"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
La sociedad norteamericana siempre ha sido eminentemente competitiva, a veces hasta extremos rayanos en la inmisericordia. Contraviniendo este espíritu, hace unos años, puede que 30, allí se promulgó una ley para facilitar artificialmente el acceso de ciertas minorías étnicas tanto a la universidad como a determinados puestos de trabajo cualificado.
Yo supe de aquello por mi amigo Leroy Emil Wilson, un negro de Brooklyn de ascendencia jamaicana: “Aunque me bajen la nota de acceso, nunca podré ingresar en una facultad de medicina. Y si la bajaran tanto que consiguiese entrar, nunca terminaría los estudios. La ley me da un derecho del que no puedo disfrutar de la noche a la mañana. El desfase en mi formación no es mío, viene de todas las generaciones de mi familia, todas hasta mí, que nunca estudiaron porque había otras cosas en las que pensar”.
La predicción de Emil se cumplió y ser médico fue sólo su sueño. Creo que sigue trabajando como auxiliar en un laboratorio de hospital. Sin embargo, aquella ley que no sirvió a mi amigo, sí le ha servido a su hijo. Una generación ha sido suficiente para que las mentalidades se hayan amoldado, para que el entorno haya cambiado, y en el caso de Emil, para que estudiar y acceder a la cultura sea patrimonio de toda su familia, de sus amigos y vecinos, y no sólo un lujo al alcance de blancos acomodados.
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De todo esto, lo que más interesa es el detalle de que fue la iniciativa de los políticos profesionales la que abrió el camino para que los ciudadanos modificaran su manera de pensar y de actuar. Quizás la sociedad hubiera llegado al mismo punto por sí misma, pero es un hecho que sacar la ley aceleró el proceso.
Nuestro parlamento acaba de aprobar la Ley de Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres que, en palabras del presidente del gobierno, “transformará para bien, radicalmente, a la sociedad española”. La engominada frase está muy bien, pero una norma jurídica que entra en lo más profundo de nuestra urdimbre social, no suele cambiar demasiadas cosas a corto plazo y pocas de manera radical.
Ojalá esta ley recién nacida no siga la senda de alguna otra, como esa en vigor desde 1982 (flagrante y sistemáticamente desobedecida) que obliga a nuestras empresas a contratar un determinado número de personas discapacitadas en sus plantillas; sino que, por el contrario, sea como la de Emil, de esas leyes que calan poco a poco en la sociedad, que se aceptan y se respetan sin que nos demos cuenta y que, al cabo de unos años, no demasiados, nos parece que sus disposiciones han estado siempre entre nosotros.