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La sirena del Estrecho (Luis Miguel Rufino)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 18-02-2007 19:02:20

Este cuento forma parte del libro antológico de relatos "La reunión del té y otros relatos", editado por la Fundación José Manuel Lara y La Casa del Libro en febrero de 2007.


Aquelaos, dios del río, y Calíope, musa de la poesía,
engendran a las tres sirenas.
Lidia toca la flauta, Partenopea la lira
y Leucosea lee los textos y canta.



El agua del Estrecho parece hoy café granizado, igual que uno que me compré en una heladería de la calle San Miguel, en Torremolinos, una tarde calurosa y seca de una primavera que se hacía vieja sin que nadie se diera demasiada cuenta. Me lo tomé sorbiendo de una pajita, andando por la calle, debajo de mi sombrero, encima de mis sandalias. Hace un rato noté como el mar me las robaba de un chupetón de agua negra y fría, igual que aquel café helado. El sombrero estaba sobre el asiento, en la cabina del ferry, y también se lo debe haber apropiado ya. Hasta hoy no he sido consciente de las ansias del mar por acaparar cosas que no son suyas, por usurparlas, por escamoteárnoslas.
Me cuesta mucho mantenerme a flote y, sin pretenderlo, voy cambiando de perspectiva. Me muevo según la voluntad del mar y veo lo que él quiere enseñarme. Unas veces tengo a Tánger delante. Si el agua me hace girar un poco, aparece el cabo Espartel. De repente, prefiere que vea el de Trafalgar, la Cala de los Alemanes o Barbate. El mar me mueve y decide por mí lo que, con seguridad, serán las últimas imágenes que tintarán mis retinas. Yo apenas hago nada. No me resisto porque ya hace un rato que comprendí cuál iba a ser el final. Lo que no comprendo es a qué espera para hacerme suyo de una vez, como ya ha hecho con mis sandalias, con todos los coches que iban en la bodega y, probablemente, con la mujer teñida de rubio que cortaba los pasajes a la entrada del ferry. No sé por qué el mar me mantiene vivo aún. No sé a qué esperará.
A veces dejo de ver la costa porque las olas se hunden dentro de sí mismas y yo caigo con ellas, muy dentro de ellas, en un hueco enorme. Pero con la misma indiferencia con la que el mar crea una sima, vuelve a modelar la superficie y la convierte en una atalaya blanda y húmeda, que me levanta hasta muy alto para dejarme ver Tánger o Tarifa otra vez. Quizás por última vez. No sé por qué el mar hace eso conmigo. No sé cuánto durará este juego propio de un depredador o de un animal estúpido. Quizás quiere que me despida, darme tiempo para irme educadamente. Debe ignorar que no conozco a nadie en esos parajes de costa que suben y bajan, con alternancia marcada por el azar, delante o detrás de mí. Si el mar me diese a elegir, antes que despedirme preferiría pedir socorro. Pero no, ya he espantado varias veces esa idea de mi cabeza. Además de resultar inútil, pedir socorro sería ridículo.
–Total, nadie va a oírme –digo en voz alta. Momento de debilidad que aprovecha el mar para llenarme la boca de agua salada. Juraría que la ola se aleja de mí con gesto burlón, riendo a carcajadas al verme toser con dolor.
No, nunca pensé que pudiera ser tan negra. Ni que pudiese estar tan fría. Creo que me estoy desvaneciendo. Las fuerzas me abandonan sin permiso. Dudo que me quede alguna. Llevo diez minutos pataleando, braceando sin futuro, mis músculos cada vez más agarrotados por el frío. Ahora veo la costa rifeña, ahora la española. Estoy mareado. Diría que la piel de mis muslos está rodeada por los grumos helados del café granizado que me tomé en Torremolinos. Ahora bajan hasta mis pantorrillas. Me duelen.
