este cuento subyace una historia real. Su amiga Cristina falleció y el golpe fue tremendo. Dice Lur que todavía aparecen muchas cosas suyas por su casa que la dejan quieta en el sitio durante minutos...
"Empatía" ganó el Primer Premio del Concurso de Relatos breves de Enfermería “Santiago Martín Jarauta” convocado por el Colegio Oficial de Enfermeria de Huesca en Abril 2.005.
A la memoria de Cris…
I.
Conocí a Cristina cuando ingresó en mi unidad para que le realizaran un trasplante de médula. Al primer golpe de vista me impresionó su sonrisa, sus ojillos traviesos y su mirada limpia. También su notable sentido del humor. La habían derivado de otra zona del mapa sanitario en busca de las prestaciones que no existían en su provincia ni probablemente, dada la complejidad, en otros puntos del Estado.
Me dijo que éramos compañeras de profesión pero por muy enfermera que fuera, en muchos momentos le podía la debilidad humana y no era capaz de ocultar sus preocupaciones. Enseguida supe que las bromas escondían ironía y una fachada tras la que ocultaba el desasosiego. Mientras rellenábamos los papeles del ingreso me confesó su miedo a morir por la propia enfermedad o que una vez realizado el trasplante, las células de la médula ósea sana pudieran atacar a las suyas, como si fueran organismos extraños. O incluso de la forma más tonta, como consecuencia de una infección debida a la supresión del sistema inmunitario. No tenía hermanos con tejido compatible así que debían tomar la muestra de un donante sin parentesco a través del programa nacional de donantes de médula.
Quizá de no haber tenido ni idea de la gravedad de su enfermedad, habríamos podido sobrellevarla con verdades menos apabullantes y más a la medida de lo que su debilidad física y su fortaleza mental podían asimilar en aquellos momentos. El tratamiento para combatir la leucemia la había dejado sin apenas fuerza para caminar.
En la planta había otros pacientes en sus mismas circunstancias. No sé como lograba enterarse de la evolución de cada uno. Cuando fallecían en la intervención o posteriormente con las complicaciones del rechazo no encontrábamos manera de levantar su ánimo.
Pasaron algunos días hasta que los sedantes consiguieron que recuperase parte de su sonrisa y encanto. Estaba aterrorizada y cuando se le anunció que se había encontrado un donante compatible para su caso, de haber podido, habría abandonado el hospital. Nos contaba que era tan grande el miedo que sentía, que las horas de espera hasta el momento de entrar en quirófano iban a ser una pesadilla insoportable. Decía que no podíamos hacernos cargo del alcance hasta padecerlo en la propia piel y no pude por menos que plantearme si en su caso había hecho lo suficiente para paliar su angustia.
Jamás olvidaré los días posteriores a la intervención. Allí quieta dentro de su “burbuja”, aislada del mundo y de sus amistades. A veces se turnaban algunos parientes durante el fin de semana para acompañarla y en cuanto se despedían me confesaba su preocupación por hacerles perder el tiempo en salas con olor a desinfectante y medicinas cuando a ella la cuidábamos nosotras.
Pero la mayoría del tiempo estaba sola. Quizá fuese la razón por la que un día se atrevió a pedirme lápiz y papel para escribir una carta y me pidió que la echara al buzón a la salida.
Bien pronto, excediéndome de mis funciones, me convertí en su “cartera” particular llevando cartas dirigidas para un apartado de correos y recibiendo con un “Para Cristina” su correspondencia personal. Supuse que se trataría de algún amigo que había dejado en su ciudad al que echaba de menos, ya que mejoraba su coraje cuando me veía aparecer con un sobre para ella. No tardó mucho en revelarme que el chico no era del agrado de su familia. Se veían con frecuencia y chateaban a través de Internet pero hospitalizada como estaba, no le quedaba más remedio que recurrir al correo tradicional para saber de él y matar el aburrimiento.
Cuando acababa mi turno, a veces me quedaba a hacerle compañía un rato y compartíamos momentos de intimidad. A veces la sorprendía mirándose la cabeza tan pelada como una pelota de billar. Solía hacer chistes sobre cuanto ahorraba en champús y peluquería. Decía que entre todos los males, ese le importaba un carajo. Le preocupaba más la respuesta de su nueva médula, el volver a vestir la bata blanca o el pijama y colocarse al otro lado de la cama, siendo ella la cuidadora, no la cuidada. ¿De que sirve una enfermera enferma?- me decía a veces con rabia.
