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El olfato del Estrecho - Reportaje en RDO (01.Jul.07)

Archivado en Trozos de prensa • Fecha: 29-07-2007 03:03:44



Reportaje publicado por Luis Miguel Rufino en RDO (Revista del Domingo), suplemento dominical de los ocho periódicos del Grupo Joly).









Texto principal:
En realidad no es más que un el cilindro de papel blanco con unas letras escritas en él. Es pequeño, no más largo que la palma de la mano y poco más ancho que un dedo corazón. Es inevitable sentir cierto hormigueo en la tripa cuando José, un cabo de la Guardia Civil, desvela que aquello es un cartucho de goma-2. Impresiona tener toda esa capacidad de destrucción dormida en la palma de la mano.
En ese momento Tandy, un pastor alemán de 4 años pasa por nuestro lado. Está suelto, correteando inquieto alrededor de la sala de aduanas de la terminal de pasajeros del puerto de Algeciras. Él sabe que no debe acercarse ni oler a las personas. Lo que Tandy no sabe es que, antes de entrar con él en la sala, José, su guía, ha escondido el cartucho de goma-2 en un macetero. El perro da vueltas olisqueando las paredes, los extintores en ellas, los asientos, un macetero, otro, hasta que, de repente, se queda inmóvil. Parado junto a la planta en la que se oculta el explosivo. Cierra la boca, guarda la lengua -parece que se pusiera serio- y se sienta sobre las patas traseras manteniendo las delanteras estiradas. Mira al frente y no mueve ni un músculo.
Cuando un perro especializado en explosivos detecta una de las sustancias para las que está entrenado, sabe que debe quedarse quieto al instante, es más, sabe que no debe ni rozarla con el hocico. Si tocara el explosivo, por levemente que fuese, podría detonarlo. Su inmovilidad es la señal para que su guía sepa el lugar donde se encuentra la bomba.
Por el contrario, el perro especializado en drogas marca su descubrimiento de manera ostentosa: araña y escarba violentamente sobre el lugar en el que cree haber detectado el estupefaciente. Es el caso de Bambán, un labrador de dos años que trabaja con el cabo primero Miguel Angel.
Un coche todo terreno que acaba de llegar en el trasbordador de Tánger se para en el paso aduanero. Miguel Angel acerca a Bambán y este se pone en tensión. Tira de la correa con la que va sujeto y empieza a dar vueltas al coche. Los dos ciudadanos marroquíes que viajan en él no se inmutan con la agitación que se despliega en segundos entre el perro, los guardias y su coche. Observan la escena de pie junto al todo terreno enrocados en sus caras de póquer. El perro huele el salpicadero y marca arañando nervioso, luego vuelve a hacer lo mismo en la parte de atrás, sobre la rueda de repuesto. El animal busca su premio. Miguel Angel simula que saca el juguete de Bambán de debajo de la rueda de repuesto y se lo entrega. El perro sale corriendo, dando saltos y haciendo quiebros, loco de alegría por su triunfo.
Para adiestrar perros en la detección de explosivos y drogas se utiliza la técnica del juego. Cada perro tiene un juguete, que no es más que un trozo de tela enrollado y atado por sus dos extremos, una especie de muñequilla burdamente confeccionada. Él sabe que si detecta la sustancia para la que está entrenado, se le permitirá jugar con ella, y eso es todo lo que necesita para trabajar: el juego y la expectativa de obtener una recompensa.
Por otra parte, para conseguir que estos animales desarrollen su labor, se saca partido a un elemento innato en ellos: su instinto de caza. Cuando el perro juega a buscar su juguete, en realidad, está cazando. Al animal le encanta buscar y encontrar su pieza, disputándosela al “jefe de la manada”.
Esto se debe a que el perro es un animal gregario que identifica a su guía -que siempre es el mismo- como el líder de su manada. Un perro siempre respeta al jefe, pero le encanta jugar con él, desafiarlo y diputarle la caza. El líder no pierde jerarquía por eso. Una de las mayores satisfacciones que puede tener un perro gregario es ganarle a su jefe en la disputa del juguete.
Aunque la manera de marcar su descubrimiento sea tan diferente, los perros reciben el mismo entrenamiento. Este se lleva a cabo en la Escuela de Adiestramiento de Perros de la Guardia Civil de El Pardo (Madrid). También es allí donde se especializan los guardias que desempeñan la función de guías.
A pesar de lo que se piensa, no hay una raza que sea mejor que otra. Ni siquiera se buscan ejemplares de pura raza. Esto se debe a que la habilidad para trabajar en el Servicio depende enteramente del carácter del individuo, de cuestiones innatas que unos sujetos tienen y otros no. Eso se descubre en los primeros meses de vida del animal. Lo fundamental es su predisposición al trabajo, a hacer lo que le pide su guía, en una palabra, a su capacidad de seguir al “jefe de la manada”.
Apolo era un cachorro que el cabo Miguel Angel adquirió de manera privada. Conforme el perro crecía, el guía detectó detalles que auguraban un magnífico ejemplar para el Servicio Cinológico. En estos casos, los miembros del Servicio pueden donar su perro particular a la Guardia Civil y esta, de manera inmediata, se los asigna como perro oficial. Con Apolo, un precioso labrador de manto blanco, se aplicaron los criterios de adiestramiento de la Guardia Civil, que consisten en empezar la enseñanza a los 9 meses, cuando sus instintos ya han madurado, y continuar hasta que cumple el año y medio, momento en el que empieza el trabajo real.
Suelen estar en activo hasta los 8 años, edad que coincide con el inicio del envejecimiento del animal. Al igual que los humanos, cuando el perro madura, se vuelve más tranquilo y cada vez tiene menos ganas de jugar. Es un proceso natural. A veces los adultos ya fuera del servicio se usan para que los jóvenes aprendan por imitación.
Los perros que marcan droga pueden trabajar más tiempo seguido que los entrenados para encontrar explosivos. Normalmente, un mismo guía lleva dos ejemplares y los va alternando en sesiones de media hora. No mucho más, porque aunque el animal esté jugando, debe descansar, al menos, un lapso igual al tiempo trabajado. Aun así, un perro puede revisar un coche en un minuto, dando un 80% de fiabilidad. Si la labor de buscar droga o explosivos en los vehículos que llegan de África la desempeñara un guardia solo, no se revisarían más de 4 vehículos en un turno de 8 horas, lo que haría imposible controlar el paso fronterizo, por ejemplo, en momentos de afluencia masiva como, por ejemplo, la Operación Paso del Estrecho.
En días como los que vivimos, cuando la entrada a Europa por el sur se localiza en la parte andaluza del Estrecho, cuando el trasiego de mafias y terroristas entre ambas orillas ha hecho que nuestro gobierno tenga decretado el nivel de Alerta Dos, es cuando mejor podemos apreciar la labor que desarrolla este Servicio Cinológico de la Guardia Civil. Los perros del Estrecho, sin saberlo y mientras juegan, ayudan a que el puerto de Algeciras, y por ende, el resto del país, viva más seguro.

