Me aficioné a la prosa de Carmela leyendo este relato, el primer texto suyo que cayó en mis manos. Estaba perdido en un libro antológico de 272 páginas que publicó la editorial Beta de Bilbao: “Patrisita y otros relatos”. Me sorprendió su capacidad para meterme en aquel barrio, oír aquellos balonazos contra la persiana metálica y estar presente en las vidas de unas personas a las que no conocía de nada, sobre todo, percibir con claridad la relación entre la madre y su hijo. Espero que os parezca tan cautivador como me lo pareció a mí.
Cada día se repite la misma historia. Cada día, mañana y tarde, el niño juega al fútbol en la plaza. Desde mi casa se oye la explosión que él provoca cuando mete un gol en alguna de las persianas metálicas de los garajes. Parece desmesurado tanto ruido para tan poco niño. Un niño tapón. Así le llamo yo. Tan bajito y regordete que engaña sin saberlo a aquel que no sepa que ya tiene trece años. Trece bajos y regordetes años. Un tapón. El vivo retrato del tapón de su padre. Bajito y regordete, también. Y de su madre. Los vecinos tapones del quinto A. A veces baja a jugar con él otro crío de la misma edad, alto y esbelto, y parece mentira que tengan los mismos años, que vayan juntos al mismo curso, que mantengan la misma afición futbolera, que puedan hablar de temas comunes. Parece mentira.
Ahora, en verano, se hacen más insoportable los goles que explotan en las persianas metálicas de los garajes de la plaza porque tenemos que mantener las ventanas abiertas, a pesar de las voces que corean los triunfos de los distintos equipos. A pesar de los mosquitos. Si te asomas por la ventana sólo ves al niño tapón y a dos o tres más y te preguntas si no tienen padres que los acojan en sus respectivas casas o, tal vez por eso, esos padres prefieren dejarlos en la calle hasta altas horas de la noche para descansar de hijos adolescentes que únicamente se dignan a hablar, aunque sea a gritos, con los de su misma especie.
Miro al mío, a mi adolescente, que pasa por delante y me tapa, brevemente, las imágenes de la película de esta noche. Viene de la cocina y se dirige a su cuarto con un vaso de agua lleno de cubitos que al mecerse hacen clin clin clin en el vidrio. Me callo el típico comentario que podría soltar ante un vaso de agua helada. Su pelo, empapado de sudor, se le queda pegado por la frente y le tapa un ojo. Siempre le tapa un ojo, como si fuera un pirata. Cuando a la hora de la comida o de la cena me encuentro con ese ojo tapado, le digo que se lo aparte de la cara y el adolescente de mi hijo lanza un bufido y se pone el mechón detrás de la oreja. Una oreja que está cediendo ante el paso del tiempo con tantos mechones sostenidos en su parte posterior. Se lo digo a mi hijo, que la oreja se le quedará en plan Dumbo, y suelta otro bufido que ya no me dedico a analizar mientras retira su plato y se va a su habitación. Siempre acaba yéndose a su habitación. Ahora que pasa delante de la tele le tendría que preguntar si se ha lavado los dientes. Pero para qué. Sus monosílabos me dejan extenuada, al borde de un agotamiento mental que no creo que sea sano, ni creo que me merezca.
