En este cuento, mi amiga Pura nos introduce en un mundo mágico del que nos cuesta despertar.
Entro en silencio para no despertar a nadie. Alfonso duerme con los ojos muy abiertos, la vista fija en el monitor del ordenador. Tere dormita con el teléfono en la mano y Gonzalo tiene un sueño inquieto, se revuelve en su silla giratoria y murmura incongruencias. A ratos atropella un par de teclas con sus torpes dedos, escribe algo así como lkjñlksdfs y luego sigue murmurando incongruencias, palabras sueltas acerca de índices de productividad. El jefe de área ronca claramente a través de la pared de cristal de su despacho, aunque a él mismo no se le ve. La limpiadora duerme rebuscando el trapo de los cristales, que no aparece en el cubo, mientras reniega en polaco. Todos duermen en la oficina desde hace años, bajo el peso de la rutina. Sólo yo me resisto a hacerlo. He encontrado una puerta para entrar y salir del sueño a mi antojo y me obligo a utilizarla a diario para no olvidar donde está. Sin embargo, cada día estoy más agotada y me ronda el sopor como una mosca molesta que a veces me canso de apartar de mí. Un día cualquiera me rindo, me arrellano en una de las sillas de la sala de reuniones, echo hacia atrás la cabeza y cierro los ojos despacio, mientras los abro en mi habitación.
Pepe Amodeo — 26-11-2006 01:27:13
Pura Escobar — 28-11-2006 09:43:00