Se abrió la temporada lírica en el Teatro Maestranza de Sevilla.
Anoche volví a refrendar una idea a la que vengo haciéndome desde hace tiempo: no hay que ir a los sitios -o a las personas- con juicios previos. Con prejuicios.
Prejuicios fueron los que me asaltaron cuando me planteé acudir a la apertura de la temporada operística del Maestranza. No conocía la obra y no conocía al compositor. No había oído hablar de ninguno de los cantantes y sólo la ROSS me resultaba familiar. Por cierto, que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla suena cada vez mejor, la veo y la oigo, la siento, cada vez más madura. Debe ser la lejanía y el desapasionamiento, que son tan buenas herramientas para poner cada cosa en su sitio.
Se trataba de la opera “Der ferne klang” (Un sonido lejano), del compositor alemán Franz Schreker (1878-1934), representada por primera vez en Frankfurt en 1912. Este compositor murió a los 56 años, un año después de sufrir un ataque al corazón provocado, sin duda, por el golpe que supuso en su ánimo la decisión adoptada por el régimen nacional socialista de prohibir su obra. Toda su creación, y no sólo operística, sino sinfónica, de cámara y coral, fue silenciada y prohibida al ser incluida en la lista de “entartete musik” (música degenerada). Por si el enterramiento en vida del artista no hubiese sido suficiente, Schreker fue fulminantemente destituido como profesor de composición en la Academia Prusiana de la Artes.
Pues yo temía volver a asistir a algo parecido a lo que pasó con “Lulú”, la ópera con la que nos despedimos la temporada pasada. Volver a sorprenderme con una música atonal, chirriante, alejada de los principios estéticos que mi poco educado oído demanda, y ciertamente incomprensible o indisfrutable, al menos si es para ser oída en inmovilidad y silencio durante casi tres horas. No.
Sin embargo, disfruté. Disfruté mucho. La música resultó ser tonal, magnífica, sentida, acorde con la historia que se narraba en el escenario. La soprano, Astrid Weber, un prodigio de inspiración, tanto en la voz como en la interpretación del personaje de Gretel, la muchacha enamorada que se ve abocada a dedicarse a la prostitución tras apostársela su padre con el tabernero. La escenografía, rompedora, novísima para mí, apenas sin decorados físicos, ya que todos los elementos del atrezzo eran creados proyectando luz sobre el escenario. La orquesta sonó sublime, perfectamente dirigida por el nuevo maestro al cargo (Halffter, 1971).
Mereció la pena. Y pensar que me pude haber quedado en casa viendo Amarcord, de Fellini, una de mis películas favoritas, por –digamos- vigesimoquinta vez…