El lápiz a que hace referencia el cuentecillo, existe. Alguien me contó que lo lleva siempre consigo desde el día que lo compró en Los Estados Unidos. Curioso sitio para comprar algo así ¿verdad?. Estoy segura de que lo echará de menos el día en que, por agotamiento, el lápiz no pueda cumplir su cometido.
Te llevas las manos a los bolsillos. Palpas el derecho, luego el izquierdo. Introduces la mano en el primero: un manojo de tres llaves, una tirita, un pañuelo desechable. En el otro, una moneda de 50 céntimos, el ticket de autobús de antesdeayer, una vieja tarjeta de visita y un lápiz. O la mitad que queda de él, con la punta afilada y la latilla, donde un día se alojó la pequeña goma de borrar, con señales evidentes de haber sufrido más de una mordida. Era lo que buscabas, pero ya no te interesa. Y sigues de un lado para otro, con una excusa cualquiera, haciendo cualquier otra cosa inútil.
Lo compraste una tarde de primavera camino de casa. Olía a madero recién cortado. ¿O eras tú el que tenías deseos de oler y de sentir después del letargo del invierno?
Te sientas, cansado de dar vueltas. El lápiz incomoda a través del forro del bolsillo a la pierna desnuda. Te levantas. Pero te aguijonea una y otra y otra vez al echar el paso. Lo sacas y lo dejas, con un golpe seco y mascullando un ¡joder! , sobre la mesa, encima de la hoja en blanco. Y te marchas. Pero tienes que volver. Inevitablemente. Y lo tomas y lo giras y lo vuelves a girar en un tic nervioso entre los tres primeros dedos de la mano derecha.
Ahora te dejas llevar. Te dejas hacer. Dócil y obediente. Y el lápiz, o lo que queda de él, empieza a emborronar el papel hasta dejar su punta casi roma. Al principio, con trazo indeciso, palabras sueltas. Luego, más firme, frases que se arraciman jugando entre sí como sin querer. Hasta que, por fin, nace el poema: la vida hecha palabra.
Al borde de la página, en un aparte, con letra tímida, escribes como en un susurro: “gracias compañero” y has de palpar otra vez el bolsillo, en esta ocasión en busca del pañuelo desechable. El lápiz, en el otro extremo, dibuja –ahora casi se te escapa de los dedos-, te dibuja una sonrisa.