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Me gusta ser calvo (Mª Fernanda Trujillo)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 08-12-2006 20:40:26

El protagonista de este cuento reivindica su imagen a pesar de lo estéticamente correcto.

En su familia no había ningún calvo. Por lo menos que él supiera. Por eso, cuando las sienes le empezaron a clarear se llevó, materialmente, las manos a la cabeza. A medida que pasaba el tiempo, las entradas eran más y más profundas y raro era el día en que el peine, de un blanco impecable, no aparecía rayado en negro por más de un cabello, simulando una mueca cruel.
Lo intentó todo. Bien sabe Dios que lo intentó. Pero fue en vano. Primero fue un reconocido dermatólogo el que lo trató de inmediato con un nuevo método de choque, sin resultados aparentes. Porque el peine seguía marcado con cabellos, tras la higiene, cada día. A aquel facultativo siguieron otros especialistas quienes prescribieron infinitud de lociones, ampollas y otras novedades farmacéuticas. Ahora también la almohada sufría los restos de su alopecia galopante y sobre aquélla, cada mañana, aparecían restos de cabellos abandonados a su suerte. A la homeopatía siguieron otros métodos alternativos. Ninguna novedad. La inquietud que sintió en un principio se convirtió en angustia. No soportaba verse, cada vez más calvo, despojado de aquel pelo negro que le había acompañado durante cuarenta años y sin el que no se reconocía en el espejo. Un día, desesperado, se decidió: si había que ir a aquella conocida curandera, iría.
Estaba confuso. No había creído jamás en esas supercherías, pero ahora era otra cuestión. Se trataba de salvar el cabello a la desesperada. Aquella mujer, medio bruja, medio embaucadora, quien sabía si... La curandera echó mano de todo su conocimiento y recetó un ungüento fabricado por ella misma que prometió milagroso. Eso sí: habría de ser muy constante al aplicarlo, noche tras y noche durante cuarenta días. El unto era oscuro y pegajoso de un olor nauseabundo y una textura gelatinosa y repugnante. Al principio, el emplaste sobre la cabeza lo asqueaba, pero a la mañana siguiente, tras la ducha, quedaba como nuevo. Al cabo de una semana creyó adivinar unos cuantos cabellos extras donde hacía poco no había sino piel tersa y brillante. Desde luego en el peine las púas aparecían limpias y alineadas. La almohada también estaba sin restos y el dibujo de la tela quedaba exento de cualquier cuerpo extraño. Continuó pues con el ejercicio de untarse, noche tras noche, el mejunje de la sanadora. Un pelo lustroso, recio y pujante seguía cubriendo la cabeza poco a poco. Por fin, la raya dejó a cada lado dos filas de cabellos perfectamente peinados y ordenados. Pronto hubo de cortárselos en la peluquería con más frecuencia. Poco después, una vez por semana. Y mientras más lo cortaba, más y mejor crecía. Hasta que, en favor de su economía, optó por cortárselo él mismo. Al fin y al cabo tampoco era tan difícil. Descubrió que habría de cortárselo cada tarde si quería peinarse con cierto orden por la mañana. E inmediatamente tuvo que seguir haciéndolo mañana y noche porque el ritmo de crecimiento había llegado a ser asombroso. Las tijeras se desafilaron y el pelo crecía y crecía sin cesar. Y mientras más lo cortaba, más y mejor crecía...
El crecimiento incontrolado lo obligaba a levantarse durante la noche y volverlo a cortar varias veces. Pero la melena le rebasaba los hombros hasta llegarle a los talones. Al día siguiente la cabellera le seguía, arrastrándola tras sí, por el pasillo. Pronto llegó a colgar escaleras abajo, saliendo por la ventana, como una madreselva, llegando a cubrir la fachada con una cortina negra y rizada. Se enredaba en ella una y otra vez y una y otra vez tenía que cortar y cortar y seguir cortando... Y la madeja se le ceñía, oprimiéndolo, como el capullo de un gusano de seda, y él, atrapado en su interior, quería gritar y no podía.

Se despertó de un sobresalto.
- ¿Qué te ha pasado toda la noche? -Le preguntó su mujer-.
Te has movido tanto... Ha debido ser una pesadilla. Me ha dado la impresión de que gritabas en sueños e intenté despertarte en balde. ¿Estás bien?

Le dolían las sienes. Se llevó la palma de la mano derecha a la frente: no tenía fiebre. Luego se pasó las dos manos por la cabeza. Al incorporarse, se miró al espejo: estaba extraordinariamente calvo. Respiró con un profundo suspiro de alivio: “¡Qué suerte! Estoy a la última. Ahora se llevan las cabezas como la mía, como la de los deportistas de élite o los actores de moda. Me gusta ser calvo. Y creo que resulto atractivo, a fin de cuentas”
Con una bolsa de plástico en la mano se dirigió al cuarto de baño y vació en ella todas las lociones, ampollas y ungüentos que había acumulado de un tiempo a esta parte. Luego, los tiró todos a la basura. “Indudablemente es una suerte ser calvo”, insistió para sí.

Escrito por Figaro
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