Desde Ushuaia, en la Tierra del Fuego, nuestro amigo Bernardo nos vuelve a enviar una de sus creaciones. Es una historia muy dura pero, desafortunadamente, no por ello menos común.
Se despertó de la anestesia con la imagen de aquella playa en la cabeza. El recuerdo era vivo, lleno de colorido, sonidos y olores. Se clavaba en la mitad de su frente: Sur de Cádiz, tarde de primavera, media hora antes del ocaso, nadie sobre la arena ni a derecha ni a izquierda. ¿Era verdad que estaba sola? Volvió la cabeza hacia atrás y sólo vio los chalets de los alemanes que la miraban hieráticos y, en apariencia, deshabitados desde allá arriba, en la falda de la colina, rodeados de césped, ¿cómo conseguirían mantener un césped tan bien cuidado justo a la orilla del mar? No trató de contestarse, la respuesta le daba igual. Con un gesto muy lento, se quitó los tirantes del bañador, enganchándolos con el dedo pulgar y deslizándolos alternativamente desde el hombro hasta el codo. Cuando la prenda estuvo en su cintura, con las dos manos la empujó hacia abajo hasta hacerla reposar sobre sus tobillos. Sin mirar, golpeó suavemente con el empeine hasta que la prenda desparramó su escaso volumen sobre la arena. Cerró los ojos. Sintió el viento de Levante que le venía por su izquierda: era cálido y en ese momento parecía aliarse con sus sensaciones para soplar suavemente y no perturbar el momento de ensimismamiento que estaba experimentando. Sintió como ese viento la rozaba entera por primera vez en su vida. Ese viento y cualquier otro viento. Toda su piel entre las manos ávidas de ese viejo conocido que hoy la acariciaba con la avidez de la novedad, como un amante furtivo que atrapara a escondidas y con prisas lo que sabe que no es suyo. Nunca había estado desnuda a la intemperie. Respiró profundamente, apretando los ojos, y sintió como el aire marino le penetraba por su nariz y se expandía dentro de su cuerpo empujando toda su piel hacia afuera. Abrió los ojos y miró al mar. Estaba azul oscuro, de un azul serio, imperturbable, proclamando la enorme profundidad de la que era único dueño. Metros y metros de calado de agua azul oscura. La profundidad, la oscuridad, la cantidad de agua que nadie abarcaría jamás. Se fijó en cómo el mar se empeñaba firmemente en marcar las distancias con el cielo, su enemigo, que empezaba a arrebolarse trocando el anaranjado en rosa para acabar muriendo en bermellón. Para dejar claras cuáles eran sus diferencias con ese cielo fatuo y cambiante, el mar delineaba con rotundidad un horizonte que, tanto a derecha como a izquierda, se combaba ligeramente hacia abajo. Bajó su mirada y vio su piel desnuda. Estiró el cuello y vio como los poros de la piel de sus hombros, de sus pechos, de su barriga y de sus muslos, se hinchaban y se elevaban por la sensación de escalofrío. Sonrió para sí. No era la temperatura lo que le producía la excitación. El viento era su aliado esta tarde, un amigo, un amante al que le dejaba hacer sobre su cuerpo indolente. Levantó de nuevo la mirada y vio, allá enfrente, justo por encima del horizonte, borrosamente, entre las brumas de alguna pequeña tormenta que se alejaba a la vez que se retiraba la tarde, las costas de África. Las costas de Marruecos. Su casa. O lo que había sido su casa hasta que decidió buscar un mundo más ancho.
Sonrió pensando lo cerca y lo lejos que estaba de su origen. Allí, ninguna mujer osaría estar desnuda en una cala frente al mar, ni siquiera teniendo la certidumbre de estar sola. Nadie lo haría. Ni siquiera ella, la hija mimada del rico comerciante, la iconoclasta, la adelantada, la moderna, la rompedora, la que sus compatriotas –con desprecio marroquí- llamaban “la española”. Allí, en la tierra donde se crió y donde la mimaron hasta lo indecible, el cuerpo de la mujer era un tesoro que se guardaba primorosamente. El cuerpo de la mujer no se exhibía, ni siquiera ante la soledad de un mar viejo y soñoliento al atardecer. Contempló sus pechos con detenimiento. Eran firmes y redondos, tirando a gordos. Se tocó la base del derecho con la punta de los dedos. Estaba duro. Las areolas eran amplias y oscuras. Los pezones estaban de punta. ¿Era el viento de Levante quién los hacía estirarse apuntando hacia África o era la turbación de mostrarse desnuda ante aquellas costas tan cercanas y tan lejanas al mismo tiempo, llenas de hombres y mujeres que nunca antes la habían entendido, ni llegarían a entenderla jamás? Daba igual. Su vida estaba lejos de Marruecos. Era libre, era joven, estaba llena de ilusiones y de proyectos. En España encontraría el agua que calmara la sed de sus ambiciones. Dieciocho años era una buena edad para empezar. Sola y de cero. Adiós papá, adiós a tu dinero. Adiós mamá, adiós a tus normas. Adiós hermanos, hermanas, cuñadas y cuñados, tíos y primas, ayas, tatas y nurses. Adiós a todos. Mi vida es mía. Os quiero pero adiós. Este es mi cuerpo, esta soy yo. Mirad como me estremezco en mi soledad y en mi alegría. Me voy a encontrar mi vida. La buscaré yo, no me busquéis a mí. Adiós para siempre. Adiós. Inshalláh.