El día que le dieron el alta prometió mantener el contacto conmigo. ¡Y vaya si lo cumplió!
A menudo intercambiábamos información sobre el funcionamiento de un nuevo catéter, sobre las maravillas de un determinado apósito para tratar las úlceras o sobre como hacerle frente a un paciente que se nos resistía.
También había mucho más que los temas exclusivamente profesionales, aunque estos se llevaban la palma.
Entre los regalos de cumpleaños, las fotos de la cena anual de promoción, estaban las encuadernaciones en canutillos de apuntes, las fotocopias de algún Curso al que una o la otra no había asistido. O las coincidencias en los Congresos.
Poco a poco, conforme se forjaba una amistad, me fue relatando retazos de una vida demasiado complicada. Era hija de madre soltera y no se enteró hasta los siete años, cuando sus padres adoptivos murieron en un accidente de tráfico y regresó al hogar de la madre biológica. Al ver que los sanitarios no podían hacer nada por salvarlos, sintió tanta impotencia que de alguna manera decidió lo que sería de mayor, enfermera para que esas cosas no ocurrieran nunca. Aunque no se apoyaba en ninguna base científica, decía que de no haber sufrido tanto seguro que su salud no se habría resentido… Contaba que tenía tantas ganas de establecer kilómetros de distancia con ese hogar que le tocó “de rebote” que se dejó las pestañas estudiando la oposición para alejarse cuanto más de su ciudad natal. ¿Se podía trasplantar también la familia, el cariño, los recuerdos por otros más placenteros...?
También nosotras estábamos en ciudades bien distantes pero hablábamos casi cada día.
A veces se quejaba de que cuando parecía alcanzar un éxito, si es que existía Dios, se lo hacía pagar bien caro. La inquietud porque una célula loca hubiese acantonado en cualquier otro punto del organismo desencadenando una metástasis la tenía tan presente que a veces era capaz de contagiar el trauma que le producía. No hacía falta que nadie le recordara la importancia de los controles anuales y los escáneres que pudiesen detectar cualquier anomalía a tiempo.
Solía decirme que lo que más le preocupaba era que la enfermedad pudiera apartarla de nuevo de sus pacientes. Aprendí mucho de ese coraje, de ese llevar la profesión en las venas. Había sido testigo de la urgencia con la que quería salir de la cama, (no sé si con todas las fuerzas renovadas), para volver al trabajo, porque, recuerdo sus palabras textuales: “los enfermos la curaban mucho más que las medicinas”. Mientras se preocupaba por cada uno de ellos se olvidaba de su propia enfermedad.
II.
Un día, al cabo de cuatro años, cuando intercambiamos nuestro habitual contacto epistolar me confesó lo que tanto habíamos temido, le habían detectado una metástasis en un ovario. No lo anunció de inmediato sino que se había tomado su tiempo para rumiar la noticia y reflexionar sobre lo que iba a hacer después. Me dijo que estaba muy cansada de sufrir y que no sabía si le quedaban fuerzas para afrontar los vómitos y malos ratos como consecuencia de la quimioterapia, máxime cuando el especialista no le había augurado un pronóstico favorable. Tenía que pensarse lo de someterse a una nueva intervención. Quizá no mereciera la pena operarse de nuevo si la esperanza de vida iba a ser escasa…
Me sobrecogió aquella reacción, pero pensé que para según que noticias y más la que acababa de darme, una necesita un tiempo para asimilarla despacio para después, más en frío, tomar la mejor determinación.
Pasaban los días y lo único que encontraba eran “largas” y frases cada vez más deprimidas. Si me muero ha de ser entera. A mí no me tocan. Y todas esas tonterías que dice uno cuando está muy desesperado.
Al final, entre familiares y amigos, conseguimos hacerla entrar en razón.
En mi planta de hospital había dos compañeras de baja y tuvimos que doblar algún turno. Me resultó imposible acudir el día de la intervención y los posteriores pero me mantuve al corriente sobre los resultados. Todo había ido bien y en los días posteriores no tuvo fiebre ni otras complicaciones inesperadas.
