En fin, este relato es el primer relato que escribí y el más querido junto con otro que se llama Casandra. Ya la simple palabra “fisiognomía” me parecía fascinante y quería escribir algo sobre ello. Nació hace unos 8 años y todavía hoy sigo corrigiéndolo. Me temo que esta no será la edición definitiva, ya que creo que todavía debo podarlo un poco más, pero bueno, no es un mal momento para compartirlo con los Arponeros.
A Carmen, la mujer de mi vida, y mi abuela además
Esa boca...
- Marcelo. ¿Qué piensas?
-Nada en particular. Intentó ordenar mis ideas, recordar.
-Eso está muy bien, Marcelo. Muy bien.
Si lo consiguiera, Ania… Si al menos pudiera recordar porqué estoy aquí... Es el problema de nacer inmensamente viejo, con más de mil años a mis espaldas. Soy el único que aún no ha olvidado del todo. Recuerdo tantas cosas, de hace tantos siglos, y sin embargo me
es imposible evocar esa imagen que me revele con quien llegué aquí, como lo hice, que me clarifique esos inmensos motivos que debieron impulsarme a pisar esta horrible ciudad que tanto odio. No puedo recordarlo, pero sé, siento que fue por ti. Tuvo que serlo. Tú estabas aquí.Tanto tiempo buscándote en tantos lugares, en tantas caras, persiguiendte en miles de figuras anónimas que no eran la tuya, y estabas aquí, en la ciudad blanca. En la maldita ciudad blanca que a ti parece encantarte. Si, porque extrañamente eres feliz aquí. Puedo leerlo en la forma que tienes de mover la cabeza, ladeándola de un lado para otro como si fueras un pajarito.
Si, y no lo entiendo. No lo entiendo, Ania. Si es que hasta tú misma, como si te hubieras mimetizado con este horrendo lugar, vistes de blanco. A lo mejor no te has dado cuenta, pero ya sabes que a mi no me pasa ningún detalle desapercibido. Si te lo dijera seguro que empezarías con la cantinela de que siempre estoy con lo mismo, que esas cosas son simples coincidencias, pura casualidad. ¿No te he dicho nunca que las casualidades no existen? No existen, Ania. Si tú también recordaras lo sabrías. Y por eso me he dedicado a estudiarte. He contado los lunares de tu espalda, signo inequívoco de las preferencias en los colores y no me han revelado nada. Es un misterio, Ania. Otro de tus misterios
-¿Vas bien, Marcelo?
-Nunca he estado mejor.
Siempre tan dulce, tan preocupada por mi bienestar. Te quiero, Ania, te quiero tanto...
Y mientras miro como me sonríes, sigo estudiándote, observándote, desentrañándote, hablándote con este lenguaje sin palabras que sólo yo conozco, que articulé para ti. Este lenguaje que no se dirige a tus oídos, sino a las arrugas de tu cuello. Este particular idioma mudo que, tras mucho esfuerzo, he conseguido deducir de las leyes de la gran ciencia y que consiste en que si evito pronunciar una sola sílaba y me concentro con la suficiente intensidad en pensarte, solo ellas podrán entenderme. Y yo quiero que sea así. Porque sé que ellas te van a susurrar lo que les cuento sólo cuando estés dormida, sólo cuando estés lejos de estas casas blancas que yo tanto detesto, que me hacen tanto daño. Porque sé que ellas te lo van a susurrar cuando eres más mía, Ania, tan mía... Sí, yo quiero que sea así.
Te veo sonreirme y te sonrío. Hoy no tengo que fingirlo. Realmente estoy feliz.Vamos al bosque. Hoy has dejado tus ocupaciones, tus rutinas, tu trabajo. Lo has dejado todo por venir a acompañarme donde la ciudad termina y vuelves a ser tú de nuevo. Esa tú inmensa, esa tú infinita, inagotable, inabarcable... Esa tú eterna que he buscado y hallado durante tanto tiempo, durante tantos siglos, en esa larga agonía de encuentros y desencuentros. Agonía tan amarga, Ania, tan sumamente amarga... Porque tú nunca sabrás lo insoportablemente doloroso que era, que ha sido, volver a verte después de una vida juntos y comprobar que una vez más habías olvidado. Me habías olvidado. Empezar todo de nuevo. Convenciéndote para que llegues a creer lo increíble.Haciéndome un sitio poco a poco en tu vida, cuando ese sitio lo gané hace tantos siglos, cuando ese sitio siempre, desde que el mundo es mundo y la combinación de los rasgos creó el destino, ha sido mío. Pero tú no te acuerdas, Ania, no te acuerdas de nada. Y no puedo culparte, es lo normal. Lo extraño sería que pudieras recordar. Aunque; y a pesar de que ese arco en tu nariz, síntoma implacable de los que han olvidado, me dice que es imposible; hay momentos, esos pequeños momentos que pasamos juntos en el bosque solos tú y yo, en los que me parece adivinar en el brillo que humedece tu mirada que tú también, si no recuerdas, intuyes, conoces de todas esas otras vidas que hemos pasado juntos. Y entonces, Ania, en ese pequeño instante en el que todas mis vidas creen conectar con todas las tuyas, es cuando siento que no se puede ser más feliz... Y sé que tú también lo sientes, que tú también lo eres. Aunque no lo dices nunca. Pero yo lo advierto en los rizos de tu nuca. A mí no puedes engañarme, Ania. Te conozco tanto...
