Para Olha Baschni Tzvety, en el caso de que aún esté entre nosotros.
Del libro de relatos "Las hojas de Kiev".
Puede que la niña sea gitana, no sé si además es rumana, pero te mira sin ver: te encara con su cabeza mientras mantiene los ojos gachos. Lleva un cartelito blanco contra su pecho, que aún no se ha dejado abultar por la edad. Agarra el papel con las dos manos. Alguien ha debido escribirle esas cuatro filas de letras cirílicas. Ella me lo muestra y yo no entiendo lo que pone.
No dice nada. No mueve los labios ni levanta la mirada. Si lo dijera, no la oiría, con la ventanilla subida y el estruendo del tráfico en esta calle del centro de Kiev, si lo oyera, no la entendería. Se acerca al cristal del conductor y se santigua, no pide, sólo se santigua, no pide, no dice nada, sólo se santigua, pero al revés, como lo hacen los ortodoxos: primero en la frente, luego abajo, después a la derecha y por último a la izquierda —los dos roces finales al revés—, se hace extraño, y no terminan besándose el dedo, sino haciendo una pequeña reverencia.
Su expresión no es lastimera, ni suplicante. Sólo pide limosna. Sigue sin decir nada, tras el cristal de la ventana del coche, que se mantiene diáfano a pesar de la nevada que se desmenuza por fuera queriendo ser agua, y el vaho con el que nos desinflamos en falso los de dentro, el chofer y yo.
Ella aguanta tres o cuatro segundos con la mirada baja, mantiene el cartel apretado contra su pecho. Algún calor le debe proporcionar, no mucho, puede que sólo un poco, pero cualquier cosa ayuda en esta mañana álgida. Como no le damos nada —ni nos hemos dignado a bajar la ventanilla— inexpresiva, se gira y sortea nuestro coche. Se detiene junto al que está atascado a nuestra derecha, uno más con el que repetir el mudo ritual, otro intento por encontrar una solución —tan precaria— a su sustento.
Como voy en el asiento de atrás, a mí ni me mira. Debe creer que el que conduce es el que manda, el dueño del coche, el que maneja el dinero. Ella no sabe que, a veces, las cosas son justo al revés de lo que parece.