Guardó el reposo reglamentario, y en cuanto se repuso “lo suficiente” volvió a su planta de trabajo. Decía que en casa se deprimía y que ella no servía para estar de brazos cruzados. Esos argumentos no me extrañaron en absoluto. Hablaba muy poco de lo referente a esa intervención y quise respetar su silencio. Si algo me ha enseñado tratar con enfermos aquejados de cáncer es a no hacer preguntas directas. Cuando un paciente necesita hablar ha de encontrarse a gusto, sin coacciones y sin sentirse “analizado” o “censurado”. Sólo así es capaz de encontrar el marco adecuado para abrirse y dejar fluir los sentimientos de temor y las dudas, a formular preguntas y a establecer la empatía al sentirse escuchado.
III.
Ella era así de imprevisible. Y así de valiente. Bien poco después de esa “mala temporada” como ella la llamaba, me contó cómo había conocido a un grupo de enfermeras que estaban preparando un viaje a Perú. Cuando acababa el turno, acudía al cursillo preparatorio cuyo objetivo era establecer una ligerísima conciencia de la realidad del mundo subdesarrollado. Partía con un grupo de cooperantes para tomar el relevo al que regresaba y el lugar de destino era un poblado indígena. Iban a alojarse en chozas, dormirían en el suelo y se iban a hacer cargo de una campaña de vacunación infantil en la zona. La estancia duraría seis meses y tan decidida estaba que había arreglado la excedencia en el trabajo hasta su regreso. Le noté que quería tranquilizarme ya que no paraba de decir que viajaba con personal sanitario y que ante el primer imprevisto no iba a tener el mayor problema para regresar.
También había consultado con su médico y tras analizar sus condiciones físicas le había autorizado aquella aventura (como ella prefirió llamarla) por lo que sus explicaciones y el entusiasmo renovado que se le apreciaba en la forma de contar, estaban ejerciendo sin duda como terapia positiva para hacerles frente a los contratiempos.
Hablaba con pasión sobre esa necesidad de sentirse útil entre los más necesitados. Quería ayudar y darse a los demás, como hacía siempre. Yo no dudaba que sus palabras eran ciertas. ¿Quién de nosotras no ha pensado alguna vez que haría si tuviese la oportunidad de ejercer la enfermería en un poblado con apenas cuatro agujas y jeringuillas y aún así salvando vidas o aliviando el sufrimiento ajeno?
IV.
Llegó el día de su partida. Desde el momento del embarque su teléfono móvil dejó de funcionar. Como regalo de despedida recibí en mi buzón un libro con aire de aventura médica y fantasía “Ojalá fuera cierto”.
Al principio, aunque echaba de menos los intercambios, pensaba que simplemente no llegaban noticias porque el correo en Perú podía ser un desastre. O porque el exceso de trabajo la dejase tan agotada que no tuviese ganas ni de sujetar el bolígrafo.
Sin embargo, me alentaba la idea de que a su regreso tendría muchas cosas que contar. Habíamos convenido que la esperaría en el aeropuerto para abrazarla y hablar despacio sobre como le había ido. Escuchar de primera persona las experiencias vividas, sin sacarlas de ningún Tratado de Enfermería iba a ser muy enriquecedor, si es que podía aplicarlo después con mis pacientes. Aunque tenía la ligera impresión que me diría que había recibido mucho más de lo que había dado, como contaban la mayoría que se aventuraban entre quienes nada tienen pero aún ese “nada” lo comparten.
V.
Ser enfermera supone que aprendemos a tomar cierta distancia de los procesos ajenos. Que dibujamos una línea invisible que sirve de frontera entre el paciente y nosotros para no vernos tan implicados en el proceso que se nos olvide “cuidar”. Que aunque no siempre disponemos de la palabra acertada para mitigar la angustia sobre la evolución de la enfermedad, no dejamos de intentarlo. Un simple apretón de manos, una mirada cálida, una sonrisa, a veces reconfortan más que mil palabras. Ser enfermera, en definitiva, no sólo supone poner en práctica habilidades técnicas sino englobar todos los aspectos del paciente sin dejar ninguno arrinconado.
Si Cristina no hubiese sido enfermera y además no nos hubiese unido una amistad…
Existía una empatía mutua y en un momento que no acierto a definir, leí entre líneas.
“Ojalá fuera cierto” era su forma de enviarme un mensaje cifrado. Supe que no había ido a Perú, que se había inventado todo aquello para ganar tiempo. Y lo supe todo de golpe.
Para cuando reaccioné, ya era demasiado tarde.
VI.
