Con este relato lleno de sensibilidad e imaginación, Rubén Castillo ganó el V Certamen Internacional de Relato Corto Encarna León, dotado con 4.000 euros y organizado por la Consejería de Educación, Juventud y Mujer de la Ciudad Autónoma de Melilla. La entrega de premios se realizará el próximo día 9 a las 20:00 en el Hotel Melilla Puerto.
GUILLERMINA
Es muy difícil, a pesar de lo que digan, acordarse de la infancia. Sobre todo cuando se tienen, como me ocurre a mí, más de setenta años sobre los huesos y se vive tan alejada del país donde una nació. Podría, si cerrara los ojos y me concentrara mucho, traer a la memoria las imágenes de lo que yo he venido pensando que era mi niñez; pero no sé si eso coincidiría (supongo que no) con la realidad. Me acuerdo de un pueblito no más grande que este asilo donde ahora estoy, y cuyo clima y cuyo paisaje eran tan diferentes (tan, tan diferentes) a los que en esta sierra madrileña conozco. Lo rodeaba una selva espesísima y llena de ruidos inexplicables; lo azotaban las lluvias; sus calles eran simples regueros de polvo pisoteado; sus casas eran un milagro (quiero decir que se sostenían en pie de puro milagro); y los críos jugábamos en los alrededores con la perfecta inconsciencia que sólo a esa edad se tiene, y que luego (pensando en los peligros que nos acechaban por doquier, y de los que nadie nos advertía) produce escalofríos recordar.
Yo era —siempre lo fui— la más alta del grupo; y, si no hermosa (no conviene exagerar), sí recuerdo que tenía un cabello espléndido y unos ojos muy llamativos, en los que los muchachos se fijaban desde el principio. También en ellos se fijó Osvaldo, un chico vivaz, alegre y desenvuelto que se unió a nuestro grupo (todos lo creían así, y así me lo susurraban entre risitas y codazos) con el único objeto de cortejarme. Y yo, hipnotizada por la bobalicona simpleza de los catorce, me sentí halagada al ser elegida y toleré que él presumiera —los muchachos son así— de un noviazgo que, al principio, sólo en su fantasía era real, aunque yo más tarde lo confirmara besándolo en público, para escándalo de mis padres y alborozo ufano de don Onofre, que por fin cobijaba la ilusión de celebrar un nuevo matrimonio, tras doce años de sequía sacramental. A Ricardo, el hijo de doña Rosa, no le hizo demasiada ilusión (yo creo que me amaba en secreto), pero sí se la hizo a Rosaura e Isabel, mis dos amigas más estrechas de entonces, que empezaron a soñar de inmediato con las telas de colores que estrenarían el día de mi boda, y que perpetuaron una sonrisa en sus labios como preparativo del gozo que, aunque lateralmente, las salpicaba de felicidad y les hacía presumir su propio gozo futuro.
Pero no fue hasta 1927 que la unión pudo celebrarse; y ojalá que no hubiera sido posible nunca. Hay instantes terribles —terribles— hacia los que caminamos con prisa insensata, y cuyas consecuencias, si las conociésemos con antelación, no creeríamos aunque nos las juraran. Eso me ocurrió a mí en aquel luminoso mes de junio. Ni las abundantes flores de la ceremonia, ni las lágrimas dulces de mis amigas, ni los licores que después se sirvieron con generosidad, ni la bendición sonriente que don Onofre nos dedicó, ni los lazos que cubrían mi vestido (lazos preparados por mi suegra para un vestido que mi madre cosió robándole horas al descanso), me hacen olvidar que aquella noche, antes de meternos en la cama por vez primera —cuánto pudor, cuánta ansiedad, cuánto miedo—, Osvaldo me descargó en el rostro la primera de las bofetadas que recibí en mi vida. Noté un calor espantoso por dentro (él sostenía que yo había mirado demasiadas veces y con demasiado ardor a su primo Efraín) y por fuera (sus dedos eran duros y rugosos como la madera virgen con la que trabajaba); y ya la noche perdió su dulzor, igual que lo perdieron los días, semanas y meses sucesivos. Ricardo se había ido del país; Rosaura vivía al otro lado de la selva, con un marido casi anciano pero de bondadoso carácter; e Isabel, unida por remotos lazos familiares a una cuñada de Osvaldo, me predicaba la conformidad, la resignación y la paciencia (tres conceptos que, pareciendo iguales, no lo son). Con nadie me podía desahogar; a nadie le podía referir mi desdicha. Y en esa soledad me hube de desenvolver, sin que nadie me auxiliara en el aprendizaje. Insultos, bofetadas o empujones variaban, eso sí, de intensidad, dependiendo de la hora en que él volviera a casa: si lo hacía pronto, tal vez me escapase con un leve empujón, porque la cena no estaba todo lo caliente que a él le gustaba o porque olía mucho a cebolla o a papas cocidas; pero si era tarde resultaba punto menos que imposible librarme de seis o siete manotazos lanzados al vuelo y de algún puntapié que, con suerte, le hacía perder el equilibrio y lo entregaba —allí, entre los muebles del comedor— al abandono del sueño.
