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León I de Madrid (Raúl del Pozo)

Archivado en Trozos de prensa • Fecha: 04-11-2006 11:16:37

Me encanta ver cómo sobreviven algunos de esos columnistas de “a diario”, los que tienen el arte y el oficio de...

... tener algo sobre lo que escribir todos los días del año (salvo algún mes perdido en Marbella), que no solamente tienen algo que decir, algo de interés que contar, sino que no se arredran ante el miedo escénico que produce salir a la palestra cada mañana y saber que vas a ser leídos por miles y miles de personas, la mayoría, bien educadas y cultas, con ansias de invertir su tiempo en leer lo que otro ha escrito con la esperanza de aprender algo o conmoverse en alguna forma. Escribir así es muy difícil. Porque escribir una vez a la semana es “fácil” (dejémoslo ahí por ahora), y escribir cuando algo “ya” se te ha ocurrido y todo tu trabajo es mandarlo a la redacción y cabrearte porque no te lo publican cuando tú esperabas, más fácil aún.
No puedo negar que Raúl del Pozo es mi articulista preferido “de a diario”. En esta columna aparecida hoy en la sección “Los vicios de la corte”, del diario El Mundo, Raúl del Pozo suple su incapacidad para varear la actualidad (o puede que no) aportándonos brillantez de ideas, con su enorme conocimiento histórico y por qué, no, con su donaire.
Hasta cuando no tiene nada que decir, dice muchas cosas. Espero que los arponeros disfruten de su lectura.


Corría el año 1383 y caminaba por las calles de Madrid, sobre un caballo tordo, con su sonrisa afable, un rey lustroso que vestía con turbante blanco, guayabera de raso rojo, amplios calzones y botas de velludillo. Era un apátrida que había vagabundeado antes por toda Castilla. Me lo contó un amigo aristócrata: “El primer rey de Madrid fue el rey León, nacido en Armenia”. Me fascinó la noticia. La historia comienza cuando los mamelucos egipcios, al mando del sultán de Babilonia, arrasan Armenia y capturan a León V; no lo asesinan, pero lo desposeen del reino; después viaja a Roma y a las cortes cristianas pidiendo mercedes; finalmente, le auxilia Juan I de Castilla, que conmovido por su desgracia le cede el señorío de Madrid.
León V de Armenia se convirtió en León I de Madrid. Renovó los derechos de los madrileños, concedió fueros. A mí, como comprenderán, esa merced no me afecta, porque los de Cuenca estamos exentos de pagar en los bailes y de apoquinar por el paso por puentes y ciudades desde que Alfonso VIII, 200 años antes, nos concedió el Fuero; por eso los conquenses decimos esa chulería: “Di que eres de Cuenca y pasarás de balde”. Pero ya que esos nuevos reyezuelos de las taifas presupuestarías están dándonos el coñazo con Guifré “el Pelós” y la madre que le parió, es bueno recordar que para ser madrileño o español constitucional no hay que tener un carné por puntos. No sólo el mantón madrileño es de Manila y el chotis escocés, sino que nuestro primer monarca es armenio. Para cachondearse de los nacionalistas vascos, que niegan los arcos y mitifican los las piedras, la ministra Carmen Calvo se presenta en Euskadi e inaugura necrópolis, termas y puentes de la romanización. (Yo estaba equivocado: a los vascos no les enseñaron latín los curas, sino los romanos).
El rey León dé Madrid no era como después los reyezuelos, un gordo ensabanado sino un Monarca fardón, de careto armenio, can el poder de curar la escrófula sólo imponiendo las manos. Tenía aquel toque de reyes que describe Shakespeare cuando pregunta en Macbeth:
—¿Va salir el rey?
—Sí, señor. Hay una turba de infelices que esperan de él la curación.
El Cisne de Avon unas veces detesta a los flacos y otra a los gordos. César quiere tener a su lado a hombres que duerman bien de noche, no Como Casio, de aire macilento y hambriento. Mientras otro rey, el recién coronado Enrique V, en la abadía de Westminster, repudia a Falstaff y dice: “No te conozco, anciano. Abandona la glotonería. Nota que la tumba se abre para ti tres veces más ancha que para los otros hombres”.
El rey León, al que Gallardón debe un homenaje, era un Falstaff de vientre redondo que bebía el vino que calienta la sangre y ordena armarse a todo el resto de «este pequeño reino, el hombre».

Escrito por Quintin de Parma
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