Sí, Ania, te conozco tanto... Nadie te conoce como yo, nadie puede conocerte como yo. Nadie puede leer en tu cara, en tus movimientos, en tus gestos; como si de en un libro abierto se tratara. Nadie ya recuerda que no sólo en nuestro rostro, si no en cada minúscula parte que nos compone está descrito como somos, como nos comportamos. Sí, Ania, todo está escrito, desde incluso antes de nacer. Desde entonces está grabado nuestro destino. Pero eso nadie lo sabe. Hace muchos siglos ya que se dejó de estudiar la Fisiognomía.
Sí, Ania, hace ya tantos años de eso... Tantos... Todavía recuerdo aquellos tiempos en que hasta los juicios de los condenados a muerte se decidían observando minuciosamente al acusado, cuando se enviaba a la hoguera a la gente con sólo mirar la longitud de su dedo meñique, porque entonces todos sabían que eso no engañaba. La gente miente siempre, pero la Fisiognomía no. Nunca. Hoy todo ese arte se ha perdido. Se fue haciendo cada vez más oculto de generación en generación. Cada vez eran menos los que conocían los secretos de los rasgos, cada vez menos los que conseguían desentrañar los signos que se esconden en nuestro cuerpo. Cada vez eran menos los que lograban recordar. Hoy sólo quedo yo. Hoy sólo yo soy capaz de interpretar en la forma y tamaño de una boca, en una forma de caminar, en la amplitud de una sonrisa. Y por eso sólo yo puedo conocerte como te conozco. Sólo yo puedo descifrar las tragedias de tu alma en las arrugas de tus codos, tus mayores miedos en el arco de tus uñas, tus deseos más ocultos en tu forma de sentarte. Y, ¿sabes, Ania? no he tenido que examinarte mucho para saber que, una vez más, toda tú hablas de mí. Sí, Ania, apenas te miré ya pude estar seguro de que en tu destino, como siempre, vuelve a estar escrito mi nombre, que tan sólo yo puedo hacerte feliz, que sin mí te encontrarías incompleta. Si yo no hubiera conseguido dar contigo, no hubieras sabido nunca que esa abstracta mutilación era por mí. Es más que probable que no habrías sabido ponerle nombre a esa íntima carencia que hubiera amargado tus días, a ese discreto desgarro imposible de localizar ni de explicar. Y por más psicólogos o psiquiatras que visitaras, no lo hubieras sabido porque sólo yo sabía, sólo yo sé. Sólo yo hubiera sido consciente que esa falta de aliento en tu existencia era falta de mí. Más, aún en tu ignorancia, no hubieras podido evitar dejar de sentirlo ahí, de forma quieta, insidiosa, como una losa que aplastara tu solitario y amnésico corazón.
A veces divago demasiado. Y es que me pierdo al hablar de la Fisiognomía, al hablar de ti. Y es que para mí no es sólo mi pasión, mi obcecación personal, es una forma de vida. La Fisiognomía me unió a ti, me ha permitido siempre reconocerte entre las miles y miles de personas con las que me he cruzado. Por eso no puedo evitar que me entusiasme, no puedo evitar hablar de ella. Aunque contigo tengo mucho cuidado. No le cuento todo lo que sé a tus oídos. A las arruguitas de tu cuello sí, ellas me entienden. Pero no a ti, no a tus oídos. Soy consciente de que es difícil de creer. Temo asustarte, tengo miedo de que me tomes por loco. Por eso, hasta que no estes preparada, sólo hago pequeñas referencias, sólo te cuento pequeñas anécdotas. Y tú te ríes. Ríes porque no entiendes que pueda saber que eres huérfana solamente con mirar la caída de tu pelo. Y ríes, Ania, tú ríes. Y yo, te conozco tanto...
-Estás muy callado, Marcelo.
