La otra noche, después del telediario y de ver el juicio a una terrorista de ETA, no pude remediarlo, tuve necesidad de escribirle una carta. Me imaginé una de sus víctimas, de ella o de uno de los de su calaña, qué más dá. Y aunque nunca la va a recibir, ese acto reflexivo, de desahogo, me dejó mucho más tranquila.
Desde un lugar del sur de España, una noche de lluvia en febrero de 2007.
Siempre me ha sorprendido vuestra sonrisa impasible. Vuestra frialdad. Y vuestro cinismo. Hoy, viéndote detrás de ese cristal blindado con el que te protege la democracia, el asombro me hace apretar los labios y mover la cabeza en un intento de negar lo que me ofrece la pantalla de plasma. La misma pantalla que muestra también a una más de tus dieciocho víctimas, por las que, según parece, no te asoma ni rastro de arrepentimiento. Porque en el testimonio de los que aquella mañana se cruzaron con tu guadaña, ninguna tortura es comparable a la del recuerdo: “Desde aquel día no he conseguido dormir tranquilo ni una sola noche”. “Rememoro aquel instante cada vez que veo mi cuerpo mutilado en la ducha” Y una silla de ruedas, y llanto, después de tanto tiempo. Como testigo, un huérfano que se hizo hombre de pronto, la fecha de otro atentado. Y tú, sonríes, sin embargo, y sigues sonriendo, con esa mueca insolente que atraviesa tu rostro plantado en desafío. No quiero oír lo que dices. Los jueces tienen que hacerlo, pero yo no tengo por qué. Sin embargo no puedo evitar oír tu odio en el dedo que levantas, amenazador. Me martillea el oído pensar tu conversación previa a la colocación del artefacto, el chasquido del beso en la mejilla de tu madre al despedirte: “Hasta luego, pero no me esperes levantada; hoy voy de cacería”. Y oigo el tintineo de los cubitos de hielo que pones en el güisqui a la vuelta, cuando tienes la certeza de haber dado en el blanco y lo celebras tras la felicitación y el apretón de manos del jefe de tu comando. Oigo vuestra crueldad cómplice y siento náuseas. Ahora me pesa tu mirada inconmovible y tengo la tentación de volver la cabeza hacia otro lado. Pero es preciso ser fuerte y he de oír yo también. Tienes derecho a ser escuchada. Es el regalo de vivir en democracia. Todos somos presuntos inocentes hasta que la Justicia pueda pronunciarse en un juicio justo. Es tu derecho a protección al otro lado del cristal. Y a expresarte, aunque sea como una mala bestia. Son los derechos de que se vieron privados aquellos a los que hiciste tanto daño, tras el escondite cobarde del detonador a distancia. Me das lástima ¿sabes? Porque tras el cristal blindado hay otro cristal que tú misma escogiste, que te blinda para los sentimientos, que no deja lugar más que para el rencor y donde no tiene cabida la ternura. Ni para los recuerdos de sonrisa franca y abierta, ni para el agradecimiento por horas compartidas, ni para lágrimas, ni para el dolor por el hijo muerto. El hijo que me arrebataste una fría mañana de enero, cuya escarcha hiere cada latido de mi corazón, desgarrado de por vida. Mi hijo también me besó aquella mañana ¿me oyes? El mismo día que cumplía veintitrés años. “No me esperes levantada, mamá” –me dijo en su primer día de servicio- Y yo lo abracé, orgullosa, aun a sabiendas de que una mala bestia como tú, podría arrebatármelo del regazo para siempre. En este momento escucho tu condena. Veo cómo das patadas y haces gestos obscenos al tribunal. Dices palabras en un lenguaje que no entiendo. Me das lástima ¿sabes? Y siento vergüenza por tu madre. Había pensado escribirle a ella otra carta. Pero me digo que no merece la pena. Al fin y al cabo, ella también fue contigo de cacería una fría mañana de enero. Y ninguna de las dos merecéis ni una línea más.