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La mirada del enfermero (Luis Miguel Rufino)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 18-11-2006 08:05:25

Este relato recibió el Primer Premio del III Certamen de Relato Corto de la Universidad Carlos III de Madrid en abril de 2005

La foto muestra a un enfermero casi sentado, más bien apoyado, sobre el borde de una camilla abandonada por alguien junto a una pared. Tiene las piernas estiradas. Un pie toca el suelo con el tacón y sobre su empeine reposa el otro. Está vestido con una bata blanca de las antiguas, de las que se cerraban a la espalda. El cuello alto, de tirilla, está desabrochado, quizás para aliviar el cansancio que parece pesarle tanto. Sostiene una taza de café a la altura del pecho, no se ve si llena o vacía, pero ha debido terminar ya de darle vueltas con la cucharilla. Debe ser de madrugada. Es probable que sea por la fatiga, pero parece relajado y está abstraído.
El pie de foto dice que la imagen fue captada en el pasillo de un hospital francés en el norte de África, en los años cuarenta, durante una catástrofe y explica que el enfermero ha estado trabajando dieciséis horas sin interrupción, y que por fin, agotado, puede parar a descansar un poco y saborear un café.
Hay algo que me atrae, que me intriga en esa foto, en ese hombre, en ese tiempo y en ese lugar, sea el que sea. Y quiero descubrir qué es, por qué me seduce de la manera en que lo hace. No es la información que da el pie de foto, escueta e incompleta, que pasará directamente al olvido en pocos días, quizá en horas. No es el colorido, que no hay tal, sino blanco y negro de altísimo contraste, casi sin grises, y aunque me impresiona el dramatismo que sugiere la ausencia de tonalidades, comprendo que tampoco es eso. Vuelvo a fijarme en su cuerpo inmóvil. Me concentro en su rostro. Es su mirada lo que atrapa toda mi atención. Hay algo en la mirada del enfermero.
Noto que sus ojos inmóviles me invitan a entrar en la foto. Quieren decirme algo. Sé que su mundo no tiene nada que ver con el mío o conmigo, pero tengo ganas de dejarme convencer y entrar allí, aunque no sepa dónde me meto, ni qué pueda suponer para mí interpretar su mensaje inquietante, si es que consigo descifrarlo. En realidad es probable que nada de lo que le pasa al enfermero me incumba, tan tranquilo como estoy en el lado de acá del mundo, simplemente miro una foto desde fuera, aunque me interese traducir su mirada abatida al lenguaje de los hombres, al que hablamos, pero me es muy difícil y además estoy conmovido. Y es que el asunto, sea lo que sea lo que esté pasando en ese hospital, no va con el que se queda de este lado, con el que sólo pretende hacer alguna conjetura, sin asumir ningún riesgo por llegar a saber.
El enfermero está transportado, ido a otro mundo al que yo ya he decidido ir, por qué no, aunque sólo sea durante un rato, sí, por poco tiempo, sólo a mirar, sin molestar a nadie, ir y volver, resultar invisible, ir allí para volver sabiendo qué es lo que han visto esos ojos, o qué presienten que van a ver dentro de un rato, o qué no quisieran haber visto hace unas horas, o unos minutos pero que, por desgracia, no han tenido más remedio que ver. Saber cuál fue la catástrofe que le proporcionó tanto trabajo como para dejarlo extenuado –un temblor de tierra, una bomba, una riada, un ataque aéreo–, qué deberían estar oyendo sus oídos pero no oyen, o no quieren oír, a qué huele en ese hospital francés –probablemente en Argelia–, cómo suenan los hules de la mesa del quirófano cuando los limpian con prisa tras retirar un cuerpo para subir a otro, por qué el enfermero tiene las uñas negras, por qué sus suelas de cuero han pisado, sin quererlo, tanta sangre ahora coagulada…
El enfermero sostiene su taza de café y mira al vacío. Aunque la pared del pasillo debe estar a menos de dos metros de su cara, sus ojos miran más allá, no más lejos, sino más allá, a esa distancia indeterminada a la que miran los ojos que no pretenden ver, una distancia abstracta y vaga, cuya esencia no se puede medir en metros o en pulgadas, que no es infinita pero sí es suficiente como para permitir que el cerebro se separe del cuerpo en el que gobierna y haga que su dueño no vea ni oiga lo que tiene próximo, delante o alrededor. Y el enfermero necesita salir de aquel hospital, olvidar el horror de los cuerpos hendidos, de la carne inerte, del grito pidiendo ayuda que nadie conforta, del calor de la sangre ajena manchando la bata propia o instalada, sin más, en negro bajo sus uñas.