-¿Yo?
-Sí tú, claro.
-¡Qué va!. Para nada.
Si no paro de hablarte, Ania...
Y maldita sea mi negra suerte. He tenido que venir a reencontrarte en esta ciudad blanca, de casas idénticas y luz mortecina. Un lugar que desdibuja los contornos y le resta vida a las siluetas. Un lugar que ahoga las pasiones y deja a la gente sin impulsos. He tenido que encontrarte aquí, en este sitio que hace que para mí los días sean un infierno, tan blanco... Pero no te he dicho esto nunca. Me he quejado alguna vez, pero de forma superficial, nunca te he dicho el daño que realmente me hace este lugar. No quiero que sufras por mí. Y me alegro, entonces, de que no recuerdes. Solamente entonces. Solamente en esos pequeños momentos en los que me preguntas si estoy ya más a gusto aquí, es una suerte que no sepas interpretar en el temblor de mis mejillas que no estoy más a gusto, que no estoy nada a gusto. Que ya no puedo más, que esta ciudad está acabando conmigo.
Y te juro, Ania, que no es porque yo no lo intente. No será porque no trate de sobrellevarla, porque no procure integrarme, ya que, desde que llegué, no he parado de luchar por adaptarme. Y hasta he conseguido hacerme de algunos conocidos, que no amigos e incluso de vez en cuando salgo con ellos a cenar, a ver algún partido o a jugar a algún absurdo juego de cartas. Pero la Fisiognomía actúa en mi contra en este caso. Ojalá no pudiera desentrañarlos, ojalá no pudiera ver con tanta claridad lo vacuo de sus vidas, lo aburrido de sus estúpidas existencias. Pero aún así, me relaciono, alterno con ellos. Pero sólo para demostrarte como me esfuerzo por sobrevivir en esta ciudad tan horriblemente blanca. Y entonces vas tú y arrugas la nariz. Arrugas la nariz de esa forma tan especial y estoy contento. Estoy contento porque sé que estás muy orgullosa de mí, y eso me da un poco más de fuerzas para seguir. Aunque, Ania, es tan difícil...
He dicho que no iba a quejarme y ya estoy empezando otra vez a lloriquear. No tengo remedio, Ania.
-Ya vamos a llegar. Nos va a sentar de maravilla un paseo ¿no crees?, a ver si así se te quita esa cara de mustio que tienes
-Seguro que en el bosque se me va a quitar. Segurísimo, Ania.
-Sol, por favor. No seas pesado. ¿Otra vez con lo mismo, Marcelo?
Bueno, reconozco que tienes razón, Ania, soy un pesado. Pero es que no puedo evitarlo. Aunque hoy sea un día especial, no me quito de la cabeza esta horrenda ciudad blanca. No puedo evitarlo, Ania. Lo siento. Ni siquiera porque hoy todo resulte un poco más liviano. Ni siquiera porque vamos al bosque donde volveré a tocar rozar la felicidad hasta el momento en que tú decidas regresar a la ciudad blanca.. Y es que tal como nos vamos alejando de ese condenado sitio siento como me vuelve lo que él me ha robado, los colores, las ganas, la energía, la decisión. La decisión de que ese lugar nos hace mal, que tenemos que alejarnos de allí cuanto antes, antes de que sea tarde, antes que la ciudad blanca acabe por engullirnos del todo. Pero, ¿cómo podría explicártelo? ¿cómo podría decírtelo?. A las arruguitas de tu cuello es fácil, ellas me entienden pero, ¿cómo gritárselo a tus oídos? ¿cómo exponerte el problema sin que pienses que no es un capricho mío, una simple manía? Y es que tú piensas que sólo quiero imponerte mi opinión. Y no es eso, Ania, de verdad que no. Pero, ¿cómo aclarártelo?. No encuentro la forma y por eso siempre acabo callando. Pero es que no puedo más, Ania. Hoy ya no puedo más.
-Ya has conseguido que estemos fuera de la ciudad blanca como tú la llamas, y no te veo muy sonriente. Nunca estás satisfecho, Marcelo.
-Podríamos estar más lejos. Desde aquí aún veo las casitas todas blancas e iguales.
-Las casitas. Anda vamos, y no te quejes tanto.
-Si, vamos al bosque, tú y yo. Solos
-Qué cosas dices, Marcelo. Anda vamos, busquemos una sombra donde sentarnos un rato.
-Como tú digas.
Te miro. Eres muy hermosa, Ania, pero algo falla Algo en ti ha cambiado radicalmente desde tu ultima vida. Diferente de lo que ha sido, de lo que debiera ser. Tu boca...
