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Monasterio (Diego Valdés)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 08-12-2006 19:54:58

Quam bonum et quam iucundum
habitare fratres in unum (San Agustín)


En este monasterio prevalece la vida en común. Existe tal unión y amor recíproco entre todos los hermanos, que es como si hubiera una sola alma y un solo corazón en Dios, al igual que sucedía en la primitiva comunidad de Jerusalén. Nadie posee bienes propios: la mesa, el ajuar y el ropero son comunes. Los miembros acatan cumplidamente y con obediencia las normas de la congregación, y guardan con gran esmero los preceptos de caridad, pobreza, castidad y humildad propios de nuestra Orden. Además, aquí se aplica la prescripción paulina que constriñe a los clérigos a trabajar (el que no quiera trabajar, que no coma); sólo quedan excluidos de este mandamiento los enfermos, y los que nos dedicamos al estudio y a la enseñanza de la doctrina de la salvación.

Mi vida discurre, así, de manera reposada y serena. Duermo poco, como frugalmente, y la mayor parte de mi tiempo la dedico a ilustrar manuscritos bíblicos. Al principio, sólo me aplicaba a esta ocupación en la biblioteca. Pero hace un año el prepósito del monasterio pudo procurarme una pequeña mesa, y desde entonces permanezco casi recluido entre las cuatro paredes de mi celda, entregado a mis menesteres con toda constancia y tenacidad.

Este ambiente de aquietamiento y tranquilidad se ha visto turbado por segunda vez en lo que va de año, desgraciadamente. En la habitación contigua a la mía, que ocupó fray Heraclio hasta que abandonó el reino de los vivos, ha venido a instalarse el novicio Gredt. Este Gredt se pasa todo el día sacando sonidos de esos extravagantes artefactos de cuerdas a los que designa con nombres misteriosos y exóticos, siempre harto difíciles de recordar. Me sacan de quicio esos extraños sonidos. Cuando más concentrado estoy con algún pasaje del relato bíblico, empieza a pulsar las cuerdas de sus diabólicos instrumentos y ya no puedo proseguir con mis quehaceres. Siempre ocurre lo mismo: al principio se oyen unos sonidos pausados y suaves, y poco después se siente un raro alboroto, como de gritos sofocados y agudos aullidos, que no puede proceder de alma humana. Debe tratarse de alguna artimaña urdida por quien es del Santo Padre gran enemigo -¡mantente alejado de nosotros, Maligno!-, para así perturbar la armonía del monasterio y desviarnos de la senda que conduce hasta Dios. Mi alma se apiada de Gredt, como ocurrió en su día con fray Heraclio. Pero hoy me he levantado cansado, me duele un poco la cabeza, y acabo de decidir que voy a degollar a éste también.

Escrito por Quintin de Parma
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