"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Se contaba de un niño pobre que pedía —‘para comprarme un helado, señor’— y al que un paseante afeó su frívola petición —‘si al menos pidieras para comer, como el resto de los mendigos…’— ante lo que el chaval se justificó: ‘Es que hoy es mi cumpleaños…’ Pues por eso, porque se cumple el primer aniversario de que el Descodificador aparece cada martes en estas páginas, hoy me voy a aventurar a lanzar una “teoría”. Pero que nadie se preocupe, no tiene nada de científica sino que es simple empirismo y observación, cuando no mera conjetura.
El caso es que han pasado 5 años completos desde que el euro entró en nuestras vidas (8 en total como unidad de cuenta), tiempo durante el que se han realizado los más sesudos análisis de las consecuencias de la medida. Sin embargo, entre la gente de la calle, lo que se percibe es que el efecto más importante ha sido el incremento de precios en los bienes de consumo más cotidianos, al menos en nuestro país.
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Y al hilo de lo anterior, mi supuesto es el siguiente: la inflación hubiera sido menor si se hubiese fabricado una moneda de 50 céntimos de euro más parecida a la de 100 pesetas, pues todos hubiésemos identificado la una con la otra. Por el contrario, y como es lógico, las autoridades dieron un aspecto más noble a la unidad y más sencillo a la calderilla, por lo que nuestro subconsciente emparejó rápidamente la moneda de 1 euro con la usadísima de “20 duros”.
Son los factores psicológicos que actúan en la economía y que aparecen, por ejemplo, cuando se convierte dinero con cálculos mentales: lo primero es quitar decimales, si aun así persiste la dificultad, se asimilan las monedas por el aspecto físico. Cuando nosotros buscábamos agarraderas para no perdernos con el euro (dividir o multiplicar por 166,386 es un empeño al alcance de pocas mentes) nos encontramos con que la textura, dimensiones, peso y color de un euro eran parecidas a nuestras 100 pesetas, y por comodidad, aceptamos que el periódico, el café, la caña o el gorrilla pasaran a costar eso, es decir, un 66% más, una barbaridad más.
Lo de dividir por una cantidad “imposible” ocurrió aquí y no en otros países más afortunados o influyentes a la hora de fijar el tipo de cambio irrevocable, como Alemania u Holanda. Allí sólo tenían que multiplicar o dividir por 2 para cambiar marcos o florines. Que su inflación resultara menor puede no tener que ver, pero a mí también me hubiera gustado convertir euros en pesetas usando una ratio facilita como esa. Si no, que se lo pregunten a los dueños de las tiendas de “Todo a cien”, a ver qué tipo de cambio utilizaron para rebautizar sus comercios el 1 de enero de 2002.