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Entre Mozart, Pérez y Perianes

Archivado en General • Fecha: 18-11-2006 11:54:09

Se celebró el segundo concierto de la temporada de abono de la ROSS con un lleno que no se veía desde hace mucho tiempo.

Tuve una novia que lloraba por varios motivos. Entre ellos se incluía cualquier obra pianística de Chopin y, cómo no, la Sinfonía Incompleta (Nº 7 en Si menor, compuesta en 1822) de Franz Schubert (1797-1828). Anoche, el 2º concierto de abono de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla se cerraba con esta sinfonía inacabada. No sé si mi antigua novia habrá llorado esta noche, puede que no, no tiene por qué. Ni ya es mi novia, ni estaba allí y es posible que, tantos años más tarde, la enternezcan otro tipo de emociones.
La otra obra interesante de la noche, de entre las cuatro interpretadas y por la que, principalmente, ha merecido la pena acudir al Maestranza, ha sido el concierto nº 21 en do mayor de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), compuesta seis años antes de la muerte del genio. El piano estaba en las manos de Javier Perianes, el joven intérprete de Huelva, del que ya en 2003 me decían “contrátalo ahora que todavía lo puedes pagar, dentro de poco no podrás”.
Es un hecho que Perianes crece en cada aparición (viene prácticamente una vez al año) ante su público de Sevilla, y esta noche nos ha vuelto a deleitar tocando un Mozart sentido y voluptuoso. Amplio y lento. Ha mandado desde el principio en la sinfonía, como lo haría un buen torero de los que ejercen a ciento cincuenta metros, según se anda por la misma acera del Paseo de Colón, hacia la derecha.
El segundo movimiento (Andante) ha sido especialmente hermoso (quizás el más conocido por la “clase de tropa” musical como yo). Perianes ha llevado a la orquesta a su terreno, ha hecho un toreo lento, recreándose en la suerte, y la ROSS, completamente seducida, ha ido dócil tras él, girando, subiendo o bajando hasta hacerse pequeña para no tapar al piano. Si Perianes se venía arriba o se lo insinuaba, la ROSS lo seguía con alborozo, entregada.
La dirección del concierto ha estado al cargo del maestro jerezano Juan Luis Pérez, el director que en mayor número de ocasiones ha dirigido a la ROSS. Pérez ha estado aseado en Schubert, donde la música ha sonado plana, con los matices justos, consiguiendo transmitirme una dosis mínima de emoción. Sin embargo, la maravilla conseguida esta noche con el 21 de Mozart ha tenido mucho que ver con quien sostenía la batuta. Seguro.
Pérez apenas si hace aspavientos. Tampoco baila sobre el podio. Su dirección carece de toda teatralidad, lo cual a veces puede hacerle parecer anodino o aburrido, pero se entrega y está en control de la música que sale de la orquesta. Y además lo disfruta, eso se le nota. No sé si seguirá pensando lo que me dijo la primera vez que firmé un contrato con él: “Os empeñáis en pagarme a mí, pero si me dijerais que os pagara yo a vosotros por dirigir a la ROSS, lo haría con gusto”. Creo que decía la verdad.
Tanto en una obra como en la otra, quisiera destacar la maravillosa interpretación del solista de oboe, José Manuel González Monteagudo, ese valenciano sencillo y sabio que vino a Sevilla a echar los dientes y que hace mucho que es uno de los grandes valores de esta orquesta. Nunca decepciona. Junto a él, la nueva solista de flauta, Clare Chanelet, también muy inspirada.
Las otras dos obras que rellenaban el programa, casi indiferentes. La que abrió la noche fue “El árbol de Diana” (1787) composición de Vicente Martín y Soler, que me resultó anodina, como una imagen demasiado vista, a pesar de que era la primera vez que me enfrentaba a ella.
En tercer lugar, tras la emoción de ver y oír a Mozart y Perianes enredados, sonó el poema sinfónico de Franz Liszt “De la cuna a la tumba” (1881-2). Yo calificaría esta obra como "de estudio" o "de experimentación". Roma y carente de brillo. Para olvidar. Quizás Liszt fuera un gran intérprete, pero no ha pasado a la historia como un gran compositor, aunque dice mucho de él que fuera un adelantado componiendo poemas sinfónicos, obras que tomarían carta de naturaleza unos años más tarde.
En conclusión, bella noche de música en la que dio gusto volver a ver la sala del Teatro Maestranza repleta de público. No cabía un alma. Desde hace casi dos años se veían preocupantes huecos por doquier, cada jueves y cada viernes de concierto, lo que hacía que la “media entrada” fuese el tenor habitual. Curiosamente, esa situación se daba desde que la programación era propuesta por el nuevo director artístico (Pedro Halffter, 1971). Y no hay que pensar mucho o haber hablado con mucho aficionado para saber que la razón era una proporción elevada (repito “una proporción elevada”) de obras contemporáneas y atonales en el programa de abono de la ROSS. Quizás el lleno tenga que ver, pues, con tres aspectos fundamentales: el programa a interpretar, la dirección y el solista.

Pequeños detalles:

A la conclusión de la pieza de Liszt, el maestro Pérez tuvo un gesto singular por poco habitual: levantó a toda la sección de violas. La mayoría de sus diez componentes agradecieron el guiño con sonrisas sinceras mientras disfrutaban del aplauso, sobre todo el georgiano Archil Pochkhua, que incluso se esforzaba en decirle algo al maestro en su camino hacia entre bastidores tras saludar.
Me pregunto cómo el tuba donostiarra Juan Carlos Pérez Calleja se pudo levantar de su sitio antes de que se diera por terminada una de las obras. Según mi criterio, una interpretación no está terminada hasta que el maestro sale por última vez a saludar a reclamo del público. Pérez Calleja se cruzó con el maestro Juan Luis Pérez cuando éste salía a saludar por segunda vez. Inaudito o inaceptable o las dos cosas. Una falta de respeto con el director y con el público.
Iñaki Martín, uno de los cuatro percusionistas de la ROSS, asumió (tras mucho tiempo) la responsabilidad de los timbales. Puede que por descanso reglamentario del titular o por una nueva baja por enfermedad del “temperamental” Peter Derheimer. Iñaki estuvo estático, demasiado envarado. Se echó de menos al americano, que tendrá las manías que tenga o digan que tiene, pero es un número uno en lo suyo.
No entiendo cómo una gran intérprete, como lo es la británica Sarah Bishop, solista de corno inglés, puede adoptar según qué posturas físicas durante la interpretación de un concierto sinfónico de las características del de anoche. Ni aunque fuera una sesión de fin de curso en un colegio. Por ejemplo, apoyar la barbilla sobre la palma de la mano, mirando en diferentes direcciones, todas distintas al podio del director, taparse la boca con la palma de la mano mientras no toca, dejar la mirada fija en el techo o saludar sonriendo a alguien en el público. Tan inaudito como inaceptable.
Por no hablar de algunas profesoras que confunden “vestir de negro” para el concierto con ponerse unos pantalones negros de pana o terciopelo y un jersey de lo más vulgar. Si los profesores aguantan impasibles su chaqué negro y su pajarita blanca, las señoras deberían hacer otro tanto. La estética del evento es muy importante. Como dijo Igor Fedorovich Stravinsky "No basta con oír la música, además hay que verla".

Escrito por Quintin de Parma
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