El holandés escuálido de la perilla rala y las rastas rubias, está ahora delante de mí, como a cincuenta metros en línea recta. No sé cómo se dice “cincuenta metros en línea recta” cuando uno está dentro del mar, cuando el mar le llega a uno un poco más arriba de la barbilla, cuando uno ya se siente parte de él. Quizá se diga setenta y seis millas náuticas, o cuarenta y ocho nudos de manga y puntal, o quince brazas y pico hasta la gavia. No lo sé y me gustaría saberlo, fundamentalmente porque deseo manejar −con soltura y cuanto antes− el vocabulario que se usa en el nuevo mundo del que voy a pasar a formar parte tan en breve. No quiero desentonar allá donde me lleve este agua tan negra y tan fría. Quizá lo que no quiera sea significarme. Pero no lo sé y lo peor es que creo que no me va a dar tiempo a que nadie me lo enseñe. Instintivamente me echo mano al bolsillo del pecho. Mi libreta de notas ya no está. El mar se ha propuesto quitármelo todo. El trozo de mostrador de la tienda de a bordo, el que le servía al holandés para mantenerse a flote, se balancea sobre las olas sin él encima. No lo veo. Se debe haber soltado. O el mar ha decidido que era hora de que el holandés se soltase del plástico amarillo. No, ya no está. Mojadas, sus rastas rubias eran tan negras como el mar. Su cara y su cuerpo se me hicieron familiares por la cantidad de vueltas que dio por el salón de pasajeros, nervioso, de un lado a otro, arrastrando unas “Converse” color naranja y, sin pretenderlo, barriendo la cubierta del ferry con el dobladillo de sus pantalones de lona gastada. Las tres vascas tampoco están. Ni siquiera las he visto flotar. Quizás viajaran con el holandés. Daba la impresión de que llevaban hachís escondido por todo su cuerpo, por dentro y por fuera. Mujeres grandes las tres, gordas las tres, muy blancas las tres. Es probable que transportaran un buen suministro para abastecer a todos los caseríos de su valle. Tan verde.
Quisiera tener la oportunidad de despedirme, de pedirle disculpas al mohamed de la chaqueta de cuero y el diente de oro. Me siento incómodo por haberle dado esa patada. Pero si no me hubiera defendido, él hubiera conseguido agarrarse a mi cuello y nos hubiéramos ahogado los dos. Antes de tiempo, porque ahogarnos, acabaremos por ahogarnos todos. La sal del agua hace que me escueza mucho el arañazo que me dio al soltarse. Son cuatro líneas rojas y paralelas dibujadas sobre mi pecho izquierdo.
–No tengo la culpa de que nadie se preocupara de enseñarte a nadar cuando tenías la edad adecuada. Aunque, consuélate, tampoco te hubiera valido de mucho. Saber nadar sólo me ha servido a mí para ver el cabo de Trafalgar y el cabo Espartel, alternativamente, unos cuantos minutos más que tú. Me tranquiliza saber que no voy a salir vivo, porque así no rememoraré tu cara cuando estirabas el brazo hacia mí. Tan maqueado con tu chaqueta de cuero aún puesta…
Nadie se ahoga en paz. Ahora ya me toca a mí. Me pregunto qué encontrará mi cuerpo cuando llegue abajo del todo y percuta contra el fondo. Si hallará un pedazo de roca de aristas filosas o simple arena donde posarse blandamente. Si invadirá una colonia de anémonas o si atravesará un banco de medusas que le instilarán litros de veneno inútilmente.
Creo que ya caigo, sí. Ya no floto y caigo hacia el fondo. Hacia el fondo.

Conforme me hundo, el mar se vuelve luminoso. Ya nada es negro, veo el fondo con nitidez. Es de día aquí abajo, hay arena y restos dispersos del barco. Una mujer está quieta a mi derecha, ni se hunde ni asciende. Al principio pienso que puede ser el cuerpo ahogado de una de las tres vascas, pero no. No lo es. Su figura es grácil y está desnuda. Su pelo rojo, su piel muy clara. Se mueve y viene hacia mí. Se desplaza con movimientos ondulantes y armoniosos. Se me para delante. Si no estuviéramos bajo el agua la podría oler y olería muy bien. Me da la bienvenida con una sonrisa roja y una mirada verde:
−Hola, soy Leucosea, y vivo aquí en el Estrecho −me dice mientras dos lubinas hambrientas me picotean los dedos de los pies que, ahora, parecen de cera.

Escrito por Quintin de Parma
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Comentarios

  1. Qué alegría que esto se vuelva a mover. Ya echaba yo de menos alguna buena narración por aquí y... ¡hoy me encuentro dos de primera división!

    Muchas gracias, amigos. Amaranta.

    Amaranta — 18-02-2007 20:29:09


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