Diez veranos transcurrieron (ciento veintidós meses de golpes, desprecios e ilusiones quemadas: no es fácil resumir o dar cuenta exacta de algo así) y, una noche de agosto, dos compañeros habituales de Osvaldo me vinieron a comunicar (a través de la ventana, pues yo jamás hubiera consentido abrir la puerta a hombre alguno sin hallarse él en el interior, o al menos vigilante) que fuese limpiando y preparando la casa para el velatorio, mientras el juez examinaba el cuerpo apuñalado de mi marido y tomaba declaración al borracho de sangre caliente que no le había tolerado un desplante que tenía a su santa madre como protagonista. Yo fui al dormitorio —sin abrirles y sin responder palabra y sin llorar—, saqué mi vestido de boda y, tendiéndolo sobre la cama con mucha delicadeza (la humedad se había ensañado con él), le fui quitando uno a uno los lacitos, los deposité en fila en el suelo, escupí una vez sobre cada uno y me senté en una mecedora. La palabra ‘Osvaldo’ (la pura palabra ‘Osvaldo’, lo juro) comenzó a perder letras en mi memoria.
Quince días después, seguía sentada en la misma postura, pero todo lo demás había cambiado: dos semanas fueron suficientes para dar por concluidos el funeral y las condolencias, vender la casa al hermano pequeño de Osvaldo, envolver el vestido de novia con todo el cuidado del mundo (era lo único que me quedaba de mi madre), subir la mecedora a lomos de un caballo renco y ponerme en marcha hacia la capital, donde doña Úrsula —una viuda adinerada a quien no tenía el honor de conocer, pero que me iba a emplear como sirvienta gracias a unas letras escritas por don Onofre— me esperaba con una habitación libre, un plato en la mesa de la cocina y una cama con sábanas, mantas y almohada. No llegué a cobrar paga alguna, pero la señora me trataba con amabilidad y no me faltó de comer, ni techo que me cobijase, ni chimenea ante la que desprenderme de mis fríos, lo cual suponía —así lo entendí entonces y así lo sigo valorando ahora, cuarenta y un años después— un cambio esperanzador para mi vida, una tregua, un paraíso.
Pero los paraísos —sabido resulta— no se gozan impunemente, o al menos no por mucho tiempo. Dos años después de entrar a su servicio, en una madrugada larguísima de fiebre, delirios y estertores, doña Úrsula, la brava viuda del coronel Rodrigo Antonio Cifuentes, entregó su alma. Y me dejó, por obra de su imprevisión y de la rapacidad inesperada de unos hijos y sobrinos que brotaron (yo ni los conocía) de debajo de las piedras, en la calle. Por todo auxilio, me facilitaron dos o tres billetes no demasiado ostentosos y la dirección de un español llamado don Luis, que acababa de llegar a nuestra ciudad con aparentes intenciones de quedarse y que, dada su condición de soltero de mediana edad, precisaría sin duda de una mujer para la casa. Sin prestar atención al posible doble sentido malintencionado de la frase, cogí lo que me tendían, agaché la cabeza y salí. Ni siquiera me dejaron llevarme la mecedora, alegando que la sabían propiedad de la anciana desde tiempo inmemorial. Y en cuanto al vestido de mi madre, no merecía la pena cargar con él: un zumbido de insectos me anunció, desde el interior de la caja, que no me molestase en abrirla. Así pues, me levanté las solapas de la chaqueta y, como digo, salí. Hacía bastante frío. Corría el viento. Yo acababa de cumplir treinta y tres años.