Lo supe desde el primer momento. Cuando nos presentó esa chica morena, compañera tuya de trabajo, sabes cual te digo, ¿no? Aquella de los tobillos de avara. Recuerdo que te miré distraído. ¿Cómo imaginar que precisamente en ese lugar, en el que no pensaba permanecer ni un minuto más, en el que no creí encontrar nada que pudiera ser de mi interés, te iba a encontrar a ti? Entonces el cambio ya estaba allí, aunque quisé pensar que no tendría trascendencia en nuestra historia. Quise creer eso, pero no. Aunque la época siempre te ha cambiado algo, es inevitable, éste no era uno de esos cambios superficiales con los que solías sorprenderme. Estabas más cambiada que nunca, cambiada de verdad. Sí, tus ojos siguen estando un poco juntos, pues sigues tan fiel como siempre, las caderas continúan siendo un poco anchas y es que aún sigues manteniendo esa paciencia proverbial que siempre te ha caracterizado, tus anchas cejas me siguen hablando de tu glotonería... Pero la boca, Ania, esa boca...
-Sombra por fin. Vamos a sentarnos aquí Marcelo ¿te parece?
-Si a ti te parece, a mí me parece, Ania.
-Marcelo, por favor...
-¿Qué quieres, Ania?
-Ay, Marcelo. Deja de llamarme así, anda. ¿No te gusta Sol? Ania es un nombre precioso pero sabes perfectamente que no es el mío. Ya hemos hablado de eso, ¿no?
-¡Qué bromista eres, Ania!
Y es que te gustan mucho los juegos. Sólo hay que mirar la longitud de tu dedo anular para saberlo
- No, Marcelo, no soy nada bromista, y menos con estas cosas. Así que, por favor, si quieres que todo vaya bien y que esto vuelva a repetirse no quiero escucharte más llamarme por otro nombre que no sea Sol.
Ay, esa boca traicionera, Ania, como miente. Como si tú pudieses llamarte de otra manera. Como si desde que el mundo es mundo tú hubieras podido llamarte de otra forma que no fuera así, Ania...
-Marcelo, no me mires así, que me siento muy incómoda. Tal vez todo esto no ha sido una buena idea. Eso me pasa por pasarme de lista. Ya podías tener un poco de consideración conmigo, después de todo el esfuerzo que he hecho para que pudieras alejarte un poco de la ciudad blanca, como tú la llamas. Y todo porque soy una blanda, y me daba tanta pena ver como te morías de ganas de salir, aunque fuera por un rato, de allí. Pensé que sería bueno para ti, pero ya veo que no, que aún no estas preparado.
-No te entiendo, Ania.
-Yo sí que no entiendo porque te comportas ahora así. Parecía que estabas ya tan bien... Todos pensamos que ya estabas recuperado. Y yo que pensé que... Y voy y me hago responsable de ti para que puedas dar un paseo por el jardín exterior. Definitivamente, todo ha sido un error. Voy a avisar para que vengan a recogernos.
No, Ania, tú no vas a avisar a nadie. Por lo menos no con ese artilugio que te he quitado de las manos. Con ese artilugio que ha crujido bajo mis pies.
-Marcelo, por favor, me estás asustando. Venga, tranquilízate. Vamos andando relajadamente hacia el hospital. Si tú quieres no le contaremos nada al doctor de esto. Será nuestro secreto.
¡Qué doctor ni que ocho cuartos, Ania! Esa boca vuelve a castigarte. Esa maldita boca, Ania.
-No entiendo lo que estás diciendo, pero no te lo tendré en cuenta, Ania. Vamos a dejarnos de tonterías y hablemos de cosas serias. Lo he estado pensando mucho y he decidido que no vamos a volver. Sí, Ania, no me mires con esa cara, que parece que se te van a salir los ojos. No vamos a volver. Mira, mi amor, allí no vamos a ser felices y después de tanto tiempo buscándonos, creo que nos merecemos una oportunidad. No pienses que es antojo mío, de verdad, pero...
No entiendo porque pones esa cara, Ania. Si sólo pudieras recordar lo felices que fuimos durante siglos, si por un momento llegaras a comprender, si me conocieras tan bien como yo te conozco a ti...
-¡Marcelo!
¿Por qué tiemblas, Ania? ¿Por qué miras a todos lados? Nadie va a venir, Ania. Nadie.
