"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Cuando General Motors Corporation era la empresa más grande del mundo, cuando apenas empezaba a hacer deslocalizaciones salvajes como la recién perpetrada en la Bahía, sus empleados conocíamos y respetábamos una norma no escrita: “Sólo está permitido aceptar regalos que uno pueda comer, beber o fumar en 24 horas”. Y nadie se equivocaba. Las normas claras, razonables y en cuyo cumplimiento se empeña la cúpula que las dicta, suelen ser respetadas.
La necesidad de estas normas radica en que siempre ha habido proveedores ansiosos de suministrar a clientes que, para comprar, sugieren (o exigen) ser convencidos en restaurantes caros. Ante ello, lo mejor que puede hacer una organización es ayudar (u obligar) a sus empleados a mantener la independencia (o la honradez) con una norma simple y, sobre todo, con el ejemplo de los que mandan.
No hace tanto que de las desorbitadas pretensiones de agasajo exigidas por determinados mandamases de la Expo-92 se quejaba amargamente en estas páginas un emprendedor sevillano que hacía gazpacho fresquito en La Cartuja y al que el fino morro de algunos contribuyó a que se arruinara.
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El marido de una ministra es amigo del candidato a la presidencia de una comunidad autónoma. Eso no me impide creer que su valía profesional haya sido aval suficiente para que hoy ostente una vicepresidencia en la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). Con lo cual, su condición de “marido” o “amigo” no serían más que gracietas del caprichoso azar (que contradirían eso de “Dios no juega a los dados”, que sentenció Albert Einstein sobre los procesos con origen en la suerte).
Pero cuando el vicepresidente de la CNMV —o marido o amigo— come con el jefe de una financiera especializada en fondos de alto riesgo (hedge funds), y el pagano (me apuesto mi Opel Corsa a cuál de los dos abonó la factura que salía retratada en el periódico) se gasta 850 euros en dos botellas de vino y otros 360 en licores de sobremesa, no es una tajada monumental lo que se me viene a las mientes. Sobre todo, después de saber que al poco, el hedge fund del apoquinador obtuvo una de las pocas licencias dadas para comercializar ese producto en España y que el hermano del marido de la ministra y amigo del candidato, se colocó en la empresa del paganini dipsómano.
Aunque puede que esto de las invitaciones no tenga nada que ver con la obtención de concesiones y las colocaciones fraternas, sino que sean como los bolis de plástico con logo que se dan por ahí: inocuos gestos informativos de buena voluntad. Eso sí, el mechero o el boli de propaganda no se pueden comer ni beber ni, mucho menos, fumar en 24 horas. Ni borracho.