Esta noche el niño tapón no deja de chutar contra las persianas metálicas. Una y otra vez. Bumba, bumba. Por eso no oigo la película y tengo que poner la opción de los subtítulos. Tendría que estar de mal humor por el jaleo del Tapón, por el calor, por los mosquitos, por ser una solitaria madre a la que su hijo adolescente no le habla desde hace una semana. Tendría que estar de mal humor, sí. Pero me siento tremendamente cansada. Cansada de los goles que explotan en la persiana, del calor que me impedirá dormir una noche más, de los mosquitos que me zumbarán encima en cuanto apague la luz, de los silencios de mi hijo. Sobretodo de sus silencios. Y de mi soledad. Eso es lo que más me agota: el estar sola aún estando acompañada. Ayer llegué a esta conclusión, la de estar sola aún estando acompañada, y esta mañana una compañera de la oficina me dice, muy contenta por su descubrimiento, que Francis Bacon, siglos atrás, ya dijo que la peor soledad era estar desprovisto de amistad sincera. O algo así, me dijo Alicia. Ella siempre suelta cosas como éstas, de repente, sin que vengan a cuento, ya que vive en el país de sus propias maravillas. A lo mejor mañana rectifica y añade que no fue Bacon el que dijo eso o que la frase no era así exactamente o ves a saber qué. Pero me hirió en lo más profundo. Sin quererlo, me hirió. Su misión fue soltar esas palabras para que las recogiera alguien de los nueve que estamos en el despacho. Nueve. ¿Y a quién fue a dar el dardo de su frase? A mí. Y ahora estoy mortalmente herida, porque hace tiempo que dejé de confiar en los que antes se hacían llamar amigos. En los que antes se hacían pasar por tales. Así pues, ¿a quién le voy a contar que tras lo que me costó quedar embarazada de Luisito y cómo he llegado a disfrutar siendo madre de él, cómo ahora, a sus trece años y en plena adolescencia, si pudiera, lo daría en adopción? Además, nadie se lo quedaría, por supuesto. En cuanto vieran su pelo parcheando uno de sus ojos, da igual qué ojo, en cuanto oyeran sus monosílabos, en cuanto abrazaran continuamente un cuerpo que no devuelve achuchones ni besos... ¿cuánto iba a durar en casa ajena? Nada, ya lo sé yo.
Parece ser que al Tapón le ha entrado un cansancio repentino y ha abandonado la plaza de las persianas explosivas. Oigo, por fin, la voz de los actores en la tele, el zumbido de los mosquitos y el del ventilador. La paz aparentemente me rodea. Aprovecho la publicidad que ofrecen los de Tele 5 y me levanto a recoger los platos de la cena. Angustiosa visión del caos. Prefiero cerrar los ojos y la puerta de la cocina. Voy a lavarme los dientes mientras mi conciencia me exige volver a los platos sucios que seguirán existiendo a la hora del desayuno si no pongo remedio ahora. Paso de nuevo ante el televisor, la publicidad sigue y yo la aprovecho para ir a ver a Luisito. Se le ve tan desprotegido, tan frágil, tan desamparado... Dormido con la ventana abierta, a pesar de que el niño tapón y sus seguidores hoy han batido el récord de explosiones futboleras.
Qué paz hay en estos momentos. Y el adolescente de mi hijo durmiendo ajeno a este monólogo de locos, a esta conversación solitaria y muda que nadie puede recoger. ¿Pero por qué llevará este pelo tan largo, tan pegado a las orejas, tan...?
Regreso al comedor. Un cuarto de hora de publicidad y la película sigue sin reanudarse. Decido apagar la tele y ordenar la cocina. Lo último que meto en el lavaplatos son las tijeras. Las tijeras. No sé por qué las vuelvo a coger, pero las seco con un trapo y me dirijo con paso decidido a la habitación de Luisito. Y tris tras tris tras le corto ese flequillo que él utiliza para sacarme de quicio. Tris tras tris tras, ya que estoy en ello, le corto, además, el cabello que le cae por la espalda. Me digo que como a él siempre le parece que obro mal, haga lo que haga, y que prefiere estar enfadado y contestar con monosílabos antes que contarme algo o prestar atención a lo que yo tenga que explicar, pues me digo que me da igual que me chille por la mañana cuando se despierte o que no me vuelva a hablar en la vida. Si ya lo hace. El chillarme y el no hablarme. No tengo nada que perder y mucho que ganar. Al menos, ahora, cuando le mire, veré sus lindos ojos. Porque mira que tiene los ojos bonitos, el puñetero. Son iguales que los míos.