Cuando me puse en contacto con sus compañeros de planta me dijeron lo que había ocurrido. Muchas veces, conforme empeoraba su salud, le habían dicho que iban a avisarme y ella siempre contestaba lo mismo. Quería que la recordase como había sido siempre y ahorrarme el mal trago. Me dijeron que guardaban un sobre para mí, al menos no se había ido sin despedirse del todo.
Acudí a recogerlo en persona y allí, en su hospital, recuperé su memoria a través de las historias que me contaban. Fui recogiendo testimonios de unos y otros, sobre todo porque aunque no me conocían, habían oído hablar de la amistad que nos unía.
Así supe como cuidó a Sara, una chica que cayó de un caballo y perdió una pierna que quedó atrapada entre los estribos. Se negaba a aceptar el haberla perdido, a ponerse la prótesis, incluso a moverse del hueco reducido de la cama. Me contaron como Cristina la provocaba para que andara hasta que se le ocurrió el juego. “Si me ganas, te prometo que te traigo al peluquero para que te hagas las “rastas” de colores en el pelo, eso sí, en igualdad de condiciones”. Un día llegó con una pierna vendada hasta la cadera y dos juegos de muletas para echar una carrera por el pasillo. Se dejó ganar por muy poco y Sara, a partir de aquella victoria frente a la enfermera del andar torpe, como luego bromeaban, recuperó las ganas de curarse. Había descubierto que podía moverse, de momento no como antes pero como todos insistían que podía conseguirlo, decidió aplicarse a ello.
O de aquella vez en que enseño a un hijo a abrazar a su padre durante los últimos minutos.
Le había encontrado llorando en el pasillo. Hacía años que estaban peleados y la tozudez de uno y otro les había impedido reconciliarse.
Algunos de los compañeros habían intentado sin éxito convencerles con palabras bonitas y todos habían fracasado. Cristina lo hizo de una forma diferente.
Se saltó todo el protocolo. Cogió al hijo de la mano, como a un chiquillo y sin mediar palabra lo metió en la habitación. Al llegar a la altura de la cama alargó un brazo alrededor del cuello, después el otro y salió en silencio. Contaban que esa mañana murió el enfermo con una sonrisa en los labios.
No pude por menos que preguntarme si ella también habría sonreído...
VII
La última persona que le vio con vida fue Silvia, una estudiante que fue a administrarle la morfina durante su turno de prácticas. Entró en la habitación sin monitora por lo que no era difícil deducir que se trataba de una alumna de último curso. Fue ella misma quien me contó lo incómoda que se sintió cuando le preguntó si aparte de administrarle la medicina no iba a decirle nada más. Trataba de justificarse diciendo que nada parecía indicar que su corazón estuviese a punto de dejar de funcionar. Y conociéndola como la conocían, la estudiante dijo que pensaba que era otra broma de la enfermera-enferma. No había sido la primera vez que las había sometido a examen con sutileza o las había instruido mientras le realizaban los cuidados o le cambiaban la vía para los goteros. Me había guardado el amuleto que le dio y que ahora siempre llevo en los fondos de la bata o de los pijamas. Es el capuchón de la primera aguja que había utilizado en la escuela de enfermería. Le había dicho “ Serás una buena enfermera pero cuando trates a un paciente, hazlo con la delicadeza y esmero del primer día y la experiencia de los años.” ¡Cuanta razón escondía esa advertencia a modo de recordatorio!
VIII.
Pero era su carta la que de verdad me quemaba en el bolsillo. Esperaba unas líneas tristes, una disculpa, cualquier cosa menos aquello.
Durante su enfermedad se había dedicado a llevar un diario de campo para mejorar los cuidados de los pacientes terminales, quejándose de las deficiencias que nunca éramos capaces de ver desde el “otro lado de la cama”. Exageraba algunas situaciones hasta arrancar carcajadas. Ridiculizaba otras que costaban a la mayoría. Y me pedía que guardase el material para alguna Ponencia con objeto de poner en práctica algunas de sus notas. Todavía no le he dado forma a ese material. Cada vez que lo toco recuerdo a Florence Nightingale y pienso en Cristina desaparecida.
Solo cinco palabras la acercaban a una confesión más íntima. “Te llevo en mi corazón”. Quienes la conocimos podríamos decir sin margen de error o duda que “ nos trasplantó una parte suya y también la llevamos”...
Dolores — 01-11-2006 10:59:09