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Miró su brazo extendido inerte sobre la cama y siguió con la vista el recorrido completo: desde la aguja clavada en su vena hasta el bote de cristal que colgaba de aquel soporte metálico con la pintura de minio desconchada. Un largo tubo de plástico unía la aguja con el bote. Un líquido transparente se deslizaba gota a gota por dentro de aquel escaparate alargado, estrecho, circular, flexible y descendente. Ella estaba mal y ese líquido se deslizaba, desde el bote hasta su cuerpo, con la intención de hacerla estar bien... para curarla. Se lo quiso creer. Una vez más se lo quiso creer con todas sus fuerzas, pero no. Ya tenía experiencia. Esa escena le era dolorosamente familiar. Exprimió un par de lágrimas con cada ojo. No pensó en nada durante dos minutos o más. Cuando abrió de nuevo los ojos se fijó en la habitación: la televisión de monedas, la mesilla de noche sobre la que dormitaba aquel teléfono beige y antiguo, la manivela a los pies de la cama, la puerta del cuarto de baño y la ventana abierta por la que entraba aquella luz anaranjada que cambiaría pronto a rosa para acabar muriendo en bermellón. Igual que aquel otro día. Y recordó la Playa de los Alemanes. Volvió a cerrar los ojos y evocó el viento de Levante, acariciándole aquellos pechos que fueron duros y redondos y que ahora, el segundo, el único que le quedaba, estaría siendo incinerado en el crematorio del hospital, viajando hacia el cielo de los pechos amputados para reunirse para siempre con su hermano gemelo que lo esperaba allí desde hacía tres años. Los dos se habían ido dejándola sola en la tierra. Ya no estaba ninguno de aquellos pechos que la habían ayudado a sentirse atractiva, los que las bocas y los dedos de los hombres de su vida habían usado para estremecerla de placer. Aquel placer, suave o fuerte, que en el futuro sólo encontraría en sus recuerdos. Estaba a solas sin sus pechos. Estaba a solas sin amantes. Estaba a solas sin su familia. Estaba sola, sola. O eso creía ella.
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Pero no, no lo estaba. Estaba Miguel, allí frente a ella, a los pies de la cama, enseñándole una sonrisa artificial que no podía disimular, con los diez dedos crispados agarrando los barrotes de los pies de su cama. Ella le devolvió otra sonrisa de labios secos y cuarteados, con la desgana propia de los que se sienten mal en la cama de un hospital y agradeció su presencia con quiebro de la mirada. Miguel le hablaba de lo que había dicho el médico al salir del quirófano, de lo bien que había salido todo, de lo pronto que estaría de vuelta en casa... pero sus palabras iban perdiendo volumen poco a poco, mientras ella cerraba de nuevo los ojos, la voz de Miguel se iba desvaneciendo hasta que se re encontró con su propio silencio. Volvió a estar sola y se concentró intensamente en su tórax. Trató de imaginarse las formas que en ese momento se esconderían bajo las vendas. Se imaginó la piel lacerada y tumefacta, las cicatrices rojizas recién cosidas, los puntos empezando a ennegrecer, las manchas de yodo... y vio con claridad el destrozo. Su propio destrozo. Se dio pena y quiso llorar. Pero no pudo. Volvió a abrir los ojos y deseó con todas sus fuerzas que Miguel continuara allí, que no se hubiera ido, que en la habitación aún hubiera alguien.
Sí, gracias al cielo, allí seguía. Lo miró agradecida. Continuaba inmóvil a los pies de la cama, igual de cariacontecido, con la boca crispada. Ella le sonrió y dijo: “Voy a estar bien. Voy a salir adelante... pero no me dejes. No me dejes nunca... por favor”. Miguel –por fin- se liberó, se hizo muy fuerte e hizo lo que tenía que haber hecho mucho antes: Llorar. Llorar tranquilo y a gusto, ruidosamente, como un hombre. Dio dos pasos y se colocó a un lado de la cama –el lado donde no estaba el tubo que seguía mandando impertérrito una gota tras otra- y con sus dos manos le cogió la suya. El negro de sus ojos se hincó en el celeste de los de él y sólo dijo: “Inshallá”.
Blosit — 07-12-2006 12:50:25
Charli — 07-12-2006 12:52:36
Bosco Fdez. Calzadilla — 07-12-2006 23:06:56