"El Descodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Hemos sido bastante afortunados con los ministros de Economía y Hacienda que desde 1977 nos han tocado en suerte: Quintana, Ordóñez, Leal, Solchaga, Solbes, Rato... En general, personas solventes que se las han arreglado para hacer las cosas bien y que nos han metido en la estela de las grandes economías.
Uno de ellos, Rodrigo Rato, doctor en economía, puede que esté entre los más prestigiados políticos españoles (preparó la entrada del euro, saneó las cuentas del Estado, liberalizó sectores estratégicos y ayudó a nuestra convergencia real con las economías más vigorosas de la UE) acaba de anunciar que renuncia al cargo de director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), un puesto con rango de jefe de Estado, para atender a sus tres hijos, volver a vivir en España y empezar a trabajar en el sector privado, por ejemplo, como presidente de un banco de inversiones internacional.
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Quizás en su empresa también exista ese personaje que parece que vive allí, en el despacho, del que apenas sale para comer, en el que ya está sentado cuando los demás llegan y dentro del cual continúa cuando todos se han ido. Además de lo que uno puede deducir mirándolos, esas personas —casi siempre mandos intermedios o directivos— tienen la necesidad de comunicarle al resto del mundo, usando otras vías más sutiles, la energía que derrochan trabajando tanto y tan duro. Jamás hacen pausas para charlar frente a la máquina del café sino que se lo toman en su despacho, solos, mientras ojean papeles. Un cansancio endémico inunda su presencia, sus movimientos son lentos y sus miradas recuerdan las de alguien recién levantado o a punto de acostarse.
Para definir su actitud vital, hay quien ha acuñado el término “síndrome del cartero”, es decir, alguien que va a casa sólo un momento, mantiene una relación mínima (deja las cartas) y se vuelve a ir. Apenas si besa a los niños o habla con la pareja, duerme, se ducha y adiós, que me voy a ganarlo para que podáis seguir viviendo tan bien como lo hacéis (gracias a mí). Los anglosajones usan el término “workaholic”, a medias entre el sustantivo “work” (trabajo) y el adjetivo alcohólico, que viene a ser lo mismo, pero entre gente más nerviosa.
Si Rato dice que vuelve para atender a su familia, yo me lo creo. Si no dice la verdad o las circunstancias le hacen cambiar mañana, tendremos la oportunidad de comentarlo. Es lo bueno que tiene esto, que él puede cambiar y nosotros podemos decirlo. Pero me quedo con el detalle de que uno de los hombres realmente brillantes de este país, en la cima de su carrera y prestigio anteponga su vida privada a la incesante exigencia de tiempo y energía que ejerce sobre nosotros el trabajo de alto nivel.
Caroline de Beauregard — 05-07-2007 17:38:25
Empresario Andalusí — 11-07-2007 11:15:31