
Reportaje publicado por Luis Miguel Rufino en RDO (Revista del Domingo), suplemento dominical de los ocho periódicos del Grupo Joly).
En la foto, Lylia y Olga Tarnovska, con un medidor de radioactividad delante del reactor número 4 de Chernobil, el que estalló hace ahora 20 años.
Con la meticulosidad propia de los ingenieros soviéticos, el protocolo de seguridad de la central nuclear de Chernóbyl tenía previsto, con una exactitud apabullante, lo que ocurrió el 26 de abril de 1986, poco antes de que diera la una de la madrugada.
El reactor número 4 se hundió en silencio, sobre sí mismo, una explosión sorda que ocurrió hacia dentro, nada voló por los aires. Su majestuosa figura gris oscura, casi negra, desapareció de la superficie de la tierra dejando como único recuerdo una montaña achatada de trozos amorfos de hormigón. Y una nube invisible. La nube radiactiva que el viento arrastró hasta Bielorrusia por el norte y hasta Italia por el sur.
Nadie oyó nada especial aquella noche. Nadie en la central dio la alarma. En el complejo de edificios prefabricados que formaban la moderna ciudad de Pripyat –pura arquitectura soviética de la era Breznev– dormían 50.000 personas. Los trabajadores y sus familias. Justo al lado del reactor. Quince kilómetros más al sur, los habitantes de Chernóbyl –unos 13.000– hacían lo mismo. Todos pudieron descansar esa noche exactamente igual –tan bien o tan mal– que lo hicieran la noche previa, o la anterior, pero nunca como lo harían la noche siguiente y todas las demás que habían de venir tras ella. Sólo la luz del día contradijo el silencio oficial avisando a la población de que algo había pasado. Aquella columna de humo que con tanta nitidez fotografiaron los satélites que orbitaban alrededor de la tierra.
*****
Hoy, veinte años más tarde, acompañado por Olga Tarnovska, evacuada de allí el mismo día en que cumplía diez años, aprovecho el invierno para acercarme a Pripyat. Una excursión organizada. Me dicen que la capa de nieve que lo cubre casi todo, actúa como un escudo contra las radiaciones que continúan emanando de la tumba de hormigón bajo la que fue sepultada la central. Aquella operación que todos vimos en los Telediarios, en la que enjambres de helicópteros lanzaban hormigón líquido mientras sobrevolaban las ruinas humeantes del reactor número 4. Hasta que consiguieron soterrarlo. Casi ningún miembro de aquellas tripulaciones, mitad aviadores, mitad bomberos, sigue hoy con vida. Muchos soldados jóvenes sometidos a trabajo forzoso también pagaron cara su intervención. Aunque no es aventurado decir que fue su sacrificio el que permitió que hoy sigan con vida personas como Olga.
*****
Cuesta entender que la explosión del reactor y la subsiguiente ausencia de civilización, la no presencia del hombre, haya permitido que hoy, las manadas de caballos salvajes corran a sus anchas por un paisaje inesperadamente verde y frondoso. Que los lobos, los alces y las garzas se hayan multiplicado de manera prodigiosa. Que la naturaleza haya invadido la ciudad de Pripyat cubriéndola con una vegetación salvaje que crece sin tasa entre el asfalto cuarteado de las calles. O que escala las paredes de las casas, con enredaderas gordas como lianas. Sin embargo, hay detalles inquietantes, como los pinos que crecen excéntricamente afectados por la “radiomorfia”. O el polvo blanquecino que lo cubre todo, parecido a la sal gorda, pero más dura, una ceniza que no puedo describir. Me apura la idea de que sean partículas radiantes, pero antes de decidirme a venir ya era consciente de que estaría rodeado de tasas de radioactividad mucho más altas que las admisibles. Me consuelo pensando que dentro de pocas horas estaré de nuevo en Kiev, a 80 kilómetros en línea recta de aquí, y en teoría, a salvo de la radiación. Veinte años después.
Trato de dar forma a la historia de Olga, entre sus palabras y la visión de las ruinas de esta ciudad que un día fue, para ella, un lugar hermoso y alegre, el marco de sus juegos y donde tenía tantos amigos. “Cuando nos evacuaron, nos separaron. Cada familia fue acomodada en una casa particular de los pueblos de alrededor. Ivankov, Polesskoe, Narodychi. A nosotros nos mandaron a Teterev, a 3o kilómetros de la central. Son pocos los amigos a los que he vuelto a ver. O con los que me he escrito. Algunos no sé ni dónde están. Cuando era pequeña, ese era el principal problema para mí, lo más triste. Ahora me doy cuenta de que hay otras cosas más importantes que haber perdido a mis amigos, mi casa o mis cosas”. Cuando le pregunto a Olga que cuáles son esas cosas, me sonríe y dice: “Mi hígado y mi tiroides apenas funcionan. Cosas así”. Y de repente caigo en la cuenta de que la belleza eslava de Olga está sospechosamente adornada con unas ojeras impropias de su edad y de su aspecto saludable, con esas uñas tan bien cuidadas, esa boca tan roja y esos dientes tan perfectos.