Y no huye porque su mayor deseo es encontrar alguna utilidad a su vida y en pos de ella, ha elegido trasegar con los cuerpos de los que la están perdiendo, la van a perder o la han perdido ya.

La voz imperiosa de Sor Eugénie hace que el enfermero retorne con brusquedad de donde quiera que su pensamiento estuviera. El sonido viene de su izquierda y, como si le tirase de una manga, le devuelve a la realidad del hospital. Ahora hace frío.
–Bertrand, ¿está usted sordo?... Le estoy llamando desde hace un rato… por favor acuda con urgencia a la sala B. Acaban de traer a varios niños de la escuela pública de Saint Honoré. Están quitando escombros y parece que van a sacar cuerpos durante toda la noche... Vite, vite!
El enfermero mira a su izquierda y ve que la monja ya le ha dado la espalda y camina con prisa hacia la sala B acompañada por el sonido del vuelo almidonado de las alas de su toca. Vuelve su mirada a la taza de café, saca la cucharilla, la chupa y se la guarda en el bolsillo derecho de la bata. Bebe el poco café que le queda de un solo trago. Está templado ya. Se separa de la camilla y anda hacia su derecha por el pasillo.
A los pocos metros gira y entra en el aseo de hombres. No hay nadie. Se para delante de uno de los retretes de porcelana blanca. Se alza la bata y la mantiene alejada de sus pantalones con ambos antebrazos. Se desabrocha tres botones de la bragueta y se queda muy quieto, preparado. Pero tarda en llegar. Vuelve la cabeza al techo y suspira con los ojos cerrados. Cada vez le cuesta más orinar de forma larga y continua. Debe de ser la próstata. Vuelve a suspirar. Baja los ojos y mira dentro del váter. Hay cuatro manchitas oscuras, marrones, no demasiado grandes, de forma irregular, pegadas a la superficie blanca, en la pendiente que cae hacia donde sólo hay un poco de agua amarillenta. Tira de la cadena y cae más agua, no mucha. Los cuatro fragmentos se mantienen firmes y brillantes donde estaban, ninguno se deja arrastrar por la avalancha de la cisterna. Calibra mentalmente el grado de adherencia de las máculas a la porcelana. No parece que estén demasiado secas o que sean demasiado antiguas. Interrumpe sus pesquisas cuando siente que su chorro está a punto de salir. Lo deja fluir con alivio. Ayudándose con la mano, apunta a la primera de las manchas, a la más grande. El extremo de su cascada la golpea de lleno durante dos o tres segundos. La efusión es abundante y el trozo se desprende con facilidad y cae en el agua en el fondo del váter. Vuelve a suspirar. Lo intenta ahora con la segunda en tamaño, el chorro aún mana con fuerza y la mancha cae también con suavidad para terminar perdiéndose en el fondo del retrete. Apunta a la tercera, pero nota que el caudal es ya débil, le es difícil acertar, incluso le cuesta trabajo apuntar con un mínimo de precisión. El chorro le pasa varias veces por encima pero no atina durante el suficiente tiempo, ni con la intensidad necesaria, como para que se despegue de la porcelana. La corriente cesa casi del todo, la curva de caída es ya tan plana que incluso se tiene que arrimar al borde de taza para que las últimas gotas no caigan en el suelo o sobre sus zapatos.
Ha quitado dos y ha dejado dos. Cree que ha hecho bastante. Lo cree con sinceridad. Lo mismo que durante las últimas dieciséis horas limpiando sangre y cosiendo piel. Cree que ha hecho bastante. No tiene por qué arreglar todo lo que está mal en este mundo, ni siquiera en este hospital –que para eso ya están los médicos–, ni siquiera en este aseo público –que para eso ya están los limpiadores–. Él ya tiene bastante con hacer todo lo que hace. O todo lo que puede. O todo lo que le dejan. Preocuparse tanto es el trabajo que Dios debería asumir, y que por alguna razón, no asume.

Escrito por Quintin de Parma
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