*
Unos pocos más, tal vez cuarenta, aparentaba don Luis. O quizá es que los padecimientos sufridos durante los meses anteriores (don Luis venía huyendo de una guerra o de sus represalias) y el colofón de un viaje larguísimo lo habían extenuado, cubriéndolo —ya para siempre, luego lo descubrí— con una pátina de edad y fatiga.
Yo había golpeado previamente la puerta durante un par de minutos y, viendo que nadie parecía escuchar mi llamada (o, al menos, tener intención de responder a la misma), decidí entrar sin que se me invitase. La casa estaba en silencio, como lo estaría un almacén habitado por las arañas, y hube de recorrer varias de sus habitaciones hasta que —calibrando ya la posibilidad de un error— lo encontré en el patio, con la mirada ladeada y perdida en el horizonte, muy tieso dentro de un traje gris que parecía no haberse sacado en varios días, ni siquiera para recibir al sueño, y con una flor que le otorgaba dignidad blanca a su ojal. El pelo de don Luis se mantenía pegado a su cabeza a base de gomina, y una raya lo partía impecablemente en dos bloques casi (pero sólo casi) simétricos. Las manos —delgadas, sin anillos, señoriales— reposaban sobre su muslo izquierdo; y su fino bigote apenas se movió cuando me dijo —con esa dicción áspera y nada musical de los españoles, algo más suavizada en él— que mi habitación estaba al fondo del pasillo y que podía ir instalando allí, cuando lo desease, todas mis cosas. No me miró, no me recibió con una sonrisa, ni siquiera fue especialmente cortés, pero algo en su tono me sirvió como bálsamo.
Y cuando entré en la pieza (una gran cama, un armario altísimo, cuatro sillas, una mesa espaciosa, una alfombra mullida, un espejo) comprendí dos cosas: la primera, que podía ser muy dichosa en aquel hogar, más confortable que cualquiera que antes hubiera conocido; y la segunda, que la pena que había advertido minutos antes en don Luis no era impostada, ni el recibimiento que me tributó un mero teatro: por una estrecha ventanita de mi cámara pude comprobar, sin que él sospechase mi espionaje, que seguía en la misma postura y con el mismo rictus abstraído, sentado en el jardín, sin espectadora. Solo, infinitamente solo. Como si no formase parte del mundo, o como si éste le resultara ajeno, dañino, inexplicable.