Textos de apoyo:
El Servicio Cinológico de la Guardia Civil adiestra perros en diferentes especialidades. Las más conocidas son localización de explosivos, droga y búsqueda y salvamento. Cada perro tiene un guía y su trabajo, para ellos, es un juego en el que se combina su instinto cazador con su deseo de jugar con el jefe de la manada.
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Según la ley española, los perros del Servicio Cinológico no pueden olfatear a las personas directamente, sólo sus equipajes o los vehículos en los que se desplazan.
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La Comandancia de Algeciras cuenta con 12 perros especialistas en droga y 2 en explosivos. De ellos se ocupan 10 guardias guías especializados.
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Los perros que usamos para detectar explosivos marcan su descubrimiento de manera diferente a la de los que trabajan encontrando droga.
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Despiece:
Un perro tiene unos 220 millones de células olfatorias, un hombre sólo 5 millones. Nuestra capacidad olfativa es 44 veces menor que la suya. Aún así, al principio de su entrenamiento y hasta que aprenden a identificar el olor de la sustancia (droga o explosivo), el rollito de tela que se le da como premio, lleva en su interior una pequeña muestra de ella. Cuando a fuerza de repeticiones el animal aprende, la sustancia se elimina y el perro simplemente busca el cilindro de tela como su juguete, sabiendo que la encontrará allá donde detecte el olor de la sustancia para la que se le adiestra. Simplemente asocia los estímulos olfativos (droga, explosivo) con los visuales (su juguete, la presa). Aún hay quien cree que los perros son capaces de encontrar droga porque se les hace adictos, lo cual es falso. El cerebro de un perro no funciona como el nuestro. Si el perro fuera un drogadicto y le hiciéramos trabajar aprovechándonos de su síndrome de abstinencia, él no sabría asociar el malestar que sufre con la droga. Simplemente, se encontraría enfermo y no querría jugar.

Escrito por Quintin de Parma
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