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Iris para Paula

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 23-02-2007 12:39:01

Lo que vemos nos hace recordar, y el recuerdo adorna la realidad de olores, sabores y colores: surgen así historias hechas de partículas de lo que fuimos y lo que somos. Esta es una de esas historias.

Paula Benlloch me llamó un sábado por la mañana a comienzos de marzo, tras algo más de un año sin saber nada de ella. Apenas oí su voz supe que algo le ocurría. Después de un breve preámbulo en el que sin ningún interés me preguntó por mi familia y mi estado personal, me dijo: “He perdido a mi madre”.
Al principio me quedé callada, sin saber cómo reaccionar. Tras unos segundos de silencio le dije: “...Pero si tú no tienes madre, Paula”. “Pues claro que no tengo madre, Julia, ¿No te acabo de decir que la he perdido?”.
Las reacciones de Paula solían ser desconcertantes. Era difícil saber lo que en realidad deseaba, y le costaba pedir lo que quería, entre otras cosas, porque siempre se movía en un mundo de indecisiones. Pero comprendí que me necesitaba, y le prometí que al final de la semana cogería el tren e iría a pasar unos días con ella. “No te preocupes, darling, sé que es difícil para ti, con los niños y el trabajo...”. En realidad era cierto, organizar un viaje en aquel momento, por pequeño que fuera, y de manera súbita, suponía una alteración en mi vida cotidiana, pero Paula era una de mis mejores amigas y sabía de su fragilidad y su profundo sentimiento de abandono.
Llegué a Valencia el jueves de la semana siguiente. Siempre sentía un pequeño pellizco en el estomago cuando volvía a pisar la Estación del Norte. Miré entre todos los rostros, sabiendo que Paula, según sus palabras, había cambiado radicalmente de aspecto. Su larga melena negra con flequillo había sido sustituida por un corte de pelo a lo garçon teñido de rubio. Creía que no tenía suerte en los castings por un problema de imagen y había decidido darle un cambio radical. Poco después sonó mi teléfono móvil: “Darling, lo siento, pero estoy haciendo una prueba para Canal Nou y me va a ser imposible recogerte. El chico del bar de al lado de casa tiene una llave.”
Tomé un taxi y le dije que me llevara a la calle Ruzafa. Era la primera vez que estaba en el nuevo piso que había comprado en un inmueble modernista rehabilitado, justo enfrente de Aula 7, una antigua sala de arte y ensayo reconvertida ahora en un cine de reestreno, con sesión doble.
Apenas entré en la casa distinguí su perfume de Dior. Todo me resultaba familiar: los ceniceros repletos de colillas, un paquete de Rothmans casi vacío, bombones Cadbury y una copa con un poso de vino tinto en el baño. Desde el amplio ventanal se veía el luminoso de la sala de cine. Proyectaban Deseando amar, una maravillosa película de Wong Kar-Wai que había visto unos meses atrás. Estaba mirando el cartel anunciador cuando caí en la cuenta de que no había llamado a casa. Hablé con Luis y le pregunté por los niños. Todo iba bien. No le dije nada sobre Paula.
Salí a dar un paseo por la Gran Vía Marqués del Turia. Comenzaba a anochecer. Compré un ramo de iris azules, la flor preferida de Paula, en uno de los quioscos, y volví a casa. Las puse en un jarrón con agua sobre la mesa que había frente al ventanal y decidí bajar al bar de al lado a tomar algo. “He perdido a mi madre”. Me preguntaba qué me habría querido decir con aquello. Cuando volví a subir al piso me tumbé en el sofá y me quedé dormida. Sonó el teléfono de nuevo: “Hola darling, soy yo otra vez. Todo tiene que pasarme a la vez. Voy camino del aeropuerto, necesito coger el próximo vuelo a Madrid. Tengo que estar allí mañana a primera hora para hacer un doblaje. Volveré mañana por la tarde. Lo siento, cariño. Coge lo que necesites. Hay sábanas y toallas limpias en mi armario y tienes cosas para desayunar. Bueno, a lo mejor la leche está caducada, pero tienes un drugstore muy cerca. Allí hay de todo”.
Si hubiera estado en otro lugar no sé cómo hubiera encajado las palabras de Paula; tal vez me hubiera sentido abandonada, el recuerdo más pronunciado que Paula tenía de su infancia. Pero Valencia era la ciudad en la que había crecido y volver allí tras cinco años de ausencia era emocionante para mí. Después de todo, pensé, podría dedicarme el día siguiente a mí misma. Me desperté temprano y fui caminando hasta el Mercado Central, uno de los santuarios de visita obligada en la ciudad. “¿Qué te doy, bonica?” .De pronto sentí un ataque súbito de nostalgia, me vinieron a la cabeza muchas imágenes que creía archivadas pero que aparecían nítidas, como aquellas fotos en blanco y negro que había hecho casi veinte años atrás en ese mismo mercado y en el Barrio del Carmen, para demostrarle a aquel fotógrafo bohemio que me amó que sus clases habían dado provecho.
Callejeé por el barrio y pasé un rato en París Valencia, una librería de saldos de la que era imposible salir con las manos vacías. A la hora de comer llamé a casa. Le pedí a Luis que me pasara a los niños para poder hablar con ellos. Andrea, la mayor, se había quedado en casa de una amiga. Los pequeños estaban bien, pero lo primero que me dijeron fue “¿Cuándo vas a volver, mami?
Llegué a casa de Paula cerca de las seis. Volví a distribuir los iris en el jarrón de manera que el ramo tuviera una mejor presencia. Me acerqué a la ventana y volví a ver ese cartel anaranjado de un hombre y una mujer deseando amarse. Bajé y crucé la calle en dirección al cine. La sesión ya había comenzado. Entré, aunque nunca me gustó ver una película a medias.
Cuando salí del cine volví a casa de Paula. No me sorprendió que no estuviera allí, al igual que tampoco me sorprendió cuando volví a escuchar de nuevo su voz al teléfono: “Darling, no te lo vas a creer. Me acaba de llamar mi agente de Londres. ¡Mike Leigh está buscando a una actriz española para un pequeño papel en su última película! Es un personaje con texto, darling. Me voy mañana por la mañana desde aquí. Pasaré la noche en casa de una amiga”. “Está bien, no te preocupes. Que tengas suerte, Paula. Un beso”. Colgué el teléfono y me fui a la estación. Cambié mi billete para el día siguiente y luego llamé a casa. Pude hablar con Andrea, pero los pequeños ya estaban en la cama. Le dije a Luis que había cambiado de planes, aunque omití los detalles.
En el viaje de vuelta no podía dejar de pensar en Paula, su necesidad compulsiva de sentirse querida por los desconocidos y esa insatisfacción imposible de saciar. Imaginé su vuelta a casa. Excepto los iris, y la cartelera de Aula 7, todo lo que rodeaba a Paula seguiría inalterable.

Escrito por Quintin de Parma
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