"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Estamos en febrero y las empresas empiezan a repartir entre sus empleados el certificado de ingresos y retenciones de 2006. Esto significa que dentro de tres meses habrá que presentar la declaración del IRPF. Este detalle devuelve a la mente de algunos ciudadanos el desasosiego que se apodera de ellos cuando tienen que entregar una parte de sus ganancias para que se hagan carreteras (con las que ostentar el record europeo de accidentes), colegios (donde se acosen hijos y profesores) u hospitales (en los que conocer las costumbres de exóticas razas y credos ancestrales).
Pero lo de la renta ya no es lo que era. Gracias a la incesante mejora en los métodos de gestión del ministerio de Hacienda, la cita de mayo se ha convertido en un mero trámite y no hay sorpresas para nadie. Para la gran mayoría de los ciudadanos (los que no son realmente ricos), esa cita se reduce a firmar una declaración que te envía Hacienda diciéndote cuál es tu saldo a cobrar o a pagar. Son pocos los que pueden corregir los cálculos del ordenador de “el Gran Hermano” (el de Orwell, no el otro).
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Mi amiga Marta tiene por profesión ocuparse de su casa, es decir, hace la comida, limpia, plancha y cuida hijos. Un trabajo a tiempo completo por el que sólo cobra el aprecio de los suyos cuando se lo dan. Marta, además, lleva años hurtando ratos a su apretado horario para escribir novelas. Hace poco ha visto recompensado su esfuerzo al ganar un premio importante. Un galardón literario de ese nivel suele implicar dinero, la publicación de la obra y cierta efímera notoriedad en los medios. Pues la alegría de mi amiga se ha visto empañada por la reacción de su marido, ingeniero de profesión, que ha sentido nublarse durante unos días su condición indiscutida de sostenedor de la economía familiar por la notoriedad repentina de su esposa: “A ver si Hacienda nos va a dar un palo por culpa de tu premio”, ha sido su reacción.
Eludo otros enfoques desde los que glosar la salida del ingeniero, y me concentro en que, desde que Fernández Ordóñez introdujo la progresividad fiscal en la Reforma del 77, los españoles nos regimos por un principio muy simple: contribuimos todos y debe contribuir más quien más tenga.
No estaría de más desterrar de una vez esas reacciones que atenazan a algunos maridos cuando sus mujeres zarandean, aunque sea someramente, su condición de único sostén de la familia. A veces, perder ese rango destartala mucho. Casi tanto como llena de autoestima y confianza a la causante del efímero desequilibrio conyugal, que de repente, pasa a entender perfectamente lo que propugnaba aquel ministro de conocimientos renacentistas, que además de la Reforma Fiscal, nos trajo la Ley del Divorcio.