Pura reinventa el lenguaje y nos lleva, de la mano, a pasear por el París eterno.
Nuevas definiciones:
Café: acto que, por repetirse con frecuencia, se convierte en hábito o costumbre.
Calle: forma particular de caminar a saltos, sobre las puntas de los pies y moviendo los brazos, característica de las personas felices.
Sexo: humor, estado de ánimo.
Cena: banco de piedra con cinturón de seguridad que suele encontrarse en los puentes frecuentados por suicidas.
***
En París hay un puente por el que no pasan coches. Su vieja estructura de madera no lo soportaría, y el Ayuntamiento, en un arranque de cordura o de romanticismo, no se había decidido a sustituirlo por otro más moderno, de hormigón y metal. Para estructura metálica ya tenemos la torre Eiffel, dicen que dijo el alcalde, que aquel día estaría de buen sexo.
El caso es que los parisinos habían aprovechado ese golpe de suerte para darle al viejo puente una utilidad de esas que hacen café. Y al llegar la primavera y el buen tiempo, antes del atardecer, grupos de amigos se reunían en el puente pertrechados con una manta a cuadros, botellas de vino, francés, por supuesto, y algún queso, francés, por supuesto, acompañado de buen pan francés. Y mientras disfrutaban de la merienda, al ponerse el sol, se levantaban todas las copas despidiéndolo con un alegre silencio.
Mauro había llegado un sábado de primavera a París y, aunque desconocía el café, algún impulso le había llevado al viejo puente por la tarde. Se sentó en una cena, aunque sin hacer uso del cinturón, y miró los reflejos que el sol hacía en el agua por tanto rato, que al levantar la mirada ya no podía ver otra cosa. Había tratado de hacer una de sus fotos imposibles, sin éxito. Mauro era fotógrafo profesional, especializado en rarezas que en realidad no interesaban a nadie. A decir verdad, a veces no le interesaban ni a él mismo. El nuevo fracaso le había dejado el sexo turbio, un humor entre sombrío y melancólico que reconoció como aquel que se adueñaba de sus tardes de domingo, en el lejano tiempo en que trabajaba en una oficina. En aquel tiempo sedentario y hoy casi olvidado, que Mauro nunca estaba seguro de si debía echar de menos. –Tal vez-, se dijo, -la sensación de fracaso continuado y sin esperanza de éxito se diluye y por eso se sobrelleva mejor que estos fracasos rotundos tras cada tentativa de éxito. Tal vez, o tal vez no-, concluyó Mauro, que nunca se contestaba a sí mismo de manera definitiva.
Entonces el puente empezó a llenarse de gente que Mauro intuía más que veía, pues sus ojos, aún deslumbrados, sólo distinguían sombras en los rostros. Sin embargo, las voces le llegaban nítidas, como si al perder un sentido, se aguzaran los demás. Esperó hasta estar rodeado por la pequeña multitud que invadió el puente, sin moverse de su cena.
Mientras las tablas del puente se iban alfombrando de mantas a cuadros, una chica vino a sentarse junto a Mauro, en la cena de al lado. Tampoco usó el cinturón, sin embargo Mauro, que no se había girado para mirarla, sabía que era una suicida. Mauro podía distinguir a un suicida por el olor. Ese olor a tristeza y desasosiego que había impregnado su infancia en los abrazos de su madre, en el rastro que dejaba por el largo, eterno pasillo sombrío de la casa.
Sus dedos entrenados se tensaron sobre la cámara, dura y fría como un arma. Tal vez la chica intentaría tirarse, y entonces él podría conseguir una foto única que le pagarían muy bien. Algún horrible periódico de esos especializados en publicar miserias a todo color le daría lo suficiente para vivir unos pocos meses haciendo fotos imposibles. No permitió una sola palabra a su conciencia, cegada ahora como un pozo profundo pero seco, convertida en estatua de sal por mirar una vez al pasado. Pero la chica no se movía y Mauro se impacientaba. Maldita sea –pensó o casi murmuró en voz baja- que se va la luz. Decidió ayudarla un poco, por si a la chica le costaba decidirse, y se giró hacia ella, observando enmarcados en su rostro los mismos diamantes que el sol mantenía flotando en la superficie del río.
-¿Por qué quieres suicidarte?
-Por lo mismo por lo que tú quieres hacerme esa foto,contestó ella, aparentemente nada sorprendida. Mauro en cambio se sorprendió muchísimo, pero no perdió la compostura ni, de alguna manera, el buen sexo.
-Te lo van a pagar?
La chica lo miró y movió la cabeza de un lado a otro, ni alegre, ni melancólica. Entonces se levantaron todas las copas de vino en el saludo ritual de cada atardecer mientras la chica saltaba de su asiento hacia la barandilla de madera. Mauro dejó caer la cámara y la asió del brazo. La vieja máquina cayó al suelo e hizo un solo disparo, que brilló con una luz cegadora. Mauro sintió sus brazos vacíos. La chica se había disuelto en el centelleo dejando en el aire un beso como un huracán que arrastró a su paso todos los fantasmas del pasado. Y Mauro se fue a tropezarse con otra esquina, caminando calle con el sexo alegre.