"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Según la revista Fortune, Google es la mejor empresa donde uno puede trabajar. Hace poco tuve la oportunidad de conocer a uno de sus 10.700 empleados, radicado en Mountain View, California, donde la empresa ha reunido a los más brillantes técnicos que se pueden encontrar. Aturde oír la enumeración de los beneficios extrasalariales de los que disfrutan los privilegiados en nómina del conocido Buscador: desayuno, comida y cena “gourmet” a la carta, piscina con spa, gimnasio 24 horas, nutricionista, médico, entrenador personal, masajes y otras cosas que, al resto de los humanos, si las queremos, nos cuestan un dinero del bueno.
Pueden ser varias las razones por las que Google (y otras como Oracle, Netscape o Yahoo) atraen a lo mejor del mercado. Está sin duda el prestigio del que gozan, el futuro que ofrecen y, cómo no, la remuneración. Pero en este tercer apartado, hay veces que el salario dinerario, una vez alcanzado un determinado nivel, pasa a segundo plano, haciendo que los beneficios extrasalariales se conviertan en el elemento discriminador.
Pero ¿qué hay tras esta lista de servicios que la empresa pone gratuitamente a disposición de sus empleados? ¿Por qué una empresa tendría ese exceso de diligencia en procurar la satisfacción de sus trabajadores? ¿Es puro altruismo?
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Más allá de la captación de “los mejores” en un entorno altamente competitivo, se trata de atraer y retener a los que están dispuestos a pasar la mayor parte de su tiempo en el lugar de trabajo. Por una parte, haciendo que su (voluntariamente) larga jornada laboral sea lo más agradable posible. En segundo lugar, ayudando a conciliar la vida personal con la laboral de forma que el empleado no tenga que salir de la oficina para realizar actividades necesarias (lavandería, peluquería, gimnasio). Se compra así casi todo el tiempo vital de la persona, consiguiendo que lo entregue con gusto a la compañía.
Quizá tenga que ver con la estructura curva del universo o con otros procesos vitales: ir demasiado lejos puede llevarnos exactamente al punto de partida. Se constatan ya reacciones negativas a tanta generosidad. Hay empleados que se lo toman como una interferencia en sus vidas y preferirían asociar estos servicios con su tiempo de ocio y no con su trabajo. Incluso teniendo que pagar por ellos. Si la jornada laboral lo incluye todo, el equilibrio necesario entre las distintas facetas de nuestra personalidad se resiente.
De cualquier manera, podemos estar tranquilos: tales iniciativas están lejos de generalizarse en nuestro entorno. Ahora bien, como en tantos otros aspectos del mundo de la gestión, esto se nos hará cotidiano en un lapso más corto que largo.