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¿Qué te parece? (Carmela Trujillo)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 12-11-2006 11:41:15

Este relato obtuvo el segundo premio en el Concurso de Relato de Humor Nou Barris de Barcelona, en abril de 2004.


-¿Qué te parece? –me preguntó Miguel totalmente ilusionado.
-Para un castillo, bien –le respondí mirando de arriba abajo el enorme reloj de pared. Un reloj cuya caja comenzaba a ras del suelo para elevarse hasta el techo en un cuerpo de madera y cristal que dejaba ver unos enormes péndulos dorados que se movían con el compás de sus tic-tacs sonoros. Más arriba de esas oscilaciones, la negra aguja minutera se apoyó en el número 6 y la maquinaria cantó los dos cuartos, llenando con su sonido la pequeña joyería a la que habíamos ido para comprar las alianzas de boda.
-¡Es maravilloso! –continuó, extasiado ante, según él, aquella portentosa maquinaria. Según yo, un grandioso trasto.
Eso fue todo. Por eso me sorprendí muchísimo, casi me volví histérica, al ver que dos operarios traían, una mañana lluviosa, el dichoso reloj a la casa recién comprada. Una casa enorme que no me gustó en ningún momento, tan vieja y achacosa como estaba, y que a partir de ese momento miraría todavía con más resentimiento. Un resentimiento que me oprimiría el pecho cada vez que pasara por el comedor y me encontrara con ese cuerpo relojero tan grande como un armario. Igual que un ataúd lujoso. Con muerto sonoro incluido. A Miguel sólo se le ocurrió decirme que era una compra maestra, digna de la gente con clase. “Con clase”, dijo remarcando mucho esas palabras, y yo no supe leer entre líneas, sólo me di cuenta de que esa fue la primera vez que me planteé dejar correr la fulminante boda que me esperaba a la vuelta de la esquina.
Un mes después volví a oír, en unos grandes almacenes, la terrorífica pregunta:
-¿Qué te parece? –me preguntó mientras se miraba en un espejo enorme.
-Para un actor de película en blanco y negro, bien –le respondí observando el sombrero de fieltro gris marengo que se había colocado un tanto ladeado en su cabeza. Realmente, en esos momentos sólo me preocupaba la gente que pasaba alrededor nuestro y que le miraban disimuladamente mientras yo pedía a la Tierra que me tragara. Pero eso no ocurrió y él salió con su sombrero guardado en una cajita especial. Yo iba detrás, intentando calmarme mientras me decía a mí misma que se trataba de un capricho y que no sería capaz de usarlo en público. Vamos, que ni se le ocurriría. Por eso casi me desmayo cuando apareció con el sombrero puesto la noche de nuestra despedida de solteros. Una despedida común con todos nuestros amigos y amigas. Ellas y ellos, los muy hipócritas, le dijeron que le encontraban muy guapo y distinguido, por eso Miguel no entendió que yo no le hablara en toda la noche, siendo como era una noche de alegría y de amor compartido. Esa fue la segunda vez que me planteé el no casarme con él, porque comenzaba a creer que era un ser de otra época reencarnado en un tiempo y en un lugar que no le correspondían. Pero yo, tan lenta como siempre, sólo me hice el planteamiento, sin saber que la cuenta atrás había comenzado y que todos esos temores me estallarían en la cara como un paquete bomba en el momento más inesperado.
La última vez que me planteé dejarle fue demasiado tarde, porque ya estaba en la iglesia y no pude reaccionar, por congelación sanguínea, al verle en el altar con falda escocesa, calcetines con pompones y una boina a juego con su indumentaria. A mi padre, en mitad del pasillo, se le escapó un susurrante “...pero coño, ¿de qué va vestido?” que me hizo recordar que Miguel ya me había avisado al decirme que llevaría como traje de boda uno que había pertenecido a su abuelo escocés. El recorrido desde la puerta de la iglesia hasta el altar se me hizo eterno y lloroso, porque ya no había vuelta atrás, con los regalos colocados en la odiosa casa, con el restaurante pagado, con el maquillaje a punto de descomponerse con cada lágrima que dejaba caer... Una tía mía me dio un pañuelo, a medio camino, y con sus gestos me hizo saber que ella también lloraba de alegría.
