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La hora del lobo (Diego Valdés)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 31-10-2006 07:01:03

Diego tiene una rara habilidad para crear mundos propios usando muy pocas líneas. Es difícil impedir que te transporte a esas esquinas de la ficción. Al menos a mí me cuesta mucho, por eso agradezco tanto cada vez que nos obsequia con un nuevo parto.


A Ingmar Bergman

Anoche había un lobo en mi cuarto. Estoy seguro de que vino, como la otra vez, a su hora.

La hora del lobo es el tiempo entre la noche y el alba en el que más gente muere, en el que el sueño se hace más profundo y en el que las pesadillas se vuelven más reales. Es la hora en la que los insomnes son acosados por sus mayores temores, y en la que los fantasmas y los demonios se vuelven más poderosos. La hora del lobo es también la hora en la que más niños nacen.

A esa hora debió aparecer ayer el lobo, para posarse a los pies de mi cama. Cuando advertí su presencia, ya estaba allí, inmóvil, fijando su vista en mí sin pestañear. Su mirada era aterradora.

No sé por qué ha venido a visitarme ahora, otra vez. Recuerdo la primera vez que vi su silueta, recortándose contra el fondo claro de la noche de verano. A los pocos días se presentó en la estancia donde también dormía mi hermano y se plantó allí, sin hacer ruido, clavando sus ojos en mí, únicamente mirando. Mi padre, que debió presentir algo, acudió a nuestra habitación. Al entrar, alzó su brazo con autoridad, y el lobo salió raudo y ágil por la ventana.

Anoche fue distinto. Unos confusos y enloquecidos murmullos me despertaron. Miré hacia afuera y vi una sola estrella brillando junto a la luna. Me topé después los ojos rojos del lobo, brillando en la penumbra de la habitación. Durante largo rato permanecí allí impasible, sin mover un músculo. Súbitamente el lobo alzó su vista hacia un rincón de la habitación, y la bajó inmediatamente después. Al mirar hacia el rincón, vi una extraña sombra femenina al fondo, pero no pude reconocer su oscuro e inquietante rostro. La sombra levantó su mano y señaló la puerta, situada en el ángulo opuesto. El lobo obedeció la silenciosa orden y abandonó presuroso la habitación, de manera sumisa, subyugado. En sus ojos había una expresión compasiva.

Cuando volví la vista hacia el rincón, no pude ver ya a la mujer. Su figura se había desvanecido.

Escrito por Quintin de Parma
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