-Marcelo, cálmate. Sabes que te aprecio. Yo estoy de tu parte, de veras, pero te estás confundiendo. Estás teniendo un delirio y confundiendo la realidad con la fantasía. Yo no soy esa Ania que tú imaginas. Yo me llamo Sol y no soy tu amor. Sólo soy tu enfermera. Estoy casada y tengo dos hijos que esperan mi vuelta Y esto no es una ciudad blanca, es un hospital psiquiátrico. Cálmate, por favor. Todo está en tu cabeza, Marcelo. Por favor, Marcelo, no hagas ninguna tontería ¿vale? Te lo ruego, Marcelo.
No, no vale, mi cielo. No sabes lo que dices. Eres esclava de tu boca.
Y no corras, no puedes escaparte. No puedes desprenderte de mi abrazo, mi amor.
-Ania, por favor, tranquilizate. Mi intención no es asustarte, no tienes de que hacerlo. Pero quiero que te quede claro que no vamos a volver. En eso voy a ser completamente inflexible. No me hagas repetírtelo más.
>>Tú no entiendes, Ania. No puedes entenderlo. Te he buscado hasta en sueños. Conocía todos tus movimientos antes de que tú siquiera aprendieras a realizarlos. Siempre has sido mía. Incluso antes de nacer ya me pertenecías, ya te había poseído mil veces. Y ya creo que está bien. He vivido un martirio, un verdadero martirio por ti. He tenido que fingir para que tu jefe te diese permiso para estar conmigo. He tenido que contestar todas sus preguntas absurdas, interpretar manchas en un papel... Todo por estar cerca tuya. Ya vale, ¿no, Ania? Ya se acabó. Nos vamos de la ciudad blanca.
Con el trabajo que me cuesta ponerme serio contigo... Yo, que daría hasta lo que no tengo para hacer todos tus sueños realidad, que te mimaría constantemente, que siempre estaría complaciéndote, acariciando tu pequeña cabecita, tu sedoso pelo, tu largo, largo cuello, con esas arruguitas atentas a todas mis palabras. Tu cuello, Ania...
Tu largo y suave cuello, Ania...
-¡Ni con favor, ni sí favor, Ania! Ya está todo decidido. Nos vamos para que vuelvas a ser tú, porque de seguir así nuestra historia no hubiera ido bien y eso no se puede consentir. Eso sería ir en contra de todas las leyes que rigen nuestro destino. Sería ir en contra de la gran y ancestral ciencia de la Fisiognomía. No insistas más, que me estás empezando a cansar. Nos vamos para que dejes de ser la niña mimada en la que te has convertido, para que olvides de una vez tus locuras. Tus paranoias de que eres enfermera, de que estás casada, de que tienes niños. Nos vamos porque esta ciudad te está volviendo loca, te está volviendo blanca.
>>¡Qué no, Ania! ¡Qué no! Empiezas a decepcionarme. Ya sabía yo, desde que te vi, que esa boca nos iba a traer problemas. Y todo por culpa de esa boca que es la que te hace diferente.. Pero no, Ania. Ni aún así a mí puedes engañarme. Ni siquiera así, Ania. Sé perfectamente que cuando dices que no, quieres decir todo lo contrario, quieres decir que sí; que ¡sí! ;que ¡sí, por favor! Solamente tuve que mirar las líneas que ahora formaban tus labios para saber que no debía fiarme de tus palabras, esas palabras que antaño para mí sentaban cátedra. Sí, porque esos trazos que en tus labios nunca antes habían aparecido sólo podían significar una cosa. La Fisiognomía es clara en eso. Te habías vuelto loca. Una boca así sólo puede pertenecer a una loca mentirosa. A una loca mentirosa como la que hoy eres tú, mi Ania, ¡maldita sea mi suerte! Pero, ni aún así, ya te lo he dicho, a mí puedes engañarme. No, Ania. A mí no. Te conozco tanto...
¿Ves, Ania? Finalmente has comprendido. Ya no mientes, ya no engañas. Ya has dejado hasta de balbucear embustes entrecortados. Y ahora sí. Ahora te observo y por fin la expresión de tu boca ha cambiado, todas esas odiosas lineas impuestas que te encadenaban a la mentira han desaparecido. Vuelves a ser la misma Ania de siempre, mi maravillosa Ania. Si, Ania, otra vez tú, otra vez para mi sin reservas. Estoy tan contento, tan emocionado, Ania... ¡Vamos a ser tan felices ahora! Te veo ahí, tan dulce, tan bella, tan calladita, y tu cara casi me grita que nunca volverás a hacérmelo, que no volverás a engañarme jamás, que ya no te intentarás escapar nunca más, que vas a ser mía para siempre. Estoy seguro. Tu boca me lo dice, Ania.
LORELAI
Fiore — 07-11-2006 09:37:29
Microalgo — 07-11-2006 13:31:56