En fin, que no me enteré ni de boda, ni de banquete ni de nada.
Esa noche, al llegar a nuestra vieja y caduca casa, me vendó los ojos y me dejó clavada en la puerta del comedor con la pregunta del millón:
-¿Qué te parece? –dijo lleno de júbilo.
Y yo no me atreví a quitarme la venda de los ojos, temerosa como estaba con lo que podría encontrarme. Sé que los segundos pasaban pesadamente a través del péndulo del enorme reloj que presidía la estancia. Tic-Tac. Nunca pensé que podría oír pasar el tiempo, por eso lo recuerdo como si fuera hoy. Jamás he vuelto a experimentar esa sensación, la del tiempo escuchado. Y volvió a preguntarme mientras quitaba la venda que cubrían unos ojos que no querían ver:
-¿Qué te parece? –hablaba con la cabeza hacia arriba, mirándola embobado.
-Digna de un castillo –comenté con un suspiro al comprobar que la gigantesca lámpara de lágrimas de vidrio que colgaba en mitad del comedor se iba a quedar allí por los siglos de los siglos.
-Amén –sólo se me ocurrió decir.
-De un castillo, no. ¡De un palacio! –me dijo remarcando mucho esas palabras. Pero esta vez ya supe leer entre líneas y reaccioné como si fuera la protagonista de una película de miedo: huyendo del monstruo.
Esa fue la última vez que le vi. Salí corriendo de aquella casa irreconocible a la que en mi ausencia había cambiado los estores blancos por cortinajes pesados en color burdeos y oro. Una casa en la que me negaba a vivir con un hombre que se paseaba por ella en falda de cuadros mientras me enseñaba todos los muebles victorianos que había adquirido para darme esa tremenda sorpresa que me hacía vomitar. Por todo ello, ahora que han pasado dos años, no salgo de mi asombro cuando mi nuevo novio, Juan, señala en el escaparate de una joyería una sortija con brillante incluido y me dice:
-¿Qué te parece?
Me quedo helada y le contesto a su cara reflejada en el escaparate:
-No me gusta. No me gusta nada de nada. Nada, nada, nada. Ni se te ocurra comprarla.
Y me voy acera arriba, dejándole sin palabras. Porque las palabras me las llevo conmigo y puedo, por fin, decir lo que siento. Claro que lo que digo y lo que siento son totalmente opuestos, porque la sortija me ha encantado. Es realmente preciosa. Y sin embargo, la he rechazado para sentir el poder que siempre me había negado Miguel. Miguel. De él únicamente sé que se compró en Soria un castillo en ruinas que había pertenecido al conde no se qué. Me alegro en estos momentos de haber mantenido a raya mi imaginación sobre cómo hubiera sido mi vida con él y de haberla utilizado, la imaginación, para otros menesteres ligados con la literatura. Con historias explicadas a otros. Con frases hilvanadas que dan sentido a mi existencia. Esto me hace recordar que me he llevado las palabras de Juan y decido ir tras él para devolvérselas. Y para ello utilizo la misma pregunta que va y viene en mi vida:
-¿Qué te parece? –le suelto después de plantearle tener un hijo.
-Para dentro de uno par de años, bien.
Y se le ha quedado en el rostro la sombra del miedo de las palabras y de los sentimientos ocultos. Creo que planea la huida. Lo intuí meses atrás, en cuanto miré por la grieta de su decepción al ver en lo que se iba convirtiendo el apartamento en el que compartimos la vida, junto a los muebles Ikea que yo compro y que él atornilla, con las cortinas siempre arrugadas pero baratas, con la ropa de cama incómoda pero a la moda, con los colores chillones y psicodélicos que ignoraban el descanso y el relax. Sé que la historia de la huida se repetirá. Una y otra vez. Con personajes distintos pero con idéntico final. Como si estuviéramos en un sueño del que no podemos despertar.
¿Qué te parece? El final, te digo.

Escrito por Flor de Loto
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Comentarios

  1. Qué buena prosa, Flor de Loto, qué bien llevas la historia. Muy cercana. Gracias. Inma.

    Inma Jimenez — 13-11-2006 08:19:37


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