*****
Los sábados por la mañana solíamos tener competiciones deportivas en el colegio. Mamá me dejaba junto a la cancela del polideportivo, me besaba (“acuérdate de que es más fácil ganar si pasas la pelota a tus compañeras”) y andaba hasta el mercado de Pripyat donde hacía la compra fuerte de la semana. Papá aprovechaba su día de descanso para quedarse en casa y hacer lo que más le gustaba: escuchar a Rachmaninov, aunque Lylia, mi hermanita de seis meses, hiperactiva por su edad, apenas le dejaba oír la música del maestro. Menos mal que Yulia, mi otra hermana, de seis años, según ella misma proclamaba con el orgullo de quien se siente mayor y útil: “yo ayudo mucho para que Lylia no lo moleste y pueda descansar”.
Éramos una familia normal, establecidos al norte de Ucrania, casi en la frontera con Bielorrusia. Habíamos llegado allí a causa de la política social del régimen, que fomentaba la mezcla de ciudadanos de las distintas Repúblicas Socialistas Soviéticas. Mi padre era ingeniero. Al poco de nacer yo le ofrecieron un buen empleo en Chernóbyl, y allí nos fuimos todos tan felices.
A mamá no la dejaron pasar cuando quiso cruzar la calle que llevaba al mercado. Un piquete de militares la obligó a volver sin contestar a sus preguntas. Miró por encima de los soldados, en dirección al bosque en cuyo corazón se escondía la central. No vio nada raro, quizás más humo que de costumbre, pero nada más. Un presentimiento la hizo salir corriendo y venir a recogerme, justo cuando mi partido acababa de empezar. Me dio mucha vergüenza que me sacara de la cancha, delante de todas mis compañeras, manoteando mientras discutía con la entrenadora. Sólo me dijo “Vamos”, y no me atreví a preguntar por qué. La vi muy nerviosa, como a punto de romper a llorar. Llegamos a casa y se lo contó a papá. “Subamos a la azotea”. Papá pulsó el botón del ascensor que ponía 12. Sus ojos no se apartaban del techo. Mamá lo miraba a él y apretaba a Lylia entre sus brazos. El ascensor paró y papá corrió hasta la baranda desde la que se podía ver la central. Yulia y yo corrimos tras él. El se asomó, yo no llegaba y me conformé con ver su expresión desde abajo. Recuerdo cómo su cara se puso blanca en un instante. Me cogió de la mano. La suya temblaba. Nunca antes había visto temblar a mi padre. Mamá llegó unos segundos más tarde. Lylia estaba muy gordita por entonces y pesaba bastante. “Qué ocurre”, preguntó. Papa no contestó. Mamá entonces le gritó. “Mira –papá señalaba con el dedo–, el reactor número 4 no está. La estructura que lo cubría se ha hundido”.
El bloque de hormigón de más de 40 metros de altura y unos 60 de ancho había desaparecido. Sólo quedaba en pie la pared frontal. Mamá empezó a llorar. Al verla, Lylia la imitó sin demasiadas ganas. Yo no sabía qué hacer y me limité a apretar la mano de papá. “Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Vamos a la estación de autobuses”. Mientras bajábamos en el ascensor, papá decía que aquello se veía venir, que llevaban varios años forzando el reactor, trabajando por encima del nivel de seguridad, que los políticos presionaban al ingeniero jefe. “¡Más energía! ¡Necesitamos más energía para nuestras fábricas!”. El ingeniero jefe apareció muerto en su despacho varias semanas después. Los periódicos dijeron que se había suicidado.
Llegamos a la estación arrastrando un gran bolso de viaje. Estaba atestada. No quedaba ni un billete en las taquillas. Para ningún destino. Aunque las autoridades aún no habían hecho ni un solo comunicado, la población se había movilizado espontáneamente. “¿Tranquila la gente? En absoluto, yo diría que estaba espantada”. Todo el mundo quería huir de allí, pero no había otra manera de viajar que en autobús. Nos volvimos a casa.
A la mañana siguiente, 30 horas después del desastre, la radio y la televisión emitieron comunicados en los que se pedía a la población que saliera a la puerta de sus casas para ser recogidos por autobuses. Que lleváramos ropa y comida para tres días. La verdad es que todo estuvo muy bien organizado; la recogida y la acogida en casas de los pueblos de cercanos. La gente fue muy generosa con nosotros. Para tres días, nos dijeron. Pero fueron muchos más. Tantos que aún no hemos vuelto. Mucha gente hizo caso y dejó todo lo que tenía, incluso dejaron a sus perros y gatos con un poco de comida extra. Nunca volvimos. Nunca. Bueno, sí. Mi padre volvió una vez, poco después del desastre, saltándose todas las prohibiciones, para recoger los álbumes de fotos. Mi madre volvió hace poco, con un permiso oficial, acompañando a un equipo de la televisión sueca que quería hacer un reportaje. Entró en nuestra casa. Todo había sido robado: la nevera, las camas, los cuadros, la ropa. Los suecos nos mandaron una cinta de vídeo con el programa. Hay una escena en la que se ve a mi madre andando por las habitaciones de la casa, sorprendida de que los ladrones no hayan dejado nada. De repente, tirado en el suelo del pasillo, mamá encuentra un pequeño calcetín a rayas de muchos colores. Mira a la cámara y dice “Esto era de mi hija Lylia” y se pone a llorar mientras se tapa la cara con la minúscula prenda.