Federico siempre dijo a todo el que lo quiso escuchar que él nunca se ganaría la vida con la literatura, pero que ese pequeño detalle no iba a impedirle escribir hasta gastar el último bolígrafo que quedara en las estanterías del estanco de su madre. Y creo que aún queda alguno.
Ahora que, por fin, he sabido que eres la reina de Saba, yo te llevaría mi ofrenda en dinares marroquíes, en cédulas nuevas y sin mácula, en billetes no tocados por la mano del hombre, entraría en tu salón del trono y me arrodillaría ante ti. Con primor extendería el contante sobre la alfombra, con todo el cuidado, uno a uno, sobre ese tapiz valioso, un kílim color verde primorosamente bordado hace centenas de años y luego... luego agacharía la vista con recato y pegaría mi frente contra el suelo esperando tus instrucciones, oh mi reina de Saba, fueran éstas precisas o vagas, dulces o dolorosas, alegres o sombrías...