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Un espejo para Sócrates (Mª Fernanda Trujillo)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 07-08-2007 17:49:45

Nuestra amiga MF se declara incondicional de Sócrates, desde los lejanos tiempos del bachillerato de Letras. La humildad del "Conócete a ti mismo" o "Sólo sé que no sé nada" son el mejor incentivo para aspirar a la Sabiduría.









“Conócete a ti mismo”

Sócrates, hijo de Sofronisco, de la tribu Antíoquide, demo de Alópece. Ateniense.
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Cuando las letras me desvelaron el significado de las sílabas, soñé un mundo sin secretos.
Aprendí –o eso creí entonces- quién era aquel personaje que se asomaba al espejo grande de mamá, apoyado apenas sobre las puntillas de los pies.
Luego, cuando la altura dejó de ser un inconveniente y las palabras definieron conceptos, empecé a preguntarme cómo había podido llegar hasta allí y para qué.
Pronto quise saber hacia dónde tendría que dirigir mis pasos, pero algunos términos, como Responsabilidad, Porvenir o Deseo empezaron a intimidarme. Y sin saber muy bien por qué, la imagen de un acné recién estrenado me estremeció.
Aunque enseguida -no podría decir cuánto tiempo tardé en olvidarlo- volví a creer que lo sabía casi todo. Supongo que cuando me vi joven y fuerte. Sí, estaba seguro: el mundo –o eso creí entonces- no tendría secretos para mí. En aquellos días, mis compañeras, las letras, rubricaban discursos y documentos interminables, numerosos informes e intendencias...
Pero hubo una tarde, en que la imagen que devolvió el espejo me pareció ridícula. Y lloré lágrimas de impotencia y decepción. Y siguieron jornadas en las que cuestioné la Dignidad, el Orgullo, la Democracia. La Ley y la Justicia. O el Amor. Días solitarios, aquellos.
Hasta que una vez escribí mi nombre sobre la superficie húmeda del cristal, profanando su fidelidad. Y continué, haciendo surcos en el vaho: “NADA”. Entonces comprendí que no había desentrañado ni uno siquiera de los misterios que la vida me había reservado. Sólo descubrí un perfil marcado por las arrugas y el desánimo. Sobre la sien, un mechón entrecano se resistía a la disciplina impuesta por el peine cada mañana.
Fue entonces cuando las palabras me revelaron el enigma: “A estas alturas, no sabes absolutamente nada. NA-DA”. Asentí humildemente con la cabeza. Y así tuve la certeza que la existencia ya no me depararía más sobresaltos.
Por eso, cuando se me ofreció la copa, amarga como ninguna otra, la apuré sin resistencia, recliné la nuca en el respaldo del sillón y me dormí.

Escrito por Figaro
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