Este relato fue seleccionado en el I Concurso de Microrelatos del Centro Comercial y de Ocio Los Molinos de Utrera (Sevilla) en febrero de 2006.
Recuerdo que la última vez que la vi, hace un par de meses y tras las estanterías del supermercado, no quise acercarme para saludarla. Algo no físico dejó mis zapatos pegados en las baldosas, sin poder moverme. Y algo viscoso y no palpable se filtró sonrisa abajo, corazón incluido, quitándome las ganas de preguntarle qué tal le iba la vida con marido incluido, qué tal el niño gestado por sorpresa, qué tal, cómo te va. La observé detrás de la promoción del detergente que lava más blanco a mano y a máquina y en aquel momento estuve a punto de hacer de mis tripas un corazón y fingir un encuentro casual, como todos los que habíamos hecho desde que se casó hacía un año. Y lo hubiese hecho, el fingir ese encuentro, sólo para confirmar que su rictus estresado, al verme, se convertía en una auténtica sonrisa. Después vendría por mi parte la pregunta de cómo te va y su alegre me va genial, soy tan feliz... Y tras contarme lo bien que se encontraba en el piso nuevo, soy tan feliz... Y lo a gusto que estaba con su marido, soy tan feliz...
Para evitar todas esas respuestas seguí escondido, como un auténtico cobarde.
Tras varios encuentros casuales en los anchos pasillos del Centro Comercial, en sus escaleras mecánicas, en cualquiera de sus múltiples entradas, su eterna sonrisa se me antojó forzada; su supuesto bienestar, algo falso; la bendición del hijo, una carga; la teórica felicidad, un embuste. Su soy tan, pero tan feliz... me dio pena, pero mucha pena.
Desde hace algunos días oigo las carreras y el llanto de un niño en el piso de arriba. En el mismo piso en el que ella vivía antes de que se fuera, embarazadísima, a casa del que iba a ser su cónyuge. Por eso sé que quien llama a la puerta, con la misma contraseña de entonces, es la misma que se fue un año antes y que ahora regresa con un renovado valor para contarme su nueva historia, la que no se atrevió narrar cuando fingíamos mutuamente la alegría del encuentro casual en supermercados, restaurantes, jugueterías, cafeterías y tiendas de ropa del Centro Comercial. Al abrir la puerta me la encuentro con el niño en brazos. Me pide algo de azúcar y unos huevos para hacer un pastel. Sé que me engaña y me pregunto cuánto tiempo esperará antes de vaciarse como una cisterna, contándome todo lo contrario a la felicidad que ha relatado a diestro y siniestro hasta que su estupendo marido la ha expulsado de la misma vida que creía compartir.
Ahora, desde fuera del paraíso, él es un malvado, un irresponsable, un mentiroso y un impresentable al que no le importaba el amor ni la familia. La escucho, hago cuatro carantoñas a un niño que es el vivo retrato del malvado, irresponsable, mentiroso e impresentable de su padre y le ofrezco a la madre el azúcar y los huevos que me ha pedido para hacer un pastel. No, por favor, no me los devuelvas, le digo para evitar que, a partir de ese momento y como en el pasado, me invite a pasar una tarde en el Centro Comercial para perdernos por las franquicias que a ella tanto le gustaban o por alguna de las multisalas oscuras del cine que tanto me gustaban a mí.
Y muy a mi pesar se lo digo, que no vuelva, para no hundirme, de nuevo, en el lago de sus ojos verdes igual que antes me ahogaba el tono dulce de sus palabras con su soy tan feliz...