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Hace treinta y un años (Bernardo Onganía)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 07-11-2006 12:37:50

Me escribe Bernardo desde Ushuaia, en la Tierra del Fuego, casi tan al sur como al sur se puede estar. Tal como él dice: "Una narración muy apropiada para este mes de noviembre en el que estamos, el mes de los difuntos, y en el que a algunos nos da por recordar a los muertos, que es una manera de evitar lo que no puede ser evitado: que se vayan de verdad, que se vayan para siempre, que es exactamente lo que ellos tratan de hacer empleando toda su fuerza… que es ninguna".

Ya es de noche, está a punto de terminar el día seis de diciembre, otro día más, un día cualquiera, pero no. Hoy hace treinta y un años que murió mi padre. Recuerdo aquella mañana de 1.956 cuando mi tía Charo vino a despertarme y me dijo, con mucha suavidad, muy tranquilamente, sonriendo, mientras me acariciaba el pelo, “despierta... anda levántate”. Todo era raro. Yo me había quedado a dormir esa noche en casa de mi abuela Nati. Eso no era raro. Lo hacía a menudo a aquella edad. Allí, siempre me despertaba la tata Consuelo, anciana y cariñosa, sobre las ocho de la mañana, un poco antes de que sonara el despertador. Mi tía nunca en su vida había entrado en mi habitación, y menos para despertarme. Vi el reloj en la mesilla. Las nueve y media de la mañana. Me alarmé. Voy a llegar tarde clase –le dije. No te preocupes, hoy no vas a ir. Por qué –volví a preguntarle. Anda vístete rápido. Me esperó fuera de la habitación. Cuando salí me tenían el desayuno preparado. La tata Consuelo estaba llorando. Nunca la había visto llorar. No había nadie más en la casa. Ni mi abuelo ni mi abuela. Supongo que la situación era para haberse imaginado algo, pero no sé si mi inocencia o mi inconsciencia, o las dos, de las que tenía de sobra, me impedían darme cuenta de que la razón de todo aquello era que mi padre enfermo había muerto. Todas esas cosas desacostumbradas significaban eso. Pero yo no lo captaba. Pensé en diferentes razones para aquellas actitudes, para aquel silencio, pero ninguna tenía que ver con mi padre. Supongo que me tranquilicé a mí mismo pensando que de un momento a otro me lo iban a decir, así que no valía la pena preocuparse por adelantado. Cuando terminé mi tostada en medio de aquel silencio, mi tía me llevó al salón, me puso al lado de la ventana, me cogió los dos brazos, me miró muy fijamente -como esperando mi reacción y teniendo previsto cómo la contrarrestaría, fuera cual fuera-, y me espetó con el tono más dulce del que pudo echar mano, con mucha paz: “Tienes que ser fuerte... Papá murió anoche”. Hizo un silencio y me observó. No sé qué cara puse, pero estoy seguro de que no dije nada y que intenté no traslucir ninguna emoción. Ante aquella actitud fría y silenciosa y como yo sólo la mirara, ella inquirió: “¿Estás bien?”. Asentí con la cabeza, con tranquilidad, como si no pasara nada. La verdad es que no entendía lo que me quería decir con aquellas palabras. ¿Por qué no había yo de estar bien? Sí sabía lo que encerraba dentro la palabra muerte, pero no la había aplicado nunca ni la había oído en mi entorno. Muerte. Nada, no significaba nada. Ya sabía que mi padre había muerto pero lo que había detrás o dentro o alrededor de eso palabra no acababa de calar dentro de mí. La dimensión exacta de la palabra. El no volverlo a ver nunca más y todo eso. Sólo pensé que en el colegio los niños me mirarían raro. Que alguno preguntaría. Había visto una vez a un niño de otro curso al que se le había muerto el padre y que lloriqueaba por las esquinas del recreo y andaba siempre con una cara muy triste, pero a los pocos días se le pasó. Mi tía me dijo: “Vamos a ir a tu casa para estar con mamá”. Asentí. Echamos a andar escaleras abajo y a los pocos minutos habíamos llegado a mi casa.

La puerta estaba abierta. Había mucha gente en la entrada. El pasillo estaba lleno de hombres que fumaban y hablaban. Todos me miraban. En una mesita del recibidor había una bandeja de plata sobre la que reposaban unos folios llenos de firmas. Y un bolígrafo de los buenos –que luego supe que alguien se robó- y muchas tarjetas de visita dobladas como si fueran mariposas. En la cocina había mujeres llorando y haciendo tila y café. Me ofrecieron una tila. “¿Eso qué es?” Fue lo único que acerté a decir. Alguna de aquellas mujeres me abrazó y me besuqueó con ruido. Mi tía Charo se abrió camino entre la gente por el pasillo. Llegamos a la puerta de la habitación de mis padres. Me preguntó: “¿Quieres verlo?” Yo no contesté. O sí. A lo mejor dije que sí. Supongo que dije que sí. Aunque estoy seguro de que me hubiera gustado gritar bien alto y bien claro “Nooo... Me quiero ir de aquí. Bien lejos de aquí”. Quería olvidar esa experiencia que aún no había vivido del todo y volver dentro de un mes, o de un año, cuando todo hubiese pasado y se hubiera ido toda aquella gente. Quería perder de vista aquella atmósfera densa y cargada de pesadumbre. Pero claro, no lo hice. No dije nada. Y mi tía abrió la puerta del dormitorio.

