Eduardo Martínez Carnicer y yo solemos escribirnos poco: cuando comienza un nuevo mes o cuando hay un cambio de estación. En la carta de principios de diciembre me envía un relato, El abuelo, recién publicado en Ediciones Acumán. Además, me indica la dirección de su blog, www.lacoctelera.com/liber, por si os queréis pasear por allí.
El abuelo busca fuerzas para salir a la calle. El viento y los nubarrones le producen escalofríos, pero el recuerdo de su nieta le da ánimos para abrigarse. Enfundado en la bufanda y el gabán, sale de compras por el barrio.
Las aceras se han cubierto de nieve, de barro, de una capa pringosa como de café con leche. Pisa con cuidado y se para ante un escaparate con ropas de muchos colores. Un maniquí viste unas braguitas que bien podrían servirle a su nieta. Le parecen estampadas, aunque su vista no diferencia con claridad las tonalidades.
Coge las braguitas para la nieta y busca a la cajera con tesón. Se agobia de tanto roces, codazos, empujones… Echa mano de las pastillas en el bolsillo del abrigo, donde deposita sin fijarse el regalo para la nieta. La tos, como un huésped vitalicio, mezclada con el asma y los sudores le acosa sin piedad. Pasa un mal rato y va recuperándose entre carraspeos.
Al recobrar las fuerzas se dirige a la puerta de salida. A pesar del frío cree que le sentará bien el aire puro. Cruza la barrera metálica y una sirena escandalosa no deja de sonar. Se siente desorientado, y al llegar los guardias se excusa ingenuamente:
–No, gracias, ya me encuentro bien, puedo salir solo.
Lo miran con ironía y lo invitan a acompañarles. El abuelo no entiende ni recuerda nada, pero ahí le aparecen las pastillas, el pañuelo, las llaves…y una braguitas que de súbito acaricia y confiesa que son para su nieta.
Los guardias sonríen ante el malentendido. Y el abuelo abandona el comercio: solo y sin braguitas.