Durante años, lo fui prácticamente todo para él: la criada que atendía la limpieza; la cocinera que aprendió remotos guisos españoles para mitigarle una porción de añoranzas; la enfermera que cuidaba sus fiebres; la administradora que suplía su incapacidad para los números (y, en general, para todo aquello que tuviese que ver con la intendencia práctica de un hogar); la recadera que llevaba y traía cartas y paquetes; la telefonista que burlaba la insistencia de las personas con quienes don Luis no deseaba entablar comunicación; y hasta la informante de voces de allá que él gustaba de infiltrar en las pocas cartas que a esta vieja España (siempre a nombre de un tal Dámaso) remitía. Casi todo, pues, lo fui, menos su esposa. Y no lo anoto, como quizás podría pensarse, con amargura ni con despecho. Sé que de la belleza que en mí vio Ricardo (si es que alguna vez la tuve, y no fue todo un mero espejismo de sus pupilas) no quedaba vestigio: una porción se la llevaron los golpes de Osvaldo; otra, las fatigas que pasé al lado de la pobre doña Úrsula; y el resto lo fueron erosionando, con lentitud de gotera, los días y los meses. ¿Cómo podía albergar esperanzas de que alguien (no ya don Luis: alguien) reparase en mi rostro y en mi cuerpo y los encontrara merecedores de atención? Supongo que esa certidumbre me sumía en camuflajes cercanos a los de esos insectos que, mimetizados sobre una rama seca, rama seca parecen. Jamás vi, de todas formas, a otras mujeres que entraran en la casa, ni que parecieran ocupar el pensamiento del señor, ni que le hiciesen brillar los ojos. Don Luis vivía para sus poemas, y a ellos consagraba la totalidad de sus energías y el absoluto de su tiempo. Supe por don Onofre, quien cada Navidad me escribía interesándose por mí (Dios se lo habrá pagado ya en el otro mundo), que estaba sirviendo a un famoso escritor de la España republicana, pero no pude localizar en la biblioteca de la casa ni uno solo de sus libros. Sí encontré, en cambio (y ahora me abochorna recordar mi atrevimiento de haber registrado aquellos estantes sin gozar de su autorización), varias obras dedicadas a él por sus autores. Recuerdo especialmente dos: una, de Federico García Lorca, en la que lo llamaba “Luisito” y “jazmín sevillano”; la otra, menos efusiva, de Rafael Alberti, quien hace muy pocos meses que volvió a España.
¿Qué tipo de poemas —me lo pregunté algunas veces— escribiría don Luis? Verdaderamente, aquello constituía para mí un misterio, habida cuenta de lo hermético de su carácter. ¿Hablaba tal vez de amores (alguna mujer anclada o perdida en su remota patria andaluza), de nostalgias, de desgarrados exilios, de amigos que se perdieron en los mil túneles oscuros en que toda vida se bifurca? Yo lo ignoraba; y esa ignorancia no procuró a mi ánimo —contra lo que pudiera pensarse o deducirse de estas líneas— desazón alguna. Yo era su sirvienta y como tal me mantuve siempre en mi sitio, viendo cómo don Luis daba clases particulares (que rara vez le eran pagadas con el fervor y la puntualidad deseables), cómo escribía centenares de cartas para México e Inglaterra, y cómo los años (que primero fueron diez, y algo más tarde veinte, y por fin treinta y cinco) introducían su malicia y su desgaste en el cabello, la piel y las articulaciones del señor. Mirándolo a él (bigote polvoriento, manos heridas por el vitíligo, caminar moroso), yo no necesitaba consultarme en los espejos para tener la seguridad de que el Tiempo, ese ladrón de presentes, se había paseado por mi vida y la había esquilmado definitivamente de sus tesoros. Si es que alguna vez —que no lo sé— los tuvo.
Un atardecer del año siguiente, don Luis entró en la cocina y me comunicó, con seriedad gallarda pero temblorosa, que el hombre que durante tanto tiempo había impuesto su tiranía en España acababa de morir. Yo me giré, secándome las manos, pero no llegué a pronunciar palabra. Don Luis, lejos de parecer dichoso o aliviado, estaba mirándose con languidez en el cristal de la puerta. Parecía tan abstraído como la jornada en que lo conocí, pero su piel era otra, y sus labios eran otros, y otra era la curva de su espalda. Sospeché con infinita tristeza que, en la hoja fatigada de aquel cristal, don Luis estaba contemplando sus ojos con sus ojos. Nuestros silencios aletearon durante un minuto y se enlazaron en el aire tibio de aquella cocina. En el mío anidaba una interrogación (¿qué va a ocurrir en el futuro?) y en el suyo, tal vez, otra (¿qué ha ocurrido en el pasado?). Ambos estábamos, por motivos diferentes, al borde de las lágrimas. Un manaquín —creo que era un manaquín— nos miraba desde el árbol del patio, también en silencio. Apenas quedaba sol.