Salvo una ligera ojeada a las tres mujeres que había en el cuarto, desde que entré hasta que salí, no le quité ojo de encima a lo que ya era mi padre. Estaba tumbado en su lado de la cama de matrimonio. El izquierdo, si se miraba desde los pies de la cama. Mi madre se levantó de un sillón en el que estaba sentada, a su lado, a la izquierda de la cama, delante del ropero, de la puerta del ropero que era el de papá. El que olía tan bien. Y vino a abrazarme. Mi madre avanzaba hacia mí por el estrecho pasillo que quedaba entre los pies de la cama y la pared del cuarto. Se intentaba controlar. Yo conocía ese gesto de mi madre, el de contenerse el llanto... pero la pena, la emoción, la angustia o lo que fuera, la desbordaba. Lloraba tratando de comerse las lágrimas mordiéndose los labios. Creo que me decía algo sobre la felicidad que él tenía ahora por estar con Dios, o en presencia de Dios, o en los brazos de Dios, o algo así de Dios. Me hablaba de que teníamos que estar contentos. Yo asomaba la cabeza por encima de su hombro y me preguntaba si lo que decía mi madre podía tener el más mínimo de los sentidos. Por más que me hubieran entrenado los curas y las catequesis para decir de corrido aquellas cosas sobre la muerte. Por más que me supiera la teoría de la gloria eterna y la presencia gozosa de Dios. Creo que fue de las primeras cosas que me empecé a cuestionar, de las que fui capaz de razonar como un adulto crítico. ¿Cómo iba nadie a estar contento con el plan que teníamos montado allí entre todos? Con mi padre allí, que no se movía y con mi hermana Marita que en ese momento se acaba de colar en el dormitorio, con un traje de cuadros azules y verdes y a doce días de cumplir los dos años. Marita quería estar en brazos de mi madre. Alguien se la llevó. No vi a ninguno de mis otros cinco hermanos por allí. Supongo que los distribuirían convenientemente entre parientes y amigos para quitarlos de en medio. Nunca entendí eso de tener que estar contentos porque mi padre se muriera. Nunca entendí que Dios fuera tan bueno y misericordioso con nosotros por llevarse a papá con él –“siempre se lleva a los mejores”, decían-, ante su presencia, para siempre jamás, hasta nunca, sin fechas y que eso fuera como una especie de favor que Dios nos hacía. No me cabía en mi cabeza. Nunca me cupo. Mi abuela Silvia lloraba desconsoladamente, con mucho hipido, con mucho movimiento de pañuelo y con bastante cuento. No digo que fuera de mentira, sino que exteriorizaba su pena más de lo que a mí me parecía razonable. Parecía que quisiera demostrarnos a todos que allí, ella, era la que más sufría, pero que con muchísima diferencia... No actuaba como mi madre o mi abuela Nati. Era diferente. La abuela Nati estaba seria. Se le notaban los ojos rojos, pero mantenía la compostura. Como siempre. Estaba pendiente de su hija. Yo no aparté la vista de mi padre desde que entré. Nunca había visto un muerto. Cuando caminaba por el pasillo hacia el dormitorio me lo iba diciendo. Nunca he visto un muerto. Siempre me había preguntado cómo sería un muerto. Me consolé pensando que al menos el primer muerto que iba a ver en mi vida era mi padre. Como si eso me pudiese ayudar a superar lo que yo consideraba “traumática” experiencia. Un muerto. Por primera vez. Algo que lo haría menos duro. Un muerto cercano, de la familia, haría más suave el trago. Pero mi padre no daba miedo, ni estaba verde ni tenía la mandíbula descolgada ni los ojos desencajados. Estaba un poco más pálido que de costumbre, eso es verdad, tenía la cara muy seria, pero se le notaba un gran relajo en la expresión. Se le veía hasta más guapo. Llevaba puesto un pijama azul claro. El mismo con el que lo vi la última vez, la tarde anterior, tumbado en el sofá, viendo la televisión. Me quedé un rato de pie, justo frente a él, a los pies de la cama, con mis manos crispadas en la madera. Así estuve un rato. A mí me pareció largo. Sólo lo miraba. No tenía nada que decir. Afortunadamente nadie me interrumpió ni me sacó de mi abstracción. Recuerdo que me dio mucha vergüenza que, en un momento dado, para hacer no sé qué, le levantaron la sábana que le cubría hasta el cuello, y se le vieron los pantalones del pijama. Tenía unas gotas de pipí a la altura a la que se suelen tener las manchas de pipí, en la entrepierna, sobre la parte de derecha, al principio del muslo.

Luego me sacaron de allí y no recuerdo muy bien lo que pasó. Creo que desconecté durante muchos años.

Escrito por Quintin de Parma
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Comentarios

  1. Tu escrito, no me atrevo a calificarlo de excelente, más que nada porque, desde el título, lo he hecho mío. Si ha sido experiencia personal, lo siento sinceramente porque fue similar a la mía. Si es narración de hechos ajenos, mis más efusiva felicitación porque has sabido recrear las escenas con una exactitud envidiable.

    Charli — 09-11-2006 07:44:02

  2. Muy sentido y bien redactado. Tanto si se trata de un hecho ficticio como de una experiencia real, me parece extraordinaria la calidad y la sencillez del texto.

    Argvidal — 09-11-2006 10:09:53


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