A veces es bonito leer historia ligeras, con algo de humor, y no por ello mal escritas. Creo que eso es lo que hace Federico en esta ocasión y, además, tiene la gentileza de compartirlo con nosotros.
Yo tengo un pajarito muy sensible. Siempre que alguien da un grito en casa, una simple voz más alta que otra, cuando la ventana de la cocina permite que un estruendo súbito entre desde calle, el pajarito se desmaya. Hay veces que llego a ver cómo se cae del palo, otras, cuando, tras el ruido, vuelvo la cara hacia la jaula, ya yace desmadejado, sobre los barrotes que hacen de suelo, entre cáscaras de alpiste.
Nunca dudo, tardo apenas unos segundos en llegar a su rincón, abrir la portezuela y tomarlo entre mis manos. Lo saco procurando no golpearle la cabeza con el barrote que pretende ser dintel y lo acaricio con suavidad, le hablo forzando el tono mimoso y, al poco, el pajarito sensible suele volver en sí.
Pero hoy ha sido diferente. España le metió el primero a Ucrania, en el minuto trece. Yo planchaba tranquilamente en la cocina. Mi marido y los dos niños gritaron como si nunca antes hubieran visto cómo una pelota se enredaba en la malla de una portería. El pajarito cayó fulminado por la detonación de la sílaba de tres letras.
—¡Dios mío! —contuve el grito mientras corría hacia la jaula. Lo cogí con toda la ternura que pude, y empecé a frotarle su pecho y su nuca con mi dedo.
—Ánimo mi príncipe, que no es nada… vamos cariño… reacciona, reacciona…
Mis caricias y mis susurros tardaron pocos minutos en hacer efecto en la criatura que, poco a poco, empezó a abrir los ojos, a mirarme como si quisiera que le asegurara que los animales que son capaces de gritar así acabaran de extinguirse. Si alguien que los canarios saben mirar con arrobo y agradecimiento, sólo tiene que venir a ver el mío cuando se despierta de un desmayo en la palma de mi mano.
Con el cuentagotas de un frasco de jarabe para la bronquitis de mi hijo Samuel Jesús instilé unas lágrimas de agua mineral de Bezoya en su pico. Sí, se recuperaba. Me acerqué a la jaula y lo deposité sobre el palo. No estaba del todo bien, pero tampoco estaba tan mal como para seguir haciéndole mimos. Quería acabar de planchar antes de que terminara el primer tiempo y mis tres hombres se desplegaran hambrientos por la cocina con la intención de merendar.
Pero mientras cruzaba el cerrojito de la jaula, ocurrió.
Corría el minuto diecisiete de la primera mitad del tiempo reglamentado y Villa acababa de sacar un golpe franco contra la portería ucraniana. Un defensa desvió el balón con la cabeza engañando al portero Oleksander Shovkovsky. Esa conjunción de golpes y rechaces se convirtió en el segundo gol español. Los tres gritos entraron redondos y potentes por la puerta de la cocina. Instintivamente giré la cabeza justo para ver cómo caía del palo.
Volví a depositarlo suavemente sobre la palma de mi mano y sacudí unas cuantas cáscaras de alpiste pegadas a su ala derecha. Me di cuenta enseguida. No me cupo ninguna duda. Su corazón ya no latía. Dos goles, seis gritos, tan fuertes, en tan poco tiempo, habían sido demasiado para mi príncipe, para mi pajarito sensible.
Metí su pico entre mis labios y soplé mi aire caliente. Nada. Sus pulmoncitos parecían haberse encogido ya para siempre. Apreté con la yema de mi pulgar sobre el esternón diminuto. Tampoco hubo reacción.
Me abandoné al lloro afligido. Nadie vino a consolarme, pero aunque alguien lo hubiera hecho, de nada hubiera servido. Entre hipidos, saqué la caja de herramientas de la parte baja del armarito de las escobas.
Me dirigí al salón y vi a mis hombres agarrados por los hombros, gritado y riendo, formando un corro que giraba con los saltos dados con ambos pies al tiempo, como gorriones desmesurados. El silencio volvió a mi casa. Fue justo en el momento en que estrellé el martillo pilón contra la pantalla de plasma recién comprada para los Mundiales. Mi marido fue el único que reaccionó, haciendo uso de su habitual gilipollez:
—¿Estás loca? ¡Aún nos quedan once plazos!