*
En agosto de 1976, en medio de un calor que todo el mundo calificaba de espantoso pero que para nosotros dos (que llegábamos de latitudes extremas) no pasaba de liviano, nuestro buque comenzó a aminorar su velocidad cuando avistamos Estoril y se detuvo, exhausto y lleno de quejidos, en el puerto de Lisboa. Muy pocos kilómetros nos separaban ya de la patria chica del señor, pero esa cercanía no endulzó —o yo no advertí al menos que endulzara— sus facciones. Y, a mi modo, era capaz de entenderlo. Del hombre estilizado, juncal y elegante que se subió al “Tierra de fuego” en 1939 no quedaba más que un leve residuo en sus zapatos (siempre pulcros, siempre señoriales) y una costumbre de brillantina que sonaba a anacronismo en la estación del Rossio, lugar donde nos esperaba un vehículo que nos había de llevar hasta Sevilla. Pero al abrir los ojos —el agotamiento pudo con mi curiosidad y realicé casi todo el viaje dormida— lo que ante mí vislumbré fueron, para mi sorpresa, las edificaciones de la capital. Madrid, y no Sevilla, era lo que teníamos ante nosotros.
Acostumbrada al silencio desde la infancia (una mujer a la que han golpeado es, siempre, una niña llena de silencios), yo no despegué los labios para preguntar nada, suponiendo que don Luis me daría todas las explicaciones que necesitase en su exacto momento. Y ése llegó una hora después, cuando el coche se detuvo en el jardín de entrada de este asilo. Diez minutos más tarde, mientras dos muchachos con batas blancas habían ya descargado nuestros baúles y los habían introducido por una puerta lateral, yo estaba perfectamente informada de la situación: no existía familia que lo esperase con los brazos abiertos, ni círculo de autoridades que anhelara tributarle reconocimiento alguno (toda su antigua fama de escritor era ya calderilla de hemerotecas regionales), ni amigos que guardasen memoria de su nombre o que hubieran sido informados de su regreso. Me explicó también que durante sus años de exilio había conseguido ahorrar lo suficiente como para sufragar la estancia de ambos en esta residencia (así la llamó) durante el tiempo que nos restase. Y que esperaba que lo entendiera. ¿Cómo iba él a pasar sus últimos años alejado de la patria que lo vio nacer? ¿Y cómo podría resistir la añoranza de irse consumiendo apartado de su Guillermina, que con tanta solicitud le había servido y con tanta devoción lo había cuidado? Consciente de que el silencio puede ser una última forma de fidelidad, entorné los ojos y le dije que sí con la cabeza.
Dos años después, mi habitación es la 113 y desde su ventana se ve el patio. Don Luis, al que la enfermedad de Alzheimer ha desbaratado el juicio y la memoria, está recluido en la 86, sentado casi siempre en una mecedora; y es triste cuando la hora del almuerzo nos reúne, porque ya no recuerda cómo se coge un tenedor, y no lo peinan con brillantina, y nadie tiene la delicadeza de lustrar sus zapatos. Por fortuna (la desgracia puede ser a veces misericordiosa), él no lo sabe.
Hace veinte años, Ricardo escribió con su nuevo nombre un libro de poemas en el que se preguntaba dónde estaba la Guillermina; hace siete le otorgaron el premio Nobel de Literatura; hace cinco murió. Jamás supo de mis estrecheces, ni yo permití que nadie lo informara. Tampoco nunca le hablé a don Luis, el pobre escritor olvidado, de él; ni de que pude haber sido su primera esposa. Chile está muy lejos, y este asilo es nuestro delta. Aquí se cumplen nuestras horas (que don Luis no siente fluir, pues su cerebro ya no le pertenece) y he aceptado que así sea. Todo está bien: cuando la vida ha sido gris, la muerte es blanca. Y nadie soy yo para rebelarme contra esa verdad. Sólo algunas tardes, cuando el sol declina, me entristece no ver un manaquín en el árbol del patio.
“Dónde estará la Guillermina?”
(Pablo Neruda